SEDA PURA FINAL

    1. Final



Dicen que cada día estamos tomando decisiones, y cada vez que lo hacemos, en el mismo momento que escogemos, estamos introduciendo una poderosa llave en el portal de los acontecimientos, que abrirá sólo aquel canal que se adecúe a la alternativa que hemos elegido. Eso funciona aún cuando esa opción sea adversa para nosotros. Detrás de todo lo que nos pasa, positiva o negativamente, no se encuentran ángeles ni demonios; es territorio de nuestra propia voluntad, así esta haya sido engañada, y aún si nuestras decisiones erradas son guiadas por engaño de terceros, o por la ignorancia y la buena fe. Las elecciones hechas bajo ignorancia y buena fe, sobre todo cuando las personas se dejan llevar por el corazón, también nos abren a posibilidades que son favorables para nosotros.

Así creamos nuestro destino.

Fue lo que aconteció con Nilda. En el terrible momento en que sus peores expectativas fueron sobrepasadas, no tuvo miedo. La sorpresa y la curiosidad sobrepasaron al terror y, cuando vio a su novio paralizado por las artes malévolas de la criatura que lo controlaba, eligió tener compasión por él. No hizo planes, no pensó en ser heroína, sólo sintió compasión por él. En un momento en que su propia vida estaba comprometida, no pensó en sí misma; en ese encuentro programado por una criatura que pertenece a una especie depredadora y furtiva, que lleva siglos devorando seres humanos, sin que nadie siquiera se atreva a imaginar que esto está aconteciendo, Nilda fue guiada por la poderosa voluntad inconsciente que en los momentos críticos es el faro de cada brasilero: la compasión y la solidaridad. Es un hecho cotidiano en Sao Paulo, que los ciudadanos de a pie actúan espontáneamente para proteger y ayudar a sus congéneres, y sólo después piensan en sí mismos.

Aún no se había desmayado, cuando vio una serie de luces, un arcoiris borroso en forma de óvalo, que flotaba sobre ella; reflejos de luz como el brillo del nácar. En el piso alfombrado, su sangre comenzaba a derramarse rápidamente. Su zona abdominal había sido cortada en cuatro partes, desde el diafragma hasta el hueso púbico, por las agudas uñas de la reptiloide.

Luana la miró, y la vista de la sangre estimuló su apetito. Por un momento dudó. Pero el apuesto rapaz paralizado por el terror, cuyo corazón estaba a punto de reventar por la fuerza de las rápidas y fuertes palpitaciones que le daba el miedo, tan rápidas que las sentía como una sola opresión dolorosa, ese humano a quien había utilizado en su interminable apetito erótico, como uno más de los hombres de juguete, cuya energía vital sorbía a diario y cuyos fluidos corporales eran su dieta básica, le pareció más apetitoso.

La garota no estaba asustada, eso haría que su carne y su sangre fueran insípidas, sería como una comida sin sal ni condimentos, para ella que estaba acostumbrada a los sabores fuertes.

Cada vez que sorbía la sangre y devoraba la carne de un ser humano aterrorizado, sentía un subidón de energía como si, al agitar la adrenalina, el poder de la vida que en ellos latía, aumentara su voltaje. En cambio, una persona serena podía ser, no sólo indigesta, sino letal para ella. Es que las criaturas de las sombras no sobreviven ante la sola presencia de los seres humanos que no tienen miedo. Y Luana era, técnicamente, por el carácter furtivo de sus actividades y por el oscuro designio que los de su especie tienen sobre este mundo, una criatura de las sombras.

Fue por eso que ignoró a Nilda y saltó sobre Thiago, quien ni siquiera pudo gritar, de tan asustado que estaba.

Nilda vio el remolino irisado que palpitaba sobre ella, y no supo más, hasta que, días después, despertó del coma en el hospital.

Bajo la pasarela de las novias, el morador de rúa conocido solamente como Duda, se despertó sobresaltado a las cuatro de la mañana del día siguiente, cuando apenas había comenzado a dormir. Había conseguido una cobija casi nueva en su deambular por la ciudad y, aunque había pasado fríos peores que el que había en ese momento, sería mejor que durmiera sobre el agasalho, y no sobre la tierra ocre, cubierta sólo con pedazos de cartón. La pasarela era su techo, la construcción, y el bajo muro que la separaba de la avenida, era un hogar provisional que había usado muchas veces, cuando no estaba ocupado ya por otros moradores de rúa que le fuesen hostiles.

El sobresalto que sintió Duda fue como si un choque eléctrico lo sacudiera de repente, y saltó poniéndose de pie instantáneamente.

A su lado, ensangrentada y moribunda, había aparecido una joven. Hacía muchos años que no tenía a su lado una mujer siquiera parecida a aquella. A pesar de la palidez mortal que ya la cubría, su belleza dejó deslumbrado al nómada.

Cuando recuperó el habla, Duda se inclinó a tocar a la muchacha. Aún estaba tibia. Una sacudida en el pecho de ella, que aumentó el flujo de sangre en su abdomen, le respondió la pregunta que estaba por hacerse. No acababa de morir, todavía estaba viva.

Una honda compasión nació en su pecho por aquella garota desconocida, que había sido atacada de modo tan feroz.

Sin pensar, saltó el corto muro que separaba la pasarela de la avenida, y corrió. Gritó e hizo señas a dos, a tres vehículos, pero nadie se paraba ante la llamada de un morador de rúa. Entonces, aún sin pensar, ante el siguiente vehículo, saltó a la avenida, y se plantó enfrente del carro. Al atropellarlo, se vería obligado a parar.

Y así fue.

Duda no sabía cómo fue que pudo ejecutar aquel acto heróico, sólo sintió compasión, y el deseo ardiente de que ella sobreviviera. Dias después, estaba sentado en el mismo lugar, en donde ni siquiera las manchas de sangre quedaban.

“¿Cómo es que fui tan loco para lanzarme a que un carro me matara?”

Concluyó que, si ella hubiese sido encontrada muerta a su lado un par de horas después, cuando la gente comenzara a pasar cerca, con toda certeza él habría sido el primer sospechoso de asesinato.

“Por lo menos, prefiero ser un héroe que estar en la cárcel. No importa que nadie más lo sepa”.



FIN

SEDA PURA 9

    1. La mueca de la muerte no es sonrisa



Thiago estaba de pie, erguido, como se paran los soldados que están firmes ante un oficial de rango superior. Frente a él, una criatura de pesadilla se encontraba mirándolo fijamente a los ojos, mientras de la línea roja horizontal que era su boca, salía una lengua bífida, tan larga, que casi tocaba la cara del rapaz. Él estaba lívido, con las manos adelantadas, pretendiendo separarse del humanoide, pero, evidentemente, paralizado por el terror.

La criatura se volvió en el momento en que Nilda abrió la puerta, y un extraño sonido, a medio camino entre el siseo de una serpiente y una carcajada, fluyó de la boca de la humanoide. Al reír, apareció una doble hilera de dientes afilados, que recordaba las imágenes de los tiranosauros de película, haciendo aún más terrorífico su aspecto.

Miró a Nilda, y ésta sintió de nuevo el frío que, como un siniestro anticipo, la había acompañado desde que cruzara la calle Graça para enfilarse al estacionamiento de Seda Pura.

Los ojos de la criatura se fijaron en ella por unos instantes, y la garota sintió que el frío le entraba hasta lo más profundo de la médula de los huesos. Esos ojos eran pequeños, casi redondos, bolas de un blanco amarillento, que parecían hendirse verticalmente para ser cruzadas por una oscura línea vertical. Alrededor de los ojos no había pestañas, sino que los rodeaba una línea de escamas simétricas, que le recordaron las fotografías de las serpientes venenosas, que había visto en revistas y en Internet.

Luana Repitió la siniestra carcajada, y siguió mirando a Thiago, que estaba ya a punto de desmayarse, pero continuaba de pie, como colgado de algún hilo invisible que lo sostuviera desde el techo, sin voluntad, hecho un manojo de miedo.

_¿Crees que ese es todo el miedo que puedes sentir?

La hombro ancho miró a Nilda.

_Acércate.

Nilda sintió como un tirón en el plexo solar, como si la mitad de la vida se le escapara por ahí, y experimentó un fuerte impulso de obedecer a aquella criatura, pasara lo que pasara.

Entonces comprendió.

Entendió por qué Thiago subía con esa extraña rigidez las escaleras, y no recordaba nada después. Se dio cuenta que se trataba de una especie de demonio. En un solo instante recordó las leyendas de reptilianos que estarían viviendo junto con los humanos, a quienes tomaban como alimento después de sugestionarlos con su poderoso magnetismo, del mismo modo que las serpientes paralizan a las víctimas para después devorarlas.

Un penetrante olor animal impregnaba todo el ambiente de la oficina, y lo reconoció como el mismo olor que percibiera cuando se acercó a su novio el día anterior. Los detalles de hechos que antes habían sido desapercibidos, se alinearon frente a ella como en un resumen cinematográfico, y una profunda compasión sustituyó la sospecha que había tenido con respecto a la extraña conducta de Thiago. El extraño olor le daba mareos, y estuvo a punto de caer. Pero no se movió del sitio. Una fuerza tan poderosa como el magnetismo animal de la criatura, no permitió que diera un paso. En su corazón brotó un aire tibio, y una fila de recuerdos tiernos de enamorados se desplegó esta vez frente a ella. Vio a Thiago tal como era: Un hombre ingenuo, de los que todavía creen en el amor verdadero; tal vez no tan cariñoso como ella quisiera, pero sí un ejemplar masculino, no sólo apuesto, sino también transparente y dulce por dentro.

“Es increíble como un peligro mortal nos abre los ojos”.

Tuvo fuerzas para respirar, y dio un paso atrás.

Un chispazo de odio brotó de los ojos reptilianos de la humanoide, ahora con los hombros más anchos que nunca, y más alta, superando la estatura de Thiago. A un lado estaban los zapatos de plataforma, que no podían contener las fuertes patas de tres dedos que se asentaban fuertemente en la alfombra que cubría la oficina de la alta ejecutiva. Toda la piel era de un verde amarillento, arcilloso, y en lo alto de la cabeza, proporcionalmente pequeña, la peluca de cabello platinado, bajo el brillo de la luz eléctrica, lanzaba destellos como puñaladas. Por debajo de la larga túnica negra, que ya no cubría las deformes piernas de la humanoide, descendía hasta la alfombra una cola de reptil, verdosa, con agudas puntas que la convertían en una peligrosa arma contra cualquier ser humano.

“Sí era peluca. Lo sabía”.

El pensamiento era extemporáneo, pero en ese momento no estaba razonando. La criatura se volvió hacia el rapaz y después de emitir otra de sus risas siseantes, le habló:

_Mira, Thiago, voy a matarla frente a ti, y después te devoraré.

Thiago pareció despertar del sopor de miedo que lo envolvía, y miró a Nilda. El dolor de aquella mirada no se apartaría jamás de los recuerdos de la joven.

El reptiloide saltó repentinamente y arrastró a Nilda hacia el interior de la oficina, la puerta se cerró tras ella, y la garota cayó al piso alfombrado. De un manotazo, la hombro ancho le rasgó la ropa. La costosa falda de lino, confeccionada por ella misma, cayó a un lado hecha jirones, y cuatro heridas horizontales aparecieron en el abdomen de la muchacha.

La criatura la miró, y después a Thiago.

_Ella no me tiene suficiente miedo. Quedará para después.

Se abalanzó sobre el joven, y hundió sus fauces en el abdomen juvenil. Un crujido de cuero y tela se destacó sobre el silencio de la habitación. Nilda estaba inconsciente en el piso.

El humanoide escupió los pedazos de ropa y cinturón, y se dedicó a sorber la sangre que brotaba como un manantial del vientre de Thiago.

De la boca entreabierta del pasante, cn el último estertor de la muerte, casi apagado por los ruidos feroces de la depredadora que se alimentaba con sus vísceras, brotó su última palabra.

_Nilda.

Mientras la criatura devoraba a su novio, la garota recuperó la conciencia y vio la escena, suspiró y un agudo dolor se extendió en todo su cuerpo. No sabía si estaba experimentando su propio dolor, o si el dolor de la muerte de él se estaba sumando al propio sufrimiento. Supo que sería lo último que compartirían. Atrás quedaban los sueños juntos, los momentos dulces y tranquilos, la seguridad de estar con un ser que le era realmente querido.

Cerró los ojos y de desmayó de nuevo.

Cuando Luana se incorporó, satisfecha de vísceras y sangre, y se volvió hacia donde había dejado tendida a Nilda, no la vio. Salió, arrastrando la cola. No podía estar lejos. La puerta del tercer piso seguía cerrada, y un soplo de brisa del exterior parecía haberse filtrado por alguna parte.

Frustrada y sorprendida, un rugido descomunal salió de la garganta inhumana y se esparció por todo el cuarto y el tercer piso.












SEDA PURA 8

 

  1. Los recuerdos tienen peso propio



Era el día de irse de alta. Nilda se despertó completamente lúcida, y mientras se vestía para salir del hospital, los recuerdos acudieron a su mente en tropel, como si cada uno temiera ser dejado fuera por los demás. Eran abrumadores, y su contenido la dejó emocionalmente exausta. Mas debía vestirse, debía irse. Los médicos le explicaron que, si la dejaban hospitalizada, debido a que su recuperación apenas comenzaba, sus defensas estaban comprometidas y podrían no soportar la arremetida de un virus cuyas características eran, a la misma vez, comunes (se trataba de una variedad del virus de la influenza) y extraordinarios, debido a su acelerada capacidad de mutación, lo cual haría casi imposible producir una vacuna en tiempo corto. Pese a no ser mortal en sí, en condiciones normales, ese patógeno se cebaba con quienes estaban débiles, sobre todo los ancianos, y aquellos que tuvieran una dolencia crónica y/o condiciones previas que impliquen debilidad inmunológica.

Y en ese grupo de riesgo encajaba perfectamente Nilda. Así que, si bien fue indispensable que fuera atendida de emergencia y sometida a operación y terapia intensiva para salvar su vida, para conservar lo que se había conseguido era ahora indispensable que se fuera del hospital, para protegerse de la amenaza apocalíptica que, para ella, existía solamente en los noticieros, y tal vez en el otro lado del mundo.

Sin embargo, para los epidemiólogos, estudiosos y otros personajes muy bien informados, era cuestión de tiempo que la amenaza viral se extendiera por todo el planeta, debido a la posición preeminente que tiene China en la economía del planeta, y a que sus ciudadanos se han distribuido, durante el último siglo, por todo el mundo habitable. Y están permanentemente intercomunicados, viajando a la tierra de sus ancestros, cada vez que pueden. No fue difícil, para la “mídia”, inferir que con estos asiáticos viajaba también un virus mortal.

Para Nilda, todas las explicaciones que aparecían en las noticias eran un asunto de ciencia ficción, una predicción apocalíptica más, de las cuales estaba llena la frágil memoria de la humanidad. Una fuente de miedo. Un cuento.

Pero se encontraba débil de salud, ya había sido clasificada como grupo de alto riesgo, y en el hospital no era ella la que mandaba. Debía obedecer y resguardarse en su casa, bueno, en la de su tía, sin salir, hasta que el peligro terminara. Y por eso, cargando con el pesado proceso del despertar de su memoria, salió del hospital y se encontró, debajo del arco de entrada, con un taxi que la esperaba. Su tía, con cara de preocupación, estaba parada al lado del vehículo, y se adelantó a ayudarla a entrar. No traía pertenencias, sólo traía, puesta, la ropa que su tía le llevó el día anterior. Lo que llevaba cuando fue rescatada no era utilizable, y había terminado junto con la demás basura hospitalaria, para ser incinerada. Su cartera con todas sus pertenencias, incluidos los documentos de identificación, no habían sido encontrados cuando su cuerpo fue recogido, casi agonizante, del suelo contaminado de bajo la pasarela de las novias.

Apenas estuvo sentada en el taxi, cerró los ojos, respiró profundo, y los recuerdos, reprimidos parcialmente hasta el momento, comenzaron a deslizarse en su memoria, arrolladores y destructivos como un incendio forestal.

Era sábado, y había recibido una llamada de la gerente general, de su propia voz, que la convocaba para asistir a trabajar, a las siete y media de la mañana, como si fuera un día laborable normal. Inquieta por la llamada de atención del día anterior, esperaba encontrarse con un regaño descomunal por estar fuera de su lugar de trabajo, por entretener al personal de oficina, o por cualquier cosa que se le ocurriera a la hombro ancho. Ella era la jefa. Nilda estaba en sus manos.

Así que a las siete y media de la mañana se encontraba cruzando la rúa Graça, y miró al portón de entrada. Momentos antes, la puerta principal de vidrio se había cerrado a las espaldas de Thiago, quien, puntual como siempre, se presentaba bajo la convocatoria de la misma jefa. Pero había entrado ya y Nilda no consiguió verlo.

Subió las escaleras, y sintió miedo. Se sabía buena costurera, sabía todo acerca de su profesión, así que no se justificaban ese escalofrío ni ese nudo en la garganta, ese miedo paralizante. Seguramente que la referencia de Seda Pura, con el tiempo que había trabajado y los ascensos y aumento de salario que había recibido, todos escrupulosamente escritos en su cartera de trabajo, auguraban para ella un nuevo comienzo en cualquier otra parte, pues se encontraba en São Paulo, la capital brasilera de la moda, y una de las ciudades que, en el mundo, se destacaban en ese ramo de la economía.

Sin embargo, esos recordatorios no disminuyeron el frío mortal que sacudía sus huesos.

“¿Qué está aconteciendo? Seguro es ese clima loco de São Paulo: un día calor de verano y otro, frío de invierno”.



Subió las escaleras, pasando frente a la puerta que era su entrada habitual al piso 2, pero continuó subiendo. Empujó suavemente la puerta del piso 3, y ésta cedió. Todo estaba en silencio, sólo se oía un murmullo de música evangélica en el piso 4, donde las luces de la oficina de la mandamás estaban encendidas.

Atravesó el laberinto de cubículos acristalados y se dirigió directamente a las escaleras.

“El mal trago hay que pasarlo rápido”.

Se detuvo tras subir el primer peldaño.

“¿De verdad tengo que ir, con todos estos malos presentimientos?”

Dándose ya por despedida, y sacando cuentas de cuánto le tocaría por la previdencia social, respiró profundamente y, apretando el abdomen, expulsó todo el aire y se llenó de aliento nuevo, antes de subir decididamente el resto de los diez peldaños que la separaban de la puerta.

Se detuvo un momento antes de empujar la puerta entreabierta, y sacudió la cabeza para espantar las ideas que se le venían

“No soy celosa. No puedo tener celos de una vieja horrible, pero si me deja, por ella o por otra, nadie va a verme llorar”.

Un puño tibio apretó su corazón y un suspiro brotó de lo hondo, con la certeza de que Thiago estaba ahí dentro, y esa sería la última vez que lo vería.

“Fue lindo tener un novio lindo”.

Volvió a respirar profundo y empujó la puerta.

Lo que vio al entrar le heló la sangre.






























SEDA PURA 7

  Los monstruos no se enamoran


Los sábados no trabajaba el personal de oficinas de la empresa Seda Pura, pero en esta oportunidad, Thiago fue convocado para asistir a la hora de costumbre. El personal del segundo piso entraba a las ocho horas, pero como él sabía que su jefa era un poco excéntrica, no se preocupó por la convocatoria tan temprano. Total, ella sabría qué debía hacer él. Por su parte, le gustaba ser eficiente.

A las siete y veinticinco minutos ya estaba frente al edificio amarillo de la rúa Graça, sede de Seda Pura. Apenas estaba cruzando el estacionamiento, un escalofrío recorrió su cuerpo y un nudo doloroso se le formó en la garganta. Miró alrededor. Notó que no había ningún carro, ni siquiera el de doña Luana, y todo tenía el aspecto de que no había actividades. Se encogió de hombros, seguramente era por ser un poco temprano, y día sábado. Un viento frío lo envolvió nuevamente, sin revolverle los negros cabellos.

“¿Será que se va a adelantar el invierno?”

Respiró profundo y se prometió comprar unas pastillas masticables para prevenir esa afección en la garganta, tal vez alérgica, que amenazaba con enfermarlo.

Thiago no recordaba nada de lo que ocurría en la media hora en que solía quedar encerrado con Luana Petrovich en la oficina del cuarto piso. Olvidaba plenamente todo, ese tiempo no existía para él. Su conciencia se apagaba cuando había encendido la computadora, y media hora después se activaba nuevamente, de manera que ese tiempo no había existido. Pero mientras duraba, él era simplemente un esclavo movido por los hilos invisibles del poderoso magnetismo personal de aquella mujer. Cuando depertaba, sentado en su escritorio, doña Luana era para él su excéntrica jefa y nada más. Sin embargo, cada vez que la miraba, sentía que le faltaba algo, y que ese algo que le faltaba estaba relacionado con ella. Lo embargaba una extraña sensación de debilidad e indefensión. Cuando ella lo sorprendía mirándola así, soltaba una carcajada, que en ese momento sonaba como la normal y cristalina risa de una mujer feliz.

Es que Luana tenía todas las señales exteriores de una persona dichosa, una creyente evangélica muy dada a predicarle a todo el personal, y una gerente eficiente. Era temida por el personal, a pesar de que ella siempre fue amable con todos, aunque estricta en la exigencia del cumplimiento de las funciones de cada uno. No tenía ningúún comportamiento diferente ni preferencial con Thiago.

Él había notado, desde la primera semana que llegó a la empresa, que ella acostumbraba observarlo desde lo alto de la escalera, sin ninguna expresión en su rostro maquillado, y eso lo impulsaba a tener un comportamiento laboral satisfactorio para la mandamás. Él sólo era un pasante más, que buscaba experiencia y un informe para comenzar a ejercer su profesión en el área administrativa. Al principio, como acontecía con todos los pasantes, hacía todo el trabajo duro, y devengaba la más irrisoria suma que le podían pagar, pero rápidamente fue pasado para asistir a doña Cida. Un buen día, la secretaria de la mandamás fue despedida, y Thiago fue llamado a cubrir la vacante.

Desde lo alto de la escalera, Luana Petrovich sonreía de manera apenas perceptible, mientras observaba al apuesto secretario.

Y él trabajaba duro, se esmeraba, para obtener el cargo fijo, con registro en la cartera de trabajo, que le daría inicio a su carrera formal como profesional. A pesar de que conocía muy bien el modo como las mujeres se impresionaban por él y querían llamar su atención, Thiago no recordaba ni una sola mirada, nada en el tono de voz, que justificara siquiera levemente los celos de su novia. Le agradaba, sí, la sonrisa y la mirada de aprobación que su jefa le obsequiaba cuando hacía algo bien, y procuraba halagarla, la admiraba y se sentía bien apenas ella lo miraba, era un bienestar extraño, algo que se apoderaba de él, pero sabía que no estaba enamorado, estaba bien consciente de la falta completa de atractivos en aquella mujer de mediana edad. Por momentos, una especie de Deja Vú lo confundía, pero se repetía que no tenía ningún sentimiento por ella. Era su primera jefa.

A menos que fuera porque siempre estaba demasiado cansado u ocupado para invitarla a salir, para atenderla como de costumbre, Nilda no tenía motivos para desconfiar, pero él comprendió que debía hacer algo al respecto.

Subió rápidamente las escaleras hasta el tercer piso y caminó directamente a su escritorio, para adelantar el trabajo extra que había justificado su asistencia en día sábado.

El lugar de trabajo estaba limpio, las carpetas que había apilado la tarde del viernes, con el trabajo que debía entregar el lunes, no estaban. Levantó la mirada hacia la oficina de la jefa, y sintió un vacío doloroso en el plexo solar. Sonrió para sí.

“No tengo motivos para tenerle miedo. Cumplo con todo y no soy irrespetuoso”. Todo bien. Todo va a dar cierto”.

Pero el optimismo no basta cuando no se tienen en la mano todas las cuerdas que mueven la vida, cuando se desconoce el destino propio, porque éste es tejido por inteligencias ajenas.

La puerta de la oficina de arriba se abrió, y un murmullo de música evangélica invadió esa parte de la gran sala de trabajo, dividida en cubículos, de los cuales el suyo estaba exactamente al pie de la escalera.

De pronto, Thiago se levantó de la silla en que trabajaba, y en posición de firmes caminó como un soldado para subir de nuevo los diez escalones. Era su cuerpo, pero el rapaz ya no estaba allí.

En silencio subió los diez escalones, empujó la puerta y entró. Allí lo esperaba Luana. Vestía una túnica larga, hasta los pies, con aberturas en los laterales, negra, con bordados florales de colores brillantes en la parte del ruedo, y mangas raglan bien cómodas. Estaba profusamente maquillada como de costumbre, y un collar de cuentas de vidrio rojo, bien trabajado, se deslizaba desde su nuca, hasta la cintura. Lo miró en silencio desde lo alto de sus zapatos de plataforma, que la hacían parecer casi de la estatura de su secretario. Esta vez no sonrió, el labial de color rojo cereza daba a la boca casi sin labios de la mujer, que estaba atravesada en la parte inferior de la cara, el aspecto de una herida reciente. Los ojos de Luana cambiaron de color y de forma, emitieron un brillo inusual y, en silencio, se sentó encima de su escritorio.

Thiago se acercó, como siempre, como un autómata, listo para proporcionar a su ama cualquier satisfacción que ella quisiera, pero ella tendió ambas manos frente a él para detenerlo. Las uñas curvas, pintadas en el mismo color del labial, destacaban en la piel, que tenía un leve matiz verdoso.

_Hoy quiero otra cosa. Algo mejor.

Una suave carcajada gutural salió de su garganta sin que sus labios se movieran ni cambiara la expresión de su cara. Cruzó los brazos cargados de pulseras sobre el pecho, suspiró, y dijo:

_Estás como para comerte vivo. Y me he conformado con darte pellizquitos. Mas no voy a comerte en el sentido en que ustedes los hombres gustan de ser comidos. Será a mi manera. Es más suculento.

Frente a ella, humilde, estaba Thiago, mirando como alucinado el collar de vidrios rojos, sin un pensamiento propio, sin miedo, sin alegría.

_Sí, sé que pondrías el pescuezo para que te lo retuerza, y serías feliz con eso, pero tus emociones rendidas no me bastan. Quiero condimentarte a mi manera.

Thiago no entendía.

_Quiero que despiertes, Thiago Abreu! Quiero que veas lo que soy. Te necesito bien asustado, quiero que mueras de miedo!

Luana Petrovich agitó ambas manos frente a la cara de su secretario, y Thiago abrió los ojos, completamente despierto.