Final
Dicen que cada día estamos tomando decisiones, y cada vez que lo hacemos, en el mismo momento que escogemos, estamos introduciendo una poderosa llave en el portal de los acontecimientos, que abrirá sólo aquel canal que se adecúe a la alternativa que hemos elegido. Eso funciona aún cuando esa opción sea adversa para nosotros. Detrás de todo lo que nos pasa, positiva o negativamente, no se encuentran ángeles ni demonios; es territorio de nuestra propia voluntad, así esta haya sido engañada, y aún si nuestras decisiones erradas son guiadas por engaño de terceros, o por la ignorancia y la buena fe. Las elecciones hechas bajo ignorancia y buena fe, sobre todo cuando las personas se dejan llevar por el corazón, también nos abren a posibilidades que son favorables para nosotros.
Así creamos nuestro destino.
Fue lo que aconteció con Nilda. En el terrible momento en que sus peores expectativas fueron sobrepasadas, no tuvo miedo. La sorpresa y la curiosidad sobrepasaron al terror y, cuando vio a su novio paralizado por las artes malévolas de la criatura que lo controlaba, eligió tener compasión por él. No hizo planes, no pensó en ser heroína, sólo sintió compasión por él. En un momento en que su propia vida estaba comprometida, no pensó en sí misma; en ese encuentro programado por una criatura que pertenece a una especie depredadora y furtiva, que lleva siglos devorando seres humanos, sin que nadie siquiera se atreva a imaginar que esto está aconteciendo, Nilda fue guiada por la poderosa voluntad inconsciente que en los momentos críticos es el faro de cada brasilero: la compasión y la solidaridad. Es un hecho cotidiano en Sao Paulo, que los ciudadanos de a pie actúan espontáneamente para proteger y ayudar a sus congéneres, y sólo después piensan en sí mismos.
Aún no se había desmayado, cuando vio una serie de luces, un arcoiris borroso en forma de óvalo, que flotaba sobre ella; reflejos de luz como el brillo del nácar. En el piso alfombrado, su sangre comenzaba a derramarse rápidamente. Su zona abdominal había sido cortada en cuatro partes, desde el diafragma hasta el hueso púbico, por las agudas uñas de la reptiloide.
Luana la miró, y la vista de la sangre estimuló su apetito. Por un momento dudó. Pero el apuesto rapaz paralizado por el terror, cuyo corazón estaba a punto de reventar por la fuerza de las rápidas y fuertes palpitaciones que le daba el miedo, tan rápidas que las sentía como una sola opresión dolorosa, ese humano a quien había utilizado en su interminable apetito erótico, como uno más de los hombres de juguete, cuya energía vital sorbía a diario y cuyos fluidos corporales eran su dieta básica, le pareció más apetitoso.
La garota no estaba asustada, eso haría que su carne y su sangre fueran insípidas, sería como una comida sin sal ni condimentos, para ella que estaba acostumbrada a los sabores fuertes.
Cada vez que sorbía la sangre y devoraba la carne de un ser humano aterrorizado, sentía un subidón de energía como si, al agitar la adrenalina, el poder de la vida que en ellos latía, aumentara su voltaje. En cambio, una persona serena podía ser, no sólo indigesta, sino letal para ella. Es que las criaturas de las sombras no sobreviven ante la sola presencia de los seres humanos que no tienen miedo. Y Luana era, técnicamente, por el carácter furtivo de sus actividades y por el oscuro designio que los de su especie tienen sobre este mundo, una criatura de las sombras.
Fue por eso que ignoró a Nilda y saltó sobre Thiago, quien ni siquiera pudo gritar, de tan asustado que estaba.
Nilda vio el remolino irisado que palpitaba sobre ella, y no supo más, hasta que, días después, despertó del coma en el hospital.
Bajo la pasarela de las novias, el morador de rúa conocido solamente como Duda, se despertó sobresaltado a las cuatro de la mañana del día siguiente, cuando apenas había comenzado a dormir. Había conseguido una cobija casi nueva en su deambular por la ciudad y, aunque había pasado fríos peores que el que había en ese momento, sería mejor que durmiera sobre el agasalho, y no sobre la tierra ocre, cubierta sólo con pedazos de cartón. La pasarela era su techo, la construcción, y el bajo muro que la separaba de la avenida, era un hogar provisional que había usado muchas veces, cuando no estaba ocupado ya por otros moradores de rúa que le fuesen hostiles.
El sobresalto que sintió Duda fue como si un choque eléctrico lo sacudiera de repente, y saltó poniéndose de pie instantáneamente.
A su lado, ensangrentada y moribunda, había aparecido una joven. Hacía muchos años que no tenía a su lado una mujer siquiera parecida a aquella. A pesar de la palidez mortal que ya la cubría, su belleza dejó deslumbrado al nómada.
Cuando recuperó el habla, Duda se inclinó a tocar a la muchacha. Aún estaba tibia. Una sacudida en el pecho de ella, que aumentó el flujo de sangre en su abdomen, le respondió la pregunta que estaba por hacerse. No acababa de morir, todavía estaba viva.
Una honda compasión nació en su pecho por aquella garota desconocida, que había sido atacada de modo tan feroz.
Sin pensar, saltó el corto muro que separaba la pasarela de la avenida, y corrió. Gritó e hizo señas a dos, a tres vehículos, pero nadie se paraba ante la llamada de un morador de rúa. Entonces, aún sin pensar, ante el siguiente vehículo, saltó a la avenida, y se plantó enfrente del carro. Al atropellarlo, se vería obligado a parar.
Y así fue.
Duda no sabía cómo fue que pudo ejecutar aquel acto heróico, sólo sintió compasión, y el deseo ardiente de que ella sobreviviera. Dias después, estaba sentado en el mismo lugar, en donde ni siquiera las manchas de sangre quedaban.
“¿Cómo es que fui tan loco para lanzarme a que un carro me matara?”
Concluyó que, si ella hubiese sido encontrada muerta a su lado un par de horas después, cuando la gente comenzara a pasar cerca, con toda certeza él habría sido el primer sospechoso de asesinato.
“Por lo menos, prefiero ser un héroe que estar en la cárcel. No importa que nadie más lo sepa”.
FIN