GRANDES PROMESAS
El coro de las aguas aumentó lentamente la fuerza de su canto.
_Bienvenido, ¡Nitchax-Pú!
Poderoso y Benigno.
Esperamos Tu palabra,
Guía de nuestra existencia.
El río recobró su cauce con un estruendo. Se iluminaron todos los alrededores y poco a poco los ojos de aquellos seres fueron acostumbrándose a la luz hasta percibir vagamente la imagen del gran Dios, imponente, surgiendo de un remolino; chispeantes los ojos dorados, sonriente como un padre bondadoso.
Era tan alto como diez hombres y se elevaba majestuoso sobre la corriente arremolinada del río. Tenía altos pómulos en una faz de hierro donde destacaban los grandes ojos sin pestañas ni cejas. Su boca, de labios delgadísimos, sonreía mostrando una hilera de dientes resplandecientemente blancos y agudos que, sin embargo, no parecían tan terribles. El poderoso cuello llevaba a un tórax fuerte y estilizado. De la cintura abajo, su monumental cola de pez tenía infinidad de aletas pequeñas diseminadas sobre la extremidad, brillantes como el hierro bruñido sobre una piel lisa que reflejaba una irisada gama de tonos azul grisáceos.
De la coronilla del gigante se elevaba un chorro de luz multicolor que resplandecía como un pequeño sol.
El dios levantó ambas manos, cuyos largos dedos estaban parcialmente unidos por una transparente membrana natatoria y de sus palmas brotaron luces blancas que dirigió, con majestuoso movimiento, a la criatura que acababa de pasar La Gran Prueba. El bebé se estremeció y rompió a llorar por un momento, para calmarse enseguida y continuar la duermevela de los recién nacidos.
La luz del gran Nitchax-Pú mostró un paisaje de tonos pastel; el marrón claro de las rocas surgidas de las profundidades de la Tierra en remotos tiempos y el blanco verdoso de los helechos que crecían en la penumbra permanente de la densa atmósfera. Allá y más allá se mecían las grandes flores blancas de tikrís, con pálidos pistilos que vencían con su peso los delgados tallos. En el lecho del río, visible por momentos debido al remolino que provocaba el gran poder del dios, brillaban piedras preciosas de todos los colores que formaban el pedestal de un ser adorado y reverenciado por su pueblo, que lo veía y se comunicaba con él; y cuando lo irrespetaba, sentía la violencia de su ira. Una deidad que los llevaba de la mano y no vacilaba en darles, bien la prebenda solicitada cuando estaba contento, bien el castigo ejemplar, a menudo sangriento, cuando se desviaban del camino elegido por su regente.
La voz del dios se elevó como sonido de cascada y coros celestiales. Un rumor tremendo que hizo temblar a sus feligreses, quienes sintieron una repentina debilidad y cerraron los ojos, cansados de una luz que era demasiado intensa para su delicada constitución, adaptada para la oscuridad. Sólo Yarix-Ma, la joven madre, después de unos instantes, se acostumbró a la luz y pudo seguir admirando al dios, rendida sobre la tierra. Sus ojos tenían el extraordinario poder de ver, tanto el onírico mundo en el que vivieron todos sus antepasados, como el más claro, hecho visible por la divinidad. Veía a su hijo resplandecer con el brillo de una gema; veía a sus hermanos, virtualmente derrumbados, y veía el rostro sonriente del creador de toda esa raza, dador de vida en toda la comarca que, según decían las ancianas, algún día tendría la misión universal de convertir la noche en día aún más allá del río, hasta donde se unen todas las aguas del mundo; cuando la luz de un dios aún más grande y poderoso reinara sobre la Tierra.
Más que hablar, el gran Nitchax-Pú cantó:
_”Hijos de la Tierra y de las Aguas
donde los dioses crean mundos,
Al alto cielo llegarán sus Almas
Y su mente encontrará verdades
aún en lo más Profundo.
El aliento de los dioses del aire,
Y el calor de los dioses del fuego
Los harán más grandes.
Y tú,
pequeño Hijo de los Dioses,
Cuyos ojos otros mundos pueden ver
que otros ojos ignoran,
precursor de otras razas;
Hijo de Razem-Pú
A quien estás destinado a trascender,
Recibe el nombre de Raúk-Pú
Que en la lengua antigua quiere decir
“Precursor de la Luz”
Porque después de ti el
Padre Mundo hará nuevos paisajes
Y las aguas y la Tierra cambiarán
Y nacerán tierras
Y morirán naciones
Como ha sido planeado desde el principio.
Hijo de los Dioses,
Igual que La Intocable
Eres y no eres de esta estirpe,
Tus ojos verán la luz antes que nadie.
La luz del Ojo de los Cielos,
Que todo alumbrará
Cuando las aguas se hayan unido con las aguas
Y la tierra tenga otra faz
desconocida
aún por los Dioses que hemos sido.
No respetarás antiguas majestades,
Ni aún la de los dioses
Y sufrirás por eso,
Porque sufren siempre
Quienes vienen a mostrar los nuevos tiempos
en que debe vivirse de otro modo.
Y nunca morirás
Aunque caigas en las fauces de las bestias.
Desde allí has de partir hacia otros mundos.
Lo dice Nitchax-Pú”.
En el momento en que el dios pronunció su nombre un fuerte terremoto sacudió todo. Las aguas y el aire denso de la mañana oscura, iluminada por la majestuosa corona de la divinidad, fueron estremecidos por el poder que atravesó los cuerpos de los devotos postrados. La Divinidad continuó su canto:
Tienes la fuerza del mejor Krachut
Y la sensibilidad de La Intocable
Tienes el poder de ver el mundo nuevo,
Mutante de la raza
Que poblará nuevas naciones.
Tienes libre albedrío
Y sufrirás
Porque siempre se sufre cuando se abren caminos
Y siempre hay resistencia a lo que viene.
Vivirás las pasiones de esta raza
Que abren su sepultura.
Clama a mí
y vendré a ti sin ritual ni sacrificio
Para guiar tus pasos.
En lo alto de los cielos
El gran ojo del Padre se prepara
Para vernos sin velos
Y organizar la vida de otro modo,
Y serán benditos con su luz
Mis hijos y sus hijos,
Todos los descendientes.
Y habrá la Luz del día
Y Me será dado convertir la noche en Día
Para que la oscuridad completa
Ya jamás vuelva a ser”
La imagen desapareció y el canto de las hijas de las aguas se elevó, lejano y cercano a la vez, haciendo un fondo musical de despedida. Después el silencio cayó sobre todo el ámbito, roto sólo por el rumor del río. Todos cayeron en un sueño profundo que duró incontables horas.