La pesadilla
Las heridas abdominales eran un tormento para Nilda, obstaculizaban su movilidad y la hacían sentirse inútil, preocupada por haber faltado al trabajo sin una justificación, y por haber desaparecido de su casa. ¿Será que su tía la había buscado? ¿Será que en Seda Pura creían que había abandonado el trabajo? ¿Y Thiago?
Recordar a Thiago le produjo una desazón casi dolorosa, una aprensión que no acertaba a comprender. ¿Estaría bien? ¿Será que también él había sido atacado por la fiera, o lo que fuera, que casi la mató?
Se dio vuelta en la cama de hospital. Según la enfermera, iba evolucionando bien y los días en coma, con la inmovilidad, habían contribuido a que las heridas comenzaran a cicatrizar. Las noticias le llegaban confusas. Algo, una especie de gripe, podría llegar a la ciudad procedente de China, y los rumores corrían por los pasillos del hospital. Se anticipaba que sería mortal y altamente contagiosa. Nilda pensó que si la bestia venenosa no la había matado, tal vez lo hiciera la gripe, el virus xyz, o como lo llamaran. A menos que, cuando llegaran los primeros pacientes, ella ya no se encontrara allí hospitalizada.
En la tarde la visitó su tía, a quien había avisado a través de un teléfono prestado. Estaba asustada por la prolongada y desacostumbrada desaparición de su sobrina. La había buscado por todas partes, incluso había ido a ese hospital, y nadie con ese nombre había sido ingresado. Al terminar la hora de la visita, Nilda se quedó sola, con más preocupación que antes. ¿Qué clase de novio era Thiago, que ni siquiera había llamado a su casa, cuando vio que ella faltaba al trabajo? Una sensación de miedo y decepción le subió a la garganta.
Suspiró y cerró los ojos. Enseguida volvió la imagen de la cara deforme, con piel escamosa y ojos de pupila vertical, que parecía hablar diciéndole algo que no podía entender.
“¿Será la cosa que me atacó?”
Apartó la idea de su mente, se repitió que en São Paulo no habían monstruos, y se prometió no ver más en su vida ninguna película de terror, porque de allí es que debía venir esa imagen de pesadilla.
“Tal vez” -racionalizó- “algún criminoso me atacó para robarme. Eso explica por qué no tenía documentos. Se llevaría la cartera con todo. Y se debía haber llevado un disgusto, porque me pagan por transferencia”.
Le volvió el recuerdo del rostro de la bestia, y la voz de ésta se fue aclarando hasta casi parecer humana, terminando en una carcajada como un siseo, como si se tratara de una serpiente tratando de hablar portugués. Un escalofrío de miedo recorrió todo su cuerpo y gritó con todas sus fuerzas, perdió el aliento y se desmayó.
Cuando se despertó ya era de noche, y lo primero que recordó fue el sueño que tuvo: Se vio a sí misma acercándose a la puerta de la oficina del segundo piso, como de costumbre, a las siete de la mañana. Ya Thiago había perdido el hábito de pasar a saludarla cuando llegaba, un poco después. Un mes y cinco días exactamente. Ya lo extrañaba, así que, para no parecer intensa, decidió hacerse la encontradiza con él, para verlo y facilitarse la comprensión de lo que acontecía, si es que estaba llegando muy tarde y ya no tenía tiempo, o simplemente se había encontrado otra novia. Los días en que la invitaba a almorzar también estaban lejos.
“Evidentemente, algo acontece”.
Dejó el gabarito que había seleccionado para cortar un blazer y lentamente fue caminando hacia la salida del salón. Seguramente, Thiago estaría llegando. Oyó sus pasos en las escaleras y, cuando llegó a la puerta, él ya había pasado sin volverse a mirar, y subía rápidamente para el tercer piso. Estuvo unos minutos vacilando y por fin se decidió. Sabía que en la primera hora, en cuanto llegaban los trabajadores, la puerta del tercer piso estaba sin seguro, y podría entrar por un momento a saludarlo, porque aún era temprano para él comenzar su jornada. Vio el reloj. Eran las 7 y 25 horas. Subió los peldaños y empujó la puerta. Estaba cerrada con llave.
“Qué raro”.
Volvió a su puesto y no pudo dejar de pensar en ese detalle. A esa hora, sólo estaban Thiago y la jefa.
“¿Por qué será que se encierran?”
La sospecha despertó en ella y no la abandonó en todo el día. Estuvo pendiente y cuando llegó la asistente contable, a las 7 y 50, observó en dirección a la puerta para acechar si aún estaba asegurada la entrada del salón del tercer piso. Pero la señora Cida empujó suavemente la puerta y entró. Todo estaba normal.
“Es media hora en la mañana, la que pasa Thiago encerrado con la hombro ancho. En media hora pueden hacerse muchas cosas”.
Un suspiro que salió de su propio pecho hizo comprender a Nilda que no se trataba de un sueño, sino de un recuerdo. ¿Qué día fue eso? ¿Fue el último día que fue a Seda Pura? Lo que fuera, aconteció después. Siendo que era miércoles, debía haber sido entre el viernes y el sábado por la mañana, que probablemente ella había ido a trabajar, aunque no lo recordaba. ¿O acaso en su mente estaban revueltos los días? La confusión le dio dolor de cabeza, o tal vez fue el dolor de cabeza lo que la confundió. Respiró profundo y cuando expulsó el aire, un largo quejido involuntario se escuchó en el estrecho cuarto donde la habían hospitalizado al salir de terapia intensiva, entre dos personas que siempre dormían, tal vez por los medicamentos.
“Debí preguntarle a mi tía”.