Los recuerdos tienen peso propio
Era el día de irse de alta. Nilda se despertó completamente lúcida, y mientras se vestía para salir del hospital, los recuerdos acudieron a su mente en tropel, como si cada uno temiera ser dejado fuera por los demás. Eran abrumadores, y su contenido la dejó emocionalmente exausta. Mas debía vestirse, debía irse. Los médicos le explicaron que, si la dejaban hospitalizada, debido a que su recuperación apenas comenzaba, sus defensas estaban comprometidas y podrían no soportar la arremetida de un virus cuyas características eran, a la misma vez, comunes (se trataba de una variedad del virus de la influenza) y extraordinarios, debido a su acelerada capacidad de mutación, lo cual haría casi imposible producir una vacuna en tiempo corto. Pese a no ser mortal en sí, en condiciones normales, ese patógeno se cebaba con quienes estaban débiles, sobre todo los ancianos, y aquellos que tuvieran una dolencia crónica y/o condiciones previas que impliquen debilidad inmunológica.
Y en ese grupo de riesgo encajaba perfectamente Nilda. Así que, si bien fue indispensable que fuera atendida de emergencia y sometida a operación y terapia intensiva para salvar su vida, para conservar lo que se había conseguido era ahora indispensable que se fuera del hospital, para protegerse de la amenaza apocalíptica que, para ella, existía solamente en los noticieros, y tal vez en el otro lado del mundo.
Sin embargo, para los epidemiólogos, estudiosos y otros personajes muy bien informados, era cuestión de tiempo que la amenaza viral se extendiera por todo el planeta, debido a la posición preeminente que tiene China en la economía del planeta, y a que sus ciudadanos se han distribuido, durante el último siglo, por todo el mundo habitable. Y están permanentemente intercomunicados, viajando a la tierra de sus ancestros, cada vez que pueden. No fue difícil, para la “mídia”, inferir que con estos asiáticos viajaba también un virus mortal.
Para Nilda, todas las explicaciones que aparecían en las noticias eran un asunto de ciencia ficción, una predicción apocalíptica más, de las cuales estaba llena la frágil memoria de la humanidad. Una fuente de miedo. Un cuento.
Pero se encontraba débil de salud, ya había sido clasificada como grupo de alto riesgo, y en el hospital no era ella la que mandaba. Debía obedecer y resguardarse en su casa, bueno, en la de su tía, sin salir, hasta que el peligro terminara. Y por eso, cargando con el pesado proceso del despertar de su memoria, salió del hospital y se encontró, debajo del arco de entrada, con un taxi que la esperaba. Su tía, con cara de preocupación, estaba parada al lado del vehículo, y se adelantó a ayudarla a entrar. No traía pertenencias, sólo traía, puesta, la ropa que su tía le llevó el día anterior. Lo que llevaba cuando fue rescatada no era utilizable, y había terminado junto con la demás basura hospitalaria, para ser incinerada. Su cartera con todas sus pertenencias, incluidos los documentos de identificación, no habían sido encontrados cuando su cuerpo fue recogido, casi agonizante, del suelo contaminado de bajo la pasarela de las novias.
Apenas estuvo sentada en el taxi, cerró los ojos, respiró profundo, y los recuerdos, reprimidos parcialmente hasta el momento, comenzaron a deslizarse en su memoria, arrolladores y destructivos como un incendio forestal.
Era sábado, y había recibido una llamada de la gerente general, de su propia voz, que la convocaba para asistir a trabajar, a las siete y media de la mañana, como si fuera un día laborable normal. Inquieta por la llamada de atención del día anterior, esperaba encontrarse con un regaño descomunal por estar fuera de su lugar de trabajo, por entretener al personal de oficina, o por cualquier cosa que se le ocurriera a la hombro ancho. Ella era la jefa. Nilda estaba en sus manos.
Así que a las siete y media de la mañana se encontraba cruzando la rúa Graça, y miró al portón de entrada. Momentos antes, la puerta principal de vidrio se había cerrado a las espaldas de Thiago, quien, puntual como siempre, se presentaba bajo la convocatoria de la misma jefa. Pero había entrado ya y Nilda no consiguió verlo.
Subió las escaleras, y sintió miedo. Se sabía buena costurera, sabía todo acerca de su profesión, así que no se justificaban ese escalofrío ni ese nudo en la garganta, ese miedo paralizante. Seguramente que la referencia de Seda Pura, con el tiempo que había trabajado y los ascensos y aumento de salario que había recibido, todos escrupulosamente escritos en su cartera de trabajo, auguraban para ella un nuevo comienzo en cualquier otra parte, pues se encontraba en São Paulo, la capital brasilera de la moda, y una de las ciudades que, en el mundo, se destacaban en ese ramo de la economía.
Sin embargo, esos recordatorios no disminuyeron el frío mortal que sacudía sus huesos.
“¿Qué está aconteciendo? Seguro es ese clima loco de São Paulo: un día calor de verano y otro, frío de invierno”.
Subió las escaleras, pasando frente a la puerta que era su entrada habitual al piso 2, pero continuó subiendo. Empujó suavemente la puerta del piso 3, y ésta cedió. Todo estaba en silencio, sólo se oía un murmullo de música evangélica en el piso 4, donde las luces de la oficina de la mandamás estaban encendidas.
Atravesó el laberinto de cubículos acristalados y se dirigió directamente a las escaleras.
“El mal trago hay que pasarlo rápido”.
Se detuvo tras subir el primer peldaño.
“¿De verdad tengo que ir, con todos estos malos presentimientos?”
Dándose ya por despedida, y sacando cuentas de cuánto le tocaría por la previdencia social, respiró profundamente y, apretando el abdomen, expulsó todo el aire y se llenó de aliento nuevo, antes de subir decididamente el resto de los diez peldaños que la separaban de la puerta.
Se detuvo un momento antes de empujar la puerta entreabierta, y sacudió la cabeza para espantar las ideas que se le venían
“No soy celosa. No puedo tener celos de una vieja horrible, pero si me deja, por ella o por otra, nadie va a verme llorar”.
Un puño tibio apretó su corazón y un suspiro brotó de lo hondo, con la certeza de que Thiago estaba ahí dentro, y esa sería la última vez que lo vería.
“Fue lindo tener un novio lindo”.
Volvió a respirar profundo y empujó la puerta.
Lo que vio al entrar le heló la sangre.
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