El cuento del karma




Karma y ley de consecuencia

La ley de consecuencia existe. Todo lo que hacemos produce efectos, positivos y negativos, en nuestra vida. El que escupe para arriba, le cae encima. Eso es algo que podemos comprobar en todo momento: si siembras papaya, cosechas papaya, si siembras frijol, no esperes cosechar mandarinas o fresas. Si acontece eso, ten la certeza de que algo pasó, que trajo las semillas erradas a tu siembra. No es necesario hacer sofisticadas operaciones matemáticas para probar algo tan cotidiano.
El karma, por el contrario, es un concepto extraído arbitrariamente de las tradiciones hindúes, que hablan de la rueda del samsara, el proceso interminable de reencarnaciones, que, por errores cometidos en cada existencia, acumulándose en una y otra, mantienen a las almas encadenadas en el mundo como lo conocemos. Este término da por sentado que es preciso aceptar que todo lo que nos acontece es nuestra culpa, y unos señores del karma, que deben ser respetados como autoridades indiscutibles, serían los que deciden nuestro destino.
Los señores del karma siempre fueron para mí un interrogante. ¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿De dónde emana su autoridad “indiscutible”?
Estudié más libros de los que puedo enumerar, investigué durante años y fue El Tibetano, en Tratado sobre Fuego Cósmico, quien dijo que los señores del karma son extraterrestres, procedentes de Sirio, y no tienen sentimientos ni valores como los que la humanidad respeta. Luego vi escrita la frase Zeta Retículis. Y fue ahí donde encontré una pista para buscar la verdad. Coincidencialmente, de allí se supone que proceden los alienígenas grises, que junto con los reptilianos, son los veterinarios y los caporales de ciertas especies extraterrestres que, según atrevidos denunciantes, estarían parasitando a la especie humana en este mundo, valiéndose de nuestra histórica ignorancia de las verdaderas capacidades y derechos que tenemos por el sólo hecho de estar vivos aquí. 
No puedo probar eso, pero tiene sentido.
Si un alma nace aquí sin recordar lo que pudo haber hecho antes de nacer, no me parece justo que sea culpado por cosas que no se sabe si hizo, que no recuerda, ni por acuerdos que se supone que aceptó sin saber en lo que se estaba metiendo. Todo eso huele a trampa.
Debemos ser responsables por nuestros actos, y del mismo modo que debemos aceptar las consecuencias negativas, también las positivas, esto es, si trabajas, debes cobrar tu salario. No es justo aceptar que te dejaron inválido de una paliza porque en una existencia anterior eras un tirano que hacía eso con todos y cada uno de los que te agredieron. ¿Recuerdas eso? La pregunta adecuada es: ¿Aceptas eso?
Aceptar las circunstancias desgraciadas porque te hacen crecer espiritualmente, etc. y bla bla bla, es otro modo de decir que debes rendirte ante lo que sucede porque es voluntad divina. Y aceptar esa voluntad “divina” es validar a unos supuestos jerarcas invisibles que no sabes quiénes son, ni cuáles son sus verdaderas intenciones, eso, si tales jerarcas existieran.
Y existen. Son un arquetipo creado por religiones orientales desde hace siglos, y su objetivo es:
* Justificar las desgracias personales y grupales, dándoles una explicación que aleja a las víctimas de la búsqueda del verdadero origen de esas desgracias.
* Obligar a las víctimas a aceptar las injusticias y rendirse ante el destino, con el supuesto de que tenemos lo que merecemos. En fin de cuentas, según esa retorcida filosofía, los seres humanos estamos llenos de culpas, de errores, de defectos, de modo que no merecemos ni el aire que respiramos. Parece algo salido del arsenal de nuestro peor enemigo.
* Esperar una existencia futura, ser inofensivos, aceptar todo, bajar la cabeza, rendirnos, con la esperanza de que en una existencia futura, tal vez, si los señores del karma lo deciden, nos vaya mejor.
Más de la misma rendición (y lo dicen como si rendición fuera una virtud) , más de aceptar una voluntad distinta a nosotros mismos. Es otro opio.
Qué hacer?
* Nunca ceder nuestro libre albedrío ni al “destino”, ni al “karma”, ni a la “voluntad divina”, ni a una nebulosa “evolución espiritual” sin nuestro consentimiento.
* Poner atención a lo que decimos y hacemos aquí y ahora. Cargar encima un fardo como el karma, lleno de huesos y carne podrida de nuestros supuestos muertos, sólo nos impide cumplir con nuestros deberes y disfrutar nuestros derechos Hoy. Es mejor ser buenos ciudadanos según nuestra propia conciencia.
* Rechazar todo acuerdo que no aceptaste conscientemente, negar toda culpa por algo que tú sabes que no fuíste. Negar a todo “señor”, jerarca o “deidad” visible e invisible, todo poder sobre tu destino. Sólo tú tienes el derecho y el deber de controlar tu propia vida.
* Respetar el derecho de los demás a sus propias vidas y decisiones; esto permite mantener la autoridad moral a la hora de reclamar nuestro derecho a la autodeterminación, sin tener cuentas pendientes en este mundo, en este día.
* Observar todo lo que ves, lo que lees, lo que oyes; sin creer, dejándolo en stand-by, para su probable comprobación o negación por los hechos, en el momento apropiado. El engaño mantiene la ignorancia.
* Diferenciar lo que se sabe, de lo que se cree. Si no has comprobado lo que crees que sabes, si lo has aceptado sólo porque viene de alguien o algo en que confías, es una puerta abierta a ser engañado. Y cuando alguien nos engaña no es por nada bueno.
* Parar el diálogo interno, e interrogar al Infinito desde la serenidad; eso genera respuestas, y sólo con la comprobación de lo que sentimos ante esas respuestas, podremos tomarlas como verdaderas.
En la vida no hay nada seguro, nada debemos dar por sentado. Nuestro destino está en construcción, los arquitectos e ingenieros somos nosotros mismos. Basta de usar planos equivocados y materiales adulterados. Podemos crear cada piedra de esta construcción, sólo con lo que nos convenga. Y es más efectivo, si nuestro destino está en armonía con el de los demás humanos, que tienen, también, pleno derecho a tener y construir su propia vida. Siempre que no nos perjudiquen. Porque defendernos, es nuestro derecho.