(Hijo de los dioses)
LA GRAN PRUEBA
La luz del Sol estaba velada por una cortina permanente de nubes; la atmósfera era densa como la bruma y la vegetación era pálida. Cuando la humanidad de ese tiempo levantaba al cielo sus ojos miopes lo veía cubierto de nubes plomizas, mientras sus pies se hundían o resbalaban en la tierra húmeda y barrosa salpicada de piedras oscuras. La gente tenía la piel blanca con un leve matiz grisáceo. El cabello, blanco en la juventud, al llegar a la pubertad se iba poblando de canas amarillentas y se caía en la madurez. Los ojos pequeños y casi transparentes y la piel cubierta de vellos, lustrosa a causa de la capa de aceite natural con que se cubrían para protegerse de la humedad de la atmósfera neblinosa. Toda la vellosidad era afectada por el aceite de tikrís que debilitaba la vellosidad hasta tumbarla, eliminando de la piel el tono grisáceo y tornándola ligeramente dorada. Pero no usaban el aceite como cosmético sino para protegerse de las algas carnívoras.
Todas las personas eran delgadas en la juventud, redondeando su forma en la temprana vejez. Hablaban poco, pero podían percibir las emociones y tenían el poder de plasmar imágenes en las mentes de sus interlocutores. El canto era uno de sus placeres mayores y estaba destinado a la comunicación con los dioses.
El río de Nitchax-Pú deslizaba sus aguas turbias, rumorosas y rápidas entre grandes rocas oscuras y gigantescos helechales, formando varios brazos antes de desembocar en otro gran río, tan amplio que no se veía la otra orilla. Allí mantenía por largo trecho su color gris azulado, al lado de la corriente caudalosa y amarillenta del Padre de Todas las Aguas, que avanzaba en medio de extensos lodazales hasta mucho más al norte, donde se dividía en trescientos caños que conducían las aguas, ya mezcladas con el afluente, hasta una bahía que se perdía a lo lejos en medio de la bruma.
Aquél día, orillas del río de Nitchax-Pú, el aire estaba aromatizado por el humo de las resinas vertidas en hogueras simétricamente distribuidas en torno a un altar circular de piedra, donde una cherodini ondulaba su cuerpo al compás del suave ulular de flautas de caña. Podía escucharse el rítmico retumbar de unos tambores y el canto gangoso e hipnótico del grupo de cherodes, alineados en forma de luna creciente, cuyas puntas se dirigían hacia las aguas. Negras las vestiduras, lampiñas las cabezas y resplandecientes los ojos de devota alegría; se movían rítmicamente hacia ambos lados, con la habilidad que proporciona un esmerado entrenamiento.
La cherodini danzante que estaba sobre el ara tenía los brazos adornados con brazaletes de oro puro. Sobre sus hombros desnudos llevaba un broche circular de piedras preciosas que sujetaba una túnica transparente que le llegaba hasta los tobillos. Su cabello, blanco y brillante, descendía hasta las pantorrillas y estaba exquisitamente adornado con cristales de cuarzo blancos, rosados, amatistas y azules. Descalzos los pies, lucía sendas tobilleras de oro macizo artísticamente labradas.
Alrededor del altar estaban postradas diez cherodinis cubiertas de joyas y vestidas con taparrabos transparentes sujetos a la cintura con cordones de oro. Sus blancas melenas se esparcían a su alrededor con los rítmicos movimientos de la danza religiosa, sus manos estaban colocadas respetuosamente en los bordes del ara circular y sus ojos sin pestañas permanecían cerrados. Más adelante, de pie entre el altar y el río, estaba otra mujer, vestida de blanco, con el pelo larguísimo recogido en la coronilla y los ojos oscuros fijos en el río. Era joven, casi una niña, y parecía de otra raza. Su piel no era grisácea sino ligeramente bronceada, sus ojos eran castaños y tenían pestañas. Cargaba en sus brazos una criatura vestida con túnica blanca, también de piel bronceada; el niño dormitaba sobre un cojín tejido, decorado con símbolos mágicos bordados con fibras vegetales. A su alrededor, brotando de sus cuerpos, fosforescía una luminosidad.
Unos pasos más adelante corría el río, con sus aguas oscuras y su rumor. Casi manso en las orillas, concentraba en el centro una poderosa corriente que dejaba escuchar su fragor a varios kilómetros de distancia. En ambas orillas, la densa brisa acariciaba un prado de altas hierbas. Más allá había una selva de helechos verde jade, con abundantes hojas desesperadamente erguidas hacia la escasa luz que se colaba por entre la espesa atmósfera del medio día.
Detrás de la gente que realizaba el ritual había una sólida edificación de altos muros blanquecinos, rodeada de frondosos jardines, en los cuales podía percibirse el fuerte y dulzón aroma de flores multicolores, cuidadas como deidades por un grupo de jóvenes cherodinis. Era un tiempo en que las fanerñogamas eran muy escasas, y la casta sacerdotal había hecho grandes esfuerzos para obtener estos especímenes.
Más allá, en un pedestal desde donde se veía toda la escena, vestida con túnica blanca y cinturón dorado estaba la más anciana de las ancianas, desprovista de cabellos la cabeza, inexpresivos los poderosos ojos. La falta de cabello era la única señal física de su avanzada edad. Era Cherodín Ma, la Gran Cherodini, máxima autoridad de la ciudadela.
A su lado estaba el anciano más anciano, con su calva cabeza descubierta, vestido con una túnica negra sujeta a la cintura con un cinturón dorado. Era Cherodín Pú, consorte de Cherodín Ma. Ambos conformaban Cherodix, el mayor poder de esa nación.
De repente cesaron los cantos y la música y sólo el rugido del río acompañó los movimientos de la mujer que danzaba sobre el altar, quien se irguió con las manos unidas sobre la cabeza, respiró profundo y cantó con voz vibrante una invocación.
_”¡Oh, gran Señor de las aguas, divino Nitchax-Pú! Te pedimos aceptes este nuevo servidor, engendrado, nacido y preparado de la manera que nos indicaste”.
Después de la invocación, sobre el rumor del río, se elevó un coro de voces delicadísimas, provocando las sonrisas alegres y devotas del grupo, que adoptó unánimemente la posición de Gran Respeto: Los brazos cruzados con las manos sobre los hombros y la barbilla descansando sobre el pecho.
El fuerte caudal de agua se fue recogiendo hasta formar una alta barrera que circulaba sobre la otra orilla, por sobre la vegetación, hasta que el lecho del río quedó al descubierto y en el medio, entre las piedras húmedas, un peñasco de forma circular, de cuarzo puro, resplandeció sobre la arena amarillenta del fondo.
La columna líquida produjo una llovizna tenue que humedecía todo menos la piedra circular que estaba en el centro del cauce.
En medio de un silencio expectante la joven madre descendió de la orilla con el niño en brazos, solemnemente, con movimientos que habían sido estudiados y ensayados por edades en la casta sacerdotal. La llovizna se apartaba respetuosa de la joven y su hijo.
La joven mulló con una mano suavemente el cojín, depositó la criatura sobre la piedra y se retiró sin dar la espalda al río, retrocediendo sin tropezar, hasta el mismo lugar que ocupara antes, arrodillándose para contemplar desde allí a su hijo, que estaba siendo sometido a La Gran Prueba.
Un hombre se acercó. Era muy alto y fornido. Su piel pálida y grisácea irradiaba reflejos dorados, tenía la cabeza rapada y grandes ojos de brillante mirada. Estaba ataviado con su uniforme de gala que consistía en una falda corta, una blusa sin mangas ni cuello que se cerraba al frente por medio de largas trenzas y una especie de mocasines con polainas de tela gruesa macerada en aceite de tikrís; armado con aguda lanza y un escudo de guerra labrado en madera con jeroglíficos en la parte inferior. Llevaba en la cabeza la corona de oro del Gran Krachut, la mayor jerarquía de los Krachs o guerreros. El gallardo joven descendió con paso solemne hasta detenerse frente a la criatura y, tras presentar sus armas a la columna de agua levantada frente a ellos, inició la custodia que mantendría hasta el siguiente día, o hasta que la corriente los arrastrase a los dos si su hijo era rechazado por el gran Nitchax-Pú, el poderoso Dios que adoraba toda esa nación.
Cayó la noche, tan tenebrosa que apenas podía verse el blanquecino resplandor de las auras del bebé, del Gran Krachut y de la joven madre. Los blancos velos de las cherodinis se destacaban como toques de gris en la densa oscuridad, que hizo invisibles a los cherodes vestidos de negro, el altar de los rituales, el templo, y todo el entorno.
Cuando un suave resplandor indicó que había llegado el amanecer y comenzaron a ser perceptibles los blancos velos y las siluetas del grupo sacerdotal, la madre descendió de nuevo al lugar en donde estaba el bebé, tomándolo amorosamente en brazos.
Su sonrisa expresaba orgullo, felicidad y devoción. Detrás de ella, a pocos pasos, también en silencio, el Gran Krachut ascendió con porte digno y marcial, inescrutable su expresión como correspondía a su rango, el más alto de la casta militar.
Cuando ambos estuvieron fuera del cauce se escuchó de nuevo el canto de las etéreas drupsas, esta vez fuerte y triunfal. Entre la bruma podían verse sus figuras transparentes, cantando, mientras mantenían la posición del Gran Respeto, la misma que las cherodinis y los cherodes habían mantenido durante toda la noche.
La oficiante se postró y enseguida todos se inclinaron hasta tocar el piso con la frente. El sonido de un invisible instrumento, cristalino, que parecía brotar de todas partes, inundó todo.