Capítulo 7. Hijo de los dioses

7. LA INTOCABLE


Yarix-Ma nació y creció en la ciudadela. Hija de rituales, no era muy distinta a sus congéneres. Le molestaba el exceso de humedad y el calor de la atmósfera circundante, pero guardaba silencio. Entendía que era su hábitat. Se hizo asidua usuaria del aceite de tikrís, que le oscureció y engrosó el cabello y dejó el resto de su cuerpo casi totalmente lampiño, teñido levemente de melanina dorada.

Se sentía fuera de lugar. Sus ojos pedían luz, la semipenumbra le daba sueño. Pero en su soledad se relajaba y escuchaba acordes armoniosos procedentes de la atmósfera. Tenía ensueños en los cuales aparecían paisajes exóticos, con un prístino cielo azul y una gran luminaria resplandeciente que irradiaba un tibio resplandor. Una brisa suave, fresca y seca, profusión de flores silvestres, pequeñas y multicolores, se divisaban en el horizonte perfumando una distancia que sus ojos, más abiertos que los de su pueblo, jamás habían podido ver. La densa atmósfera, la permanente capa de nubes grises, la penumbra, no permitían que el mundo se percibiera en el esplendor que ella presentía.

Todo ese paisaje, nunca visto en la era atlante, era producto de una fantasía que nunca se atrevió a comentar con nadie.

Cuando llegó a la pubertad le fue impuesto un régimen especial. Los dioses se comunicaron con toda la jerarquía sacerdotal y la designaron como la intermediaria por quien vendría el Hijo de los Dioses, mutante que sería la raíz de una nueva raza, el vicario de los dioses que regían todo el desarrollo del mundo. Su hijo debía ser renovador de paradigmas, derribador de tradiciones, iniciador de una nueva religión, hasta ahora desconocida, que próximamente lo regiría todo y adorador de un dios que el mismo Nitchax-Pú reverenciaría.

Los mejores Krachutes fueron sometidos a prueba para encontrar su consorte. El escogido ostentaría el mayor rango militar y sería el padre biológico del venidero Xpuj. Las pruebas fueron mortales. Sólo los mejores pudieron presentarlas y el único que sobrevivió fue Razem: un joven de piel ligeramente bronceada y oscuros ojos grises; alto, esbelto, arrogante y de pocas palabras. Fue el Gran Krachut más joven de que se tuviera memoria.

Yarix-Ma no se entusiasmó con ese matrimonio que produciría un solo hijo antes de disolverse, después de lo cual ella volvería a ser Intocable; porque aún le restaba otra misión, más delicada. Asumió su papel de Madre Divina y cumplió con todos los requisitos. Fue fecundada por el orgulloso y feliz Razem-Pú, en medio del más fastuoso de todos los rituales conocidos hasta entonces y su embarazo fue cuidado con dedicación por una corte de cherodinis.

Una vez nacido el niño, fue entregado a las viejas cherodinis apenas terminó la lactancia. Las niñeras del templo lo cuidarían y le enseñarían todo cuanto los humanos pudieran enseñar a quien está destinado a reinar sobre todos ellos.

Más grandecito, su educación pasó a manos de Cherodín Pú, quien desde entonces tuvo mayor respetabilidad.

Cuando ya su hijo estuvo grande ella lo percibió, más que como un hijo, como a un gran hermano que tenía un destino diferente al que todos imaginaban. En uno de los ensueños tenidos cuando lo amamantaba lo vio caer herido por trece flechas en el corazón, en el foso de los Ragkis, en donde eran arrojados los cadáveres de los fallecidos en paz o en guerra, en el poblado. Mientras los saurios lo devoraban, trece mujeres aguerridas y feroces observaban su hazaña y la celebraban con trece carcajadas. La visión terminaba con un estruendo. La Tierra que se abría, devorando a las trece terribles hembras de pecho plano, que impregnaban con su sangre oscura el suelo, filtrándose por las grietas hasta el subsuelo de esta nación.

Cuando Yarix-Ma hablaba era Nitchax-Pú quien vertía consejos certeros y sabios. El Gran Krachut no tenía permitido consultarla porque la jerarquía religiosa conocía su pasión por La Intocable.

Se dedicó a la meditación y a los ensueños. La Divinidad le hablaba como amigo. Sólo ella y Cherodix conocían la profundidad de este vínculo.

Una tarde, obscura como todas las tardes atlantes, el Gran Krachut, asediado por su naturaleza fuertemente viril, se acercó a la joven.

Esperó que se retiraran las cherodinis que hacían la guardia simbólica a la puerta de sus aposentos y entró a la habitación. Sus ojos resplandecían con la llama de la pasión que lo embargaba. Disimulando el temblor que estaba en su interior pero que, como militar, no debía exteriorizar, se plantó frente a ella, cruzados los brazos sobre el pecho y mirándola a los ojos.

_Soy tu esposo.

Alrededor de la vivienda de La Intocable; inmóviles e impasibles, el suelo empedrado, el jardín de flores pequeñas y multicolores y las grandes cápsulas de flores de tikrís, conformaban un paisaje de remota belleza. Más allá se levantaban, blanquecinos, los muros calizos del templo. Al otro lado, rumoroso, el río de Nitchax-Pú contemplaba en silencio. Un muro bajo separaba los aposentos de La Intocable. Muros que nadie, hasta ahora, se había atrevido a cruzar.

Razem la miró con la pasión desbordándose por sus ojos grises y le sonrió. La joven bajó la mirada hasta sus adornados mocasines y respiró profundamente.

_Las leyes dicen que para disolver nuestro matrimonio debes expresarlo tú, en un ritual. Eso no se ha hecho. Así que eres mi esposa. Eres intocable pero sólo para los demás hombres. Eres madre de mi hijo, y una mujer muy, muy bella. ¿Acaso la voluntad de Cherodix puede más que la de los dioses que nos unieron? ¿Dónde está tu devoción por las fuerzas divinas? Si juntos trajimos al Hijo de los Dioses, juntos podemos dar origen a una raza superior, que ya está anunciada y que ha de dominar el mundo. Eres mi esposa, Yarix-Ma, y has de ser mi mujer.

La respuesta de la cherodini fue el silencio.

_Las leyes me autorizan a acercarme a ti. Soy capaz de enfrentar el poder de los mismos dioses para hacer respetar mi derecho. Ellos me eligieron para ser tu esposo. Ellos me guiaron y me apoyaron para vencer en pruebas que nadie antes había pasado.

Paso a paso Razem fue acercándose a la cherodini, y cuando sus manos se tendían para tocar sus hombros desnudos, ella cruzó los brazos en posición del Gran Respeto. En su imaginación, visualizó a Nitchax-Pú.

Cherodix meditaba en la orilla del río. Ella con los brazos a lo largo del cuerpo y las palmas abiertas hacia lo alto, y él sereno y circunspecto, sentado sobre los talones con las manos abiertas apoyadas en la tierra.

De pronto se miraron y, presintiendo que el Gran Krachut estaba en inminente peligro, salieron corriendo rumbo al templo, con la mayor velocidad que les permitían sus ancianos cuerpos.

Sin acuerdo previo sus pasos los llevaron directamente al recinto donde meditaba La Intocable. Su intuición, desarrollada por hábitos ancestrales, los guiaba con precisión matemática y ellos confiaban en ella con la fe que da la experiencia.

El Hijo de los Dioses pasó corriendo velozmente frente a ellos y se dirigió también a los aposentos de su madre, La Intocable Yarix-Ma. También él había recibido el mensaje de peligro para su padre, cuando caminaba con su amigo Chikmah por el bosque de enormes árboles de hojas blancas.

Sabía que su concurso sería necesario para salvar a su padre de un peligro al que lo habían conducido tanto su lujuria como su imprudencia. Se detuvo al llegar a la puerta del aposento y en ese momento Razem tocaba, apasionado y ya sin freno, ambos hombros de la joven para atraerla al abrazo.

Fue lo único que pudo hacer.

Apenas sus manos hicieron contacto con la piel de la muchacha, una explosión y una cegadora luz azul eléctrica iluminaron el recinto, cegando a todos menos a Yarix-Ma y a su hijo, quienes parpadearon para reacostumbrarse a la penumbra después de aquel chispazo. Ella sintió apenas el calor de aquellas manos pegajosas sobre sus hombros. Vio a Razem abrir desorbitadamente los ojos antes de caer fulminado en el piso de piedra pulida. La figura del gran Nitchax-Pú apareció un momento ante ellos. Razem se sintió elevado repentinamente y contempló su cuerpo caído en una grotesca posición. Frente a él apareció la cara terrible del Dios, quien le reconvino:

_Desde el momento en que te desposaste, sabías que esa mujer es intocable, antes y después de ser la madre del Xpuj.

Madre e hijo contemplaron la escena. Razem, desdoblado, vio al dios desaparecer y a su hijo acercarse a su cuerpo para reanimarlo. Temeroso por la descarga eléctrica sufrida, no se atrevía a volver. El muchacho lo buscó en el recinto con su mirada clarividente y, al encontrarlo, le dijo directamente:

_Ven a tu cuerpo si no quieres morir. ¿O el Gran Krachut tiene miedo?

Con invencible orgullo, Razem-Pú, pensando que sólo un dios pudo vencerlo, se acercó a animar su cuerpo. De su pecho brotó un suspiro largo y tortuoso. Seguía siendo, pensaba, el Gran Krachut muchas veces probado, a quien todos seguirían respetando, a quien las mujeres amaban, y a quien sólo un dios había podido vencer.

En la puerta, testigos del acontecimiento, Cherodix estaban silenciosos, impresionados por la demostración de Nitchax-Pú.

El gran Dios había aparecido para refrendar la voluntad de su devota hija.

Por el fondo el pasillo se acercaban corriendo algunas personas que habían oído el trueno. El Hijo de los Dioses, inclinado sobre el cuerpo de su padre, le puso una mano en la nuca y la otra en el plexo solar. Silabeando algunas palabras que sólo el entendía, reanimó el cuerpo del caído. Razem abrió por fin los ojos y suspiró de nuevo. Entonces, fiel al compromiso de que ningún hombre debía permanecer en ese recinto, el Xpuj salió, seguido por el Gran Krachut.

La intocable miró a Cherodix, les sonrió levemente y se sentó de nuevo en silencio, como si nada.