Hijo de los dioses 3

 3. LAS HIJAS DE LAS AGUAS


Las antorchas cegaban con su resplandor los cansados ojos de los habitantes de la ciudad sagrada. Los tambores comenzaron a sonar temprano, en cuanto fue encendida la primera antorcha. Los flautistas habían cambiado el ritmo de su música que, aunque habitualmente era solemne, ahora sonaba alegre, más rítmica y llamaba, junto con los tambores, a la íntima comunión de los seres. Los ojos de los ejecutantes habían sido vendados porque les estaba prohibido presenciar la fiesta.

Todas las cherodinis estaban vestidas con los enjoyados atuendos transparentes que tradicionalmente se usaban para la Fiesta de las Hijas de las Aguas que seguía al nacimiento de hijos privilegiados de aquella sociedad, como una ofrenda al reino acuático por la intervención de la divinidad ue había traído uno de sus hijos, poseedor de dones y poderes procedentes de una fuente que nadie pensaba desafiar.

En estas fiestas se daba rienda suelta a las emociones eróticas. No había reglas, salvo las que dictaba la dignidad de la casta. Según las antiguas tradiciones, por medio de esta fiesta recibirían cuerpo humano las Hijas de las Aguas que cantaban en el río mostrando la belleza de sus cuerpos de vapor. Tradicionalmente, cuando las niñas alcanzaban la pubertad eran devueltas, aún vírgenes, al gran Nitchax-Pú, quien concedería nuevas bendiciones en agradecimiento por la evolución que la experiencia en el reino humano daba a sus hijas.

Cherodín Ma estaba sobre el altar. La anciana elevó los brazos dirigiendo el saludo ritual. Todos estaban alineados por pareja y en las oraciones de agradecimiento se unían ambas voces con una alegría, en actitud diametralmente opuesta a la devota solemnidad de los rituales cotidianos. Era permitido bailar en pareja, reír, bromear. Había espectáculos de lucha, teatro, danzas frívolas con atuendos reveladores de los cuerpos de hombres y mujeres, unos y otras entrenados en el arte del amor desde el mismo día de su nacimiento. Se cuidaba de que ni la menor cicatriz fuera a opacar la belleza natural de su hermosa piel gris claro, que poseía un magnetismo atribuido a la influencia de las hijas de las aguas que les aportaban parte de su naturaleza: Las cherodinis tenían el don de la fascinación, potenciado con las técnicas que aprendían de las cherodinis maestras y de las ancianas, quienes se encargaban de perpetuar el oficio. Artilugios que llegaban a formar parte indisoluble de su personalidad. Y los cherodes eran dueños de un magnetismo personal que sabían usar muy bien.

El Canto de las Aguas, entonado por la anciana Cherodín Ma y coreado por la multitud, se elevó vibrante:

Seres vivientes del mundo de las aguas,

De lo profundo,

Formas de belleza y de ternura,

Que nos impulsa y nos alivia,

Siempre en movimiento,

Buscando siempre la forma de fluir,

Morada de los dioses,

Sustento de este mundo,



La invocación de Cherodín Ma fue respondida por un coro entusiasta de voces mixtas.

_Vengan, vengan a nos.

En la oscuridad de la noche las antorchas despedían una luz rojiza y el humo perfumado transformaba las siluetas en movedizos fantasmas que flotaban en el aire cargado de vapor de agua. Por los alrededores revoloteaban enormes cocuyos que emitían luces violáceas y verdes.

Como respuesta a este homenaje, del río brotó el coro de las voces virginales de las Hijas de las Aguas, cuyas figuras imprecisas de etérica desnudez, largo cabello y seductora sonrisa, se levantaron de la superficie de las aguas. Al terminar el canto la anciana Cherodín Ma tomó un cetro de madera y golpeó un tridente que colgaba de un arco erigido para la ocasión.

El hierro forjado lanzó un tañido que más parecía un grito de salvaje alegría, y la fiesta comenzó. La anciana se cubrió con un manto blanco desde la cabeza hasta los pies y, no sin un suspiro de nostalgia, se marchó rumbo a los esbeltos muros del templo que, desde lo alto, contemplaban la festividad.

En ese remoto tiempo, a los días cortos y brumosos seguían noches largas y oscuras. No era extraño que en aquel ambiente onírico se perdiera la noción del tiempo y las emociones dominaran a la humanidad, carente de la luz de la conciencia, de la misma manera que el Sol no iluminaba directamente la atmósfera debiendo filtrar sus rayos a través de espesas nubes. Un viento cálido y denso mantenía lisa la piel grisácea y húmeda de la gente, de carácter taciturno y violentamente pasional. No había pensamientos en la mayoría de la población, sino reflejos de las emociones en una mente germinal.

Los pobladores del continente eran guerreros indómitos, amantes incontrolables, abúlicos para trabajar, pero perdían la noción del tiempo y se emocionaban tanto cuando algo les salía bien, que los artesanos llegaban a realizar trabajos de gran belleza y complejidad, minuciosamente terminados. Las pasiones producían guerras que llegaban a exterminar naciones enteras. Sagradas para todos, las mujeres hermosas eran reinas sin corona; más aún las cherodinis, sabias y fascinadoras.

A la oscuridad de la noche siguió la claridad difusa de la luna llena que hacía aparecer círculos áuricos alrededor de las antorchas.

Esa noche se bailó, se jugó, se experimentó la alegría juvenil por tanto tiempo contenida. Se mantuvieron conversaciones prohibidas en otros tiempos, intercambios de secretos y experiencias. Y cuando la noche estaba a punto de terminar, cuando la música de los timbales de hierro y las flautas se quedaron mudos por el cansancio de los ejecutantes que quedaron rendidos sobre los instrumentos; cuando se hizo el silencio y los susurros se confundieron con el rumor del río, cada pareja se fue apartando para amanecer, algunos, aún trenzados sin saciar sus deseos antes contenidos, otros tiernamente abrazados hablándose en voz baja, y otros durmiendo profundamente, muy juntos. Todos desnudos a la orilla del río.

Fueron siete días y siete noches sin dieta, sin disciplina, sin más rienda que la del cansancio y el sueño, y luego vuelta al desatado festival.

Al amanecer del octavo día la anciana Cherodín Ma, inescrutable la expresión de su cara sin edad, solemne el andar, salió del templo y lentamente se dirigió a una barra de hierro doblada en forma de triángulo con una punta hacia abajo, la cual golpeó con el cetro de madera con cabeza metálica.

El estridente alarido del instrumento despertó a los que aún dormían. La mayoría ya esperaba en silencio este momento, hecha su higiene normal y sus oraciones, esperando órdenes, conscientes de que la lujuriosa fiesta, de siete días y siete noches, había terminado.

Hubo una cantidad de embarazos numerológicamente adecuada y se esperaba que todos llegaran a feliz término, lo cual auguraría bienestar para el futuro. Habría suficientes hijas de las aguas vivientes en cuerpos humanos que seguirían dando su encanto y fascinación a las cherodinis, dándoles más energías y un cierto fuego interior que las haría más clarividentes, más poderosas en el mundo fantasmal, tan cotidiano para la humanidad de esa era, que si alguien hubiera osado discutir su existencia, habría ido a engordar a los Ragkis del foso, por loco.

Todas las criaturas nacieron prematuramente, y desde el mismo momento de su nacimiento fueron inquietas y extrañas. Los varones fueron sacrificados en un sencillo ritual. Aquellos niños hubieran sido hombres afeminados y promiscuos, torpes y excesivamente sensibles. Para evitarles sufrimientos eran devueltos a su lugar de origen. Estos sacrificios no se consideraban crímenes sino actos humanitarios.

El número definitivo de catorce niñas era algo anómalo y estaba en las antiguas escrituras de los antepasados como señal de grandes y graves acontecimientos.

Las cherodinis pasaron mucho tiempo discurriendo, consultando oráculos, sometiéndose a los más rigurosos rituales adivinatorios, pero nada les fue revelado. El gran Nitchax-Pú guardó silencio ante todas las preguntas y sus hijas se limitaron a cantar, sin advertir siquiera que su Rey estaba siendo llamado.

Cherodix, la autoridad máxima de la ciudadela de Nitchax-Pú, llamó a reunión a un grupo de cherodes y cherodinis, quienes se encerraron en la sala de cónclaves.

La sala de cónclaves era una celda de altas y lisas paredes pintadas de blanco, cuyo techo tenía la única ventana de que disponía el aposento. El piso de piedra pulida estaba cubierto por un tejido grueso de fibras vegetales. No había ningún mueble, ningún objeto ornamental ni siquiera de carácter ritual. El ocre de la alfombra y el blanco de las paredes eran complementadas sólo con el gris trozo de cielo que se asomaba en la abertura situada a una altura de cinco veces la estatura de la más alta del grupo, una cherodini de cabeza rapada y esbelta figura cubierta por una vaporosa túnica blanca que le llegaba hasta los tobillos. Era Ramka, conocida por su sabiduría y su apego a las tradiciones. Tenía unos grandes ojos castaños, que eran exóticos en esa raza de ojos gris pálido. Su piel gris oscura era lustrosa por los aceites que debían untarse para protegerse de la humedad ambiente, que, de lo contrario, desarrollaría en ellos toda clase de hongos.

Cuando la víctima olvidaba la higiénica medida de ungirse a diario con el aceite que no faltaba, su piel se cubría de algas blanquecinas que producían gran dolor. El aceite de tikrís era extraído de flores que se cultivaban en todas partes con suma facilidad, y se extraía exprimiendo los gruesos cálices en frascos de barro cocido.

Además de Ramka estaban en la reunión Nurt y Bram, cherodes oficiosos y de reconocida prudencia. Eran gemelos y sólo se diferenciaban por el tatuaje de un ideograma que llevaba cada uno, grabado en sus frentes por una cherodini cuando aún eran recién nacidos, para evitar que adoptaran la costumbre de intercambiarse para burlarse de la gente. No tenían cabello y sus ojos eran del mismo tono gris de su piel. Además estaba Aira, vieja cherodini consejera y asistente de La Intocable. Cherodíx eran la pareja de ancianos más longevos del país y todos los conocían desde hacía tanto tiempo que sólo ellos conocían su verdadera edad. Eran tan viejos que no había ni una hebra de cabello en sus cabezas. Sus ojos grises penetraban cuanto miraban y tenían el don de la fascinación, sobre todo cuando estaban juntos. Una mirada conjunta de esta pareja podía salvar a un moribundo o hacer estallar a un enemigo desde adentro, como una descarga de microondas. Dada la poderosa carga mágica que poseían sus nombres, ninguna persona podía pronunciarlos sin autorización; así que sólo los cherodes y las cherodinis viejos los conocían, absteniéndose de pronunciarlos, por temor a convertirse en una masa viscosa de carne informe, en la que sólo se distinguiría la cabeza; que deseaba la llegada de la muerte por el dolor inenarrable que les producía tal estado. La muerte era compasiva, sin embargo, y llegaba pronto.

Sentados sobre el tapete de la sala de meditaciones, a ambos lados de la puerta, los dos hierofantes esperaron en silencio, con los ojos entornados, a que entraran Marka, Nurt, Bram y Aira.

La sala de meditaciones era un lugar donde todo estaba detenido. El aire no entraba ni salía, la luz siempre brillaba tenuemente como en los mediodías de esa época y sobre todo no pasaba el tiempo. Podía estarse unos momentos allí, y al salir había transcurrido tanto tiempo que la gente no se explicaba cómo podía estarse sin alimento ni bebida.

Una vez reunidos los seis, Cherodín Pú levantó el índice hacia la puerta y de los dos laterales surgieron paneles de piedra que se unieron en el medio bloqueando herméticamente la entrada. Después, hablando en un coro perfecto, iniciaron la reunión.

_Nuestro dios Nitchax-Pú no volverá. Él mismo lo dijo cuando el Hijo de los Dioses pasó La Gran Prueba.

_Lo sabemos –dijeron Nurt y Bram también en coro.

Marka asintió en silencio.

_Las antiguas escrituras no dicen nada sobre lo que está ocurriendo aquí. –dijo Aira- Su enseñanza llega hasta el momento del nacimiento del Hijo de los Dioses. Lo demás debemos hacerlo o deducirlo nosotros, hasta que Él decida decirnos qué hacer.

Cherodix miró en silencio a cada miembro del consejo de los sabios. Todos asintieron. El asunto a discutir allí era cómo decírselo al pueblo que, aunque lo oyó personalmente de la propia deidad, no pudo o no quiso entenderlo.

Pasaron tres días sin que el mundo exterior supiera qué hacían, de qué hablaban, si es que hablaban, o a qué rituales se estaban sometiendo. Al cuarto día la puerta se abrió y salió Aira en primer lugar, impecable la larga cabellera gris oscura, sin una arruga la túnica blanca de cherodini. Detrás iban Nurt, Bram y Marka. Cerrando el paso, muy juntos y sin tocarse, Cherodix abandonó la estancia. Esta vez fue Cherodín Ma quien extendió el índice hacia la puerta, sin volver la vista, y ésta se cerró silenciosamente a sus espaldas.

Ese mismo día fue seleccionada una virgen para ser entregada a las aguas y se planeó para el día siguiente un acto propiciatorio para que el Gran Dios despertara de su indiferencia y hablara al pueblo. Era un ritual que estaba condenado a desaparecer. Sería el último y esperaban que la gente comprendiera que los dioses ya nunca más descenderían a bendecir a sus adoradores. No en esa era.

Al día siguiente, con la luz difusa del amanecer, cuando grandes pájaros de alas desnudas cantaban el final de la noche, la virgen fue llevada al ara. Sus blancas y tenues vestiduras flotaban en la densa atmósfera de la mañana atlante. Caminó en silencio con la torpeza de sus pies que, por tener dedos delgados y largos unidos con membrana natatoria, le impedían caminar con soltura en tierra firme. Subió al altar y levantó una mano para saludar al dios de las aguas, Nitchax-Pú, inclinada la graciosa cabeza de blancos cabellos abundantes y ondulados que caían sobre su espalda desnuda. El potente coro de las hijas de las aguas se dejó escuchar enseguida, como una apoteósica bienvenida a su hermana que estaba a punto de regresar. Claramente visibles en sus figuras vaporosas y desnudas, rodearon el altar y cantaron, cantaron, cantaron…

Gruesas lágrimas de emoción corrieron por las mejillas de la virgen, quien sonrió a sus hermanas incorpóreas y cantó con ellas acompañando con su voz armoniosísima, tierna y aterciopelada, al coro procedente del más allá que en ese tiempo se comunicaba directamente con la humanidad, cuyos ojos miopes eran capaces de contemplar los dos mundos.

Dos semicírculos completaron la figura de una luna. Un semicírculo oscuro de cherodes vestidos de negro, y el otro claro, de cherodinis vestidas de blanco. Jamás había visto la luna aquella humanidad, pero los dioses les habían transmitido la imagen de un astro de la noche que algún día se vería en el cielo sin nubes y ellos acataron porque sus dioses nunca mentían. Así rendían tributo adelantado al esperado dios que en un tiempo ignorado daría una claridad entonces desconocida y reinaría en el medio del cielo sobre la vida y la muerte.

Rodearon la piedra de los rituales en la cual estaba la joven . La casta sacerdotal en pleno contemplaba devotamente la escena. En un círculo más alejado, detrás de la fila formada por la casta de los Kraches, los hijos y las hijas del pueblo observaban también.

Cherodín Ma levantó la mano derecha y la virgen calló. Las Hijas de las Aguas guardaron silencio también, y los cherodes entonaron el Canto de Llamada al gran Nitchax-Pú:

Señor de las Aguas, de la vida y de la muerte,

Y de la luz y las sombras que un día serán.

Te hemos llamado

Y te hemos interrogado

Y tu respuesta ha sido negada.

Venga tu voz a nuestros oídos,

Venga tu resplandor a cegar nuestros ojos.

Señor Nitchax-Pú…

Toma tu hija,

Te la devolvemos con amor

Para que por ella vengan tus palabras,

Grandes cambios nos han amenazado,

Dinos qué hacer con nuestra Vida.

Cherodín Ma miró a Aira, que vestía túnica blanca con túnica negra sobrepuesta y ésta caminó hacia la virgen con ceremonioso paso, la tomó del brazo en silencio y, ambas sonrientes, se acercaron al punto en que el semicírculo blanco se unía al semicírculo negro a orillas del río. Al llegar a este punto el cherod y la cherodini que habían tenido unidas sus manos las soltaron abriendo el círculo. Las dos muchachas caminaron hacia las aguas, que se encresparon para recibirlas. Aira levantó ambas manos y cantó:

Divino Nitchax-Pú

Diste vida a esta Hermana

Que vino a sufrir a un Reino que no es el suyo,

Prisionera como antes nunca en un cuerpo distinto

Al original de agua pura.

Unidos estamos en ella

Los humanos

Y los seres majestuosos de las aguas.

Hoy regresa a tu mundo,

La enviamos con tristeza,

Recíbela con alegría,

Si nos es permitido,

Y Responde,

Oh, Señor, Responde…



La adolescente se desprendió de la mano de la cherodini y se fue adentrando en el río. Al contacto con el agua su carne se fue haciendo gelatinosa y se desprendió de la cintura abajo. Los huesos de la cadera y las piernas se disolvieron rápidamente convirtiéndose en una mancha blanquecina alrededor de la joven. Frente a los ojos de todos se alargó su columna vertebral y apareció su amplia cola, que comenzó a agitar de inmediato.

Los ojos, ahora grandes y redondeados, se recubrieron de una membrana blanquecina en el momento que la mutante se desmayaba. Suavemente se fue hundiendo en las rápidas aguas.

Cuando desapareció en medio de un pequeño remolino las voces de las Hijas de las Aguas retumbaron en todo el espacio.

Una fina llovizna cubrió todo. La magia de la naturaleza pobló de luces las minúsculas gotas de agua que caían y un “uuummmm” final, que pareció brotar de las rocas del fondo, rubricó el recibimiento de la ondina en su reino.

El grupo sacerdotal, formado en círculo blanco y negro, se abrió ahora totalmente, y una medialuna blanca quedó al lado de la medialuna negra, ambas con las puntas dirigidas hacia el río, morada de Nitchax-Pú, esperando la respuesta de amor o de ira.

Los cánticos se unieron, predominando los tonos graves de los cherodes, hasta que fueron silenciadas las etéricas figuras, que se fueron concentrando alrededor del remolino donde desapareciera su hermana recién devuelta.

De pronto un vapor luminoso se elevó del círculo de ondinas, precediendo al cuerpo transformado de la virgen quien, sonriente, flotó sobre las aguas en medio de un aura multicolor que hacía sus rasgos aún más fascinantes. Sus ojos redondeados, ahora verdosos, estaban abiertos y resplandecientes.

Su voz horadó los cerebros de los presentes:

Mi padre, Nitchax-Pú, Dice:

No habrá más apariciones Ni respuestas directas,

Porque vive entre ustedes Su hijo favorito, Raúk-Pú,

quien regirá en adelante su Destino.

Mi padre se presentará Sólo ante él

y ante La Intocable, Yarix-Ma.

Ellos hablarán con ustedes.

No habrá más fiesta de las Aguas;

la humanidad debe prepararse

Porque un mundo diferente les espera.

Habrá tierras donde hay aguas,

Agua y arena cubrirán naciones

que hoy son prósperas

y los humanos tendrán libre albedrío:

Decidirán por sí mismos su destino,

Oirán la voz de los dioses en todo lo viviente.

Ya están listos para seguir solos

hasta que algún día sean como Dioses.

Mi padre está contento

porque sus hijos llegaron a la mayoría de edad.

Grandes penalidades les esperan,

sabrán superarlas en el camino hacia la libertad

que hoy no comprenden porque no la conocen,

pero que no querrán perder más cuando la vivan.

Las Hijas de las Aguas estaremos siempre muy cerca

aunque la humanidad futura no podrá vernos fácilmente.

El Hijo de los Dioses conocerá la Libertad antes que otros,

y deberá enseñarla a este pueblo;

Obrará con impredecible libertad para bien o para mal.

Nuestro Padre no intervendrá en los sucesos por venir,

sean como sean.

La voluntad del Hijo de los Dioses

será respetada por las Fuerzas de la Naturaleza,

por los dioses que han reinado y los que reinarán

en el aire, en el agua, en el fuego y el todo el Universo invisible.

Así mismo serán obedecidos

todos los humanos que logren obtener su propia Libertad,

como lo haría un Dios”.



La sirena guardó silencio por un momento y, con un tono de despedida, continuó:

Mi padre Nitchax Pú quiere

Que sean hermosos, sanos y lleguen a muy ancianos;

ustedes, sus descendientes

y los hijos de sus descendientes.

Promete a la humanidad

Que en una era futura,

cuando se lo pidan humanos

con mentes organizadas y libres,

convertirá las noches en días,

hasta donde las aguas del Mundo se unen”.



Apenas se hubo desvanecido en el aire la última palabra, las aguas enmudecieron y ella regresó a las profundidades del río.

En la duermevela de su estado de conciencia los presentes no comprendieron el sentido exacto, ni siquiera una aproximación de estas palabras. Sólo tres cosas:

No habría más presencia del dios.

Tendrían que aceptar la autoridad de Raúk Pú, quien, además, haría lo que quisiera.

Y tercero, no habría más fiesta de las Hijas de las Aguas.

La ausencia del dios tutor produjo honda tristeza en los corazones adormilados. Todos cayeron postrados. No comprendían. Cavilaban sobre la gran maldad que la raza tuvo que haber hecho para ser abandonados de esa manera por el Supremo Padre, Guía, Tutor, Protector, Luz de sus ojos, Armonía de sus oídos.

Todos cayeron de rodillas y hundieron la cara en el suelo. Lloraron y lloraron hasta que se quedaron dormidos, exhaustos por la descarga emocional y soñaron con un reino en el que los dioses jamás abandonan a los seres humanos y, menos aún, a su casta sacerdotal.