Capítulo 3
EL TIEMPO DE LUANA PETROVICH
Al fondo del piso de las oficinas había una pequeña escalera de caracol, metálica, que llevaba a la oficina de la gerente general, con una puerta cuya mitad superior era de vidrio transparente, desde la cual esta imponente mujer, cuyo aspecto atlético era resumido por los trabajadores, a escondidas, como “la hombro ancho”, vigilaba las actividades de sus subordinados, y recibía a los supervisores y jefes de departamento.
Thiago se sentó en su escritorio, al pie de la escalera, encendió la computadora y miró hacia el cuarto piso. De pronto, como atraído por un imán, se levantó y caminó erguido. Subió hasta la media planta. Frente a él estaba la puerta del reino de Luana Petrovich, la mandamás. Había luz y sonaba suavemente una canción evangélica. Ella estaba allí.
Como siempre que el secretario se plantaba frente a esta puerta, a esta hora de la mañana, todo el resto del mundo desapareció y se abrió un paréntesis en su vida, que quedaría sepultado cuando diera la espalda de nuevo y comenzara a bajar las escaleras.
La excitación nerviosa lo embargó sólo al pensar que estarían los dos solos en el cuarto piso, por los deseos contenidos que estimulaban su masculinidad de un modo que nunca experimentó con Nilda. Todos los vellos de su cuerpo se erizaban y tendría que esconderse, o sentarse, para que no fuera visible el abultamiento en la entrepierna. Eso no era necesario, porque nadie más había llegado aún.
Era capaz de hacer cualquier cosa en el mundo para que no se conociera el secreto que compartían. Ella era evangélica, asistente de la pastora de su iglesia, casada y con un par de hijos adolescentes. La foto familiar de ella, con los amplios hombros descubiertos, una camisa sin mangas con el escote semiabierto cubierto por muchos collares, el marido con cara de tonto casi atrás de ella, con una sonrisa en su cara de afortunado, y a los lados, una garota y un rapaz, feos como el papá, mas cuidadosamente acicalados como la mamá.
Thiago sabía que el tiempo de soledad en la oficina antes de que comenzara a llegar el resto del personal (la hora oficial de entrada era las ocho de la mañana), era todo lo que podía permitirse disfrutar de esa mujer extraordinaria, capaz de hacerle olvidar todo lo que no fuera ella.
Luana Petrovitch era de mediana estatura, pero lucía alta por los tacones y las plataformas de sus zapatos que, aunque desaconsejados por los expertos estilistas, a ella le daban mayor elegancia al elevar su estatura. Estaba vestida de negro de la cabeza a los pies, con una pantalona que casi cubría los zapatos, y una túnica bordada en hilo dorado, que llegaba justo a la altura de la entrepierna. Sus brazos estaban desnudos y cubiertos, casi hasta el codo, de pulseras con cristales rojos, verdes y amarillos, engastados en metal enchapado en oro. El cuello de la blusa era alto, con una abertura que llegaba hasta el alto de busto, y mostraba un retazo vertical de piel blanquecina. Él sabía que debajo de la pantalona y la túnica, ella no tenía nada más.
Ella sacudió la cabeza y sus elaborados rizos platinados bailaron sobre los hombros, en tanto una sonrisa distendió sus labios delgados. Sus ojos eran pequeños, mas la magia del maquillaje le daba un encanto especial a su mirada, de ojos verdosos que a veces podían ser un poco castaños, o de un azul translúcido cuando estaba enojada.
Todo era perfecto en ella. La ropa, el maquillaje, el peinado, la dicción perfecta de su portugués. Y el magnetismo personal que se adueñaba de Thiago y lo convertía en un esclavo de todo lo que ella quisiera, cuando ella quisiera.
Como ahora.
Como un autómata, entró a la oficina, no sentía el piso. Toda su atención, todas sus fuerzas, toda su alma estaban enfocados en ella y en la idea fija de complacerla, en el placer anticipado de servir a aquella mujer que se había apoderado de su voluntad.
Ella balanceó un poco las caderas y accionó el mecanismo electrónico para cerrar la puerta del tercer piso y así, segura de no ser interrumpida, se sentó en la poltrona de los visitantes.
Para Thiago, todo en ella era elegante, incluso la posición desinhibida e invitadora que ella adoptó, mientras lo llamaba con un gesto de la mano, sin decir una palabra. Alucinado y sin poder ver nada más, él se dio cuenta, entonces, de cuán transparente era la pantalona.
Al igual que cada miércoles y viernes, una vez en su escrivaninha, cuando escuchó la entrada de la señora Cida, la segunda en llegar al trabajo, Thiago se extrañó de lo rápido que pasaba el tiempo. Es por eso que, cada día, se apresuraba a llegar. Allí, el tiempo volaba. Y cuando la asistente administrativa llegaba, él estaba tan cansado, que necesitaba varios minutos y tomarse un café bien cargado y dulce para comenzar la jornada. La señora Cida se lo traía, de máquina y bien cargado, como cada día.