SEDA PURA 7

  Los monstruos no se enamoran


Los sábados no trabajaba el personal de oficinas de la empresa Seda Pura, pero en esta oportunidad, Thiago fue convocado para asistir a la hora de costumbre. El personal del segundo piso entraba a las ocho horas, pero como él sabía que su jefa era un poco excéntrica, no se preocupó por la convocatoria tan temprano. Total, ella sabría qué debía hacer él. Por su parte, le gustaba ser eficiente.

A las siete y veinticinco minutos ya estaba frente al edificio amarillo de la rúa Graça, sede de Seda Pura. Apenas estaba cruzando el estacionamiento, un escalofrío recorrió su cuerpo y un nudo doloroso se le formó en la garganta. Miró alrededor. Notó que no había ningún carro, ni siquiera el de doña Luana, y todo tenía el aspecto de que no había actividades. Se encogió de hombros, seguramente era por ser un poco temprano, y día sábado. Un viento frío lo envolvió nuevamente, sin revolverle los negros cabellos.

“¿Será que se va a adelantar el invierno?”

Respiró profundo y se prometió comprar unas pastillas masticables para prevenir esa afección en la garganta, tal vez alérgica, que amenazaba con enfermarlo.

Thiago no recordaba nada de lo que ocurría en la media hora en que solía quedar encerrado con Luana Petrovich en la oficina del cuarto piso. Olvidaba plenamente todo, ese tiempo no existía para él. Su conciencia se apagaba cuando había encendido la computadora, y media hora después se activaba nuevamente, de manera que ese tiempo no había existido. Pero mientras duraba, él era simplemente un esclavo movido por los hilos invisibles del poderoso magnetismo personal de aquella mujer. Cuando depertaba, sentado en su escritorio, doña Luana era para él su excéntrica jefa y nada más. Sin embargo, cada vez que la miraba, sentía que le faltaba algo, y que ese algo que le faltaba estaba relacionado con ella. Lo embargaba una extraña sensación de debilidad e indefensión. Cuando ella lo sorprendía mirándola así, soltaba una carcajada, que en ese momento sonaba como la normal y cristalina risa de una mujer feliz.

Es que Luana tenía todas las señales exteriores de una persona dichosa, una creyente evangélica muy dada a predicarle a todo el personal, y una gerente eficiente. Era temida por el personal, a pesar de que ella siempre fue amable con todos, aunque estricta en la exigencia del cumplimiento de las funciones de cada uno. No tenía ningúún comportamiento diferente ni preferencial con Thiago.

Él había notado, desde la primera semana que llegó a la empresa, que ella acostumbraba observarlo desde lo alto de la escalera, sin ninguna expresión en su rostro maquillado, y eso lo impulsaba a tener un comportamiento laboral satisfactorio para la mandamás. Él sólo era un pasante más, que buscaba experiencia y un informe para comenzar a ejercer su profesión en el área administrativa. Al principio, como acontecía con todos los pasantes, hacía todo el trabajo duro, y devengaba la más irrisoria suma que le podían pagar, pero rápidamente fue pasado para asistir a doña Cida. Un buen día, la secretaria de la mandamás fue despedida, y Thiago fue llamado a cubrir la vacante.

Desde lo alto de la escalera, Luana Petrovich sonreía de manera apenas perceptible, mientras observaba al apuesto secretario.

Y él trabajaba duro, se esmeraba, para obtener el cargo fijo, con registro en la cartera de trabajo, que le daría inicio a su carrera formal como profesional. A pesar de que conocía muy bien el modo como las mujeres se impresionaban por él y querían llamar su atención, Thiago no recordaba ni una sola mirada, nada en el tono de voz, que justificara siquiera levemente los celos de su novia. Le agradaba, sí, la sonrisa y la mirada de aprobación que su jefa le obsequiaba cuando hacía algo bien, y procuraba halagarla, la admiraba y se sentía bien apenas ella lo miraba, era un bienestar extraño, algo que se apoderaba de él, pero sabía que no estaba enamorado, estaba bien consciente de la falta completa de atractivos en aquella mujer de mediana edad. Por momentos, una especie de Deja Vú lo confundía, pero se repetía que no tenía ningún sentimiento por ella. Era su primera jefa.

A menos que fuera porque siempre estaba demasiado cansado u ocupado para invitarla a salir, para atenderla como de costumbre, Nilda no tenía motivos para desconfiar, pero él comprendió que debía hacer algo al respecto.

Subió rápidamente las escaleras hasta el tercer piso y caminó directamente a su escritorio, para adelantar el trabajo extra que había justificado su asistencia en día sábado.

El lugar de trabajo estaba limpio, las carpetas que había apilado la tarde del viernes, con el trabajo que debía entregar el lunes, no estaban. Levantó la mirada hacia la oficina de la jefa, y sintió un vacío doloroso en el plexo solar. Sonrió para sí.

“No tengo motivos para tenerle miedo. Cumplo con todo y no soy irrespetuoso”. Todo bien. Todo va a dar cierto”.

Pero el optimismo no basta cuando no se tienen en la mano todas las cuerdas que mueven la vida, cuando se desconoce el destino propio, porque éste es tejido por inteligencias ajenas.

La puerta de la oficina de arriba se abrió, y un murmullo de música evangélica invadió esa parte de la gran sala de trabajo, dividida en cubículos, de los cuales el suyo estaba exactamente al pie de la escalera.

De pronto, Thiago se levantó de la silla en que trabajaba, y en posición de firmes caminó como un soldado para subir de nuevo los diez escalones. Era su cuerpo, pero el rapaz ya no estaba allí.

En silencio subió los diez escalones, empujó la puerta y entró. Allí lo esperaba Luana. Vestía una túnica larga, hasta los pies, con aberturas en los laterales, negra, con bordados florales de colores brillantes en la parte del ruedo, y mangas raglan bien cómodas. Estaba profusamente maquillada como de costumbre, y un collar de cuentas de vidrio rojo, bien trabajado, se deslizaba desde su nuca, hasta la cintura. Lo miró en silencio desde lo alto de sus zapatos de plataforma, que la hacían parecer casi de la estatura de su secretario. Esta vez no sonrió, el labial de color rojo cereza daba a la boca casi sin labios de la mujer, que estaba atravesada en la parte inferior de la cara, el aspecto de una herida reciente. Los ojos de Luana cambiaron de color y de forma, emitieron un brillo inusual y, en silencio, se sentó encima de su escritorio.

Thiago se acercó, como siempre, como un autómata, listo para proporcionar a su ama cualquier satisfacción que ella quisiera, pero ella tendió ambas manos frente a él para detenerlo. Las uñas curvas, pintadas en el mismo color del labial, destacaban en la piel, que tenía un leve matiz verdoso.

_Hoy quiero otra cosa. Algo mejor.

Una suave carcajada gutural salió de su garganta sin que sus labios se movieran ni cambiara la expresión de su cara. Cruzó los brazos cargados de pulseras sobre el pecho, suspiró, y dijo:

_Estás como para comerte vivo. Y me he conformado con darte pellizquitos. Mas no voy a comerte en el sentido en que ustedes los hombres gustan de ser comidos. Será a mi manera. Es más suculento.

Frente a ella, humilde, estaba Thiago, mirando como alucinado el collar de vidrios rojos, sin un pensamiento propio, sin miedo, sin alegría.

_Sí, sé que pondrías el pescuezo para que te lo retuerza, y serías feliz con eso, pero tus emociones rendidas no me bastan. Quiero condimentarte a mi manera.

Thiago no entendía.

_Quiero que despiertes, Thiago Abreu! Quiero que veas lo que soy. Te necesito bien asustado, quiero que mueras de miedo!

Luana Petrovich agitó ambas manos frente a la cara de su secretario, y Thiago abrió los ojos, completamente despierto.

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