Espiar cuesta caro
El viernes, Nilda llegó un poco más temprano que de costumbre, y comenzó a preparar el trabajo del día. A las siete y cuarto se situó junto a la puerta, y esperó que subiera Thiago. Vaciló un par de minutos, y empujó la puerta suavemente. Ésta se abrió, y lo primero que vio, al final de la gran sala, fue a Thiago sentado frente a su computadora, poniendo en orden unas carpetas. De pronto, lo vio erguirse y caminar de una forma extraña. Debió de verla, pero aparentemente no lo hizo, porque giró como si hubiese sido empujado por un viento, y comenzó a subir las escaleras. Uno, dos, once escalones de madera bien sustentados por gruesa vigas de hierro.
Nilda se escondió acurrucada detrás de un escritorio, y desde allí observó lo que hacía su novio. Vio la puerta abrirse y, detrás de ella, escuchó el sonido metálico del seguro de la puerta, cerrarse automáticamente. Volvió a mirar hacia arriba, al cuarto piso, y vio a Thiago entrar. Percibió la apagada melodía de una canción evangélica y la risa de una mujer, en un tono siniestro, que le dio escalofríos.
“¿Seguro que eso fue una risa?”
No podía salir, así que se quedó allí por media hora. Apagadamente le llegaban rumores del cuarto piso, parecía como una pelea de perros, algo raro, no humano.
Pasado un rato, vio a Thiago regresar a su escritorio, con el mismo tieso estilo de caminar, y sentarse. Enseguida oyó el seguro de la puerta que se destrababa, y corrió a esconderse tras otro escritorio. Momentos después, los pasos calmados de doña Cida se acercaron por las escaleras, y la puerta cedió al leve empuje de la mano de la asistente administrativa. Traía una bandeja de cartón con tres cafés.
“Para ella, Thiago y la hombro ancho”.
En el momento en que Cida le entregaba el café a Thiago, Nilda salió de su escondite, movió la puerta, para que pareciera que acababa de entrar, y se acercó resueltamente al escritorio de su novio. Todo el mundo conocía su relación, de modo que no creía necesario esconder nada.
Thiago levantó la mirada del café, miró a Cida, que colocaba un café en su escritorio y comenzaba a subir las escaleras, y le sonrió a Nilda.
_De quien estábamos hablando.
Se levantó y le dio un beso rápido en la mejilla, mirándola a los ojos con amistad. Al acercarse, Nilda notó un olor extraño como a hormigas trituradas y alguna planta que alguna vez había olido, cuyo nombre no recordaba
“¿ajos podridos?”
En el cuello, entrando ya en la impecable camisa azul claro, Thiago tenía un rasguño del cual casi brotaba sangre.
_¿Qué es eso que tienes en el cuello?
Él se tocó el lugar indicado.
_¿Tengo un rasguño? Últimamente me aparecen rasguños por todo el cuerpo. Mi hermano me dijo que me cuidara del gato de la vecina.
Nilda se quedó mirándolo en silencio.
“Cuánto descaro”.
_Creía que habías peleado con tu jefa.
_¿Con Doña Luana? Ni se me ocurre. Es muy estricta, pero ni en chiste llegaría a la violencia. Sabes que es casi pastora evangélica.
_Ah, ¿Y cómo está ella hoy?
_No sé, todavía no he subido, tengo que organizar las cosas que debo presentarle, ella es muy delicada con los detalles. Y estoy atrasado, el tiempo se va volando en la mañana, apenas entro, ya llega doña Cida y yo estoy siempre atrasado con el trabajo.
Nilda lo miró a los ojos. Por la expresión de su cara, parecía que Thiago creía en lo que estaba diciendo.
_¿Así que no recuerdas haber subido a la oficina de la hombro… de doña Luana hoy?
Él la miró extrañado.
_No estarás celosa de una señora mayor como ella, ¿verdad?
La voz de Thiago le sonó cansada, como que el joven acabara de despertar de anestesia o algo así, y hacía un esfuerzo para hablar.
_¿Te sientes cansado?
_Si. Me pasa a veces en la semana. Y es raro, porque dormí bien anoche. ¿No te dicen nada si te quedas aquí? digo, tu jefe de departamento.
Ella captó la indirecta y se despidió.
Mientras bajaba las escaleras para el segundo piso, su perplejidad iba en aumento. Thiago no recordaba nada de lo que hizo en la oficina de su jefa, o era un embustero experto. Antes no había intentado engañarla, pero algo de bueno para él debía tener la hombro ancho que lo dejaba cansado, y con ganas de estar solo.
“Sin mi”.
Y ese olor desagradable. No era un olor a sexo, ni siquiera un olor a mujer, ni a perfume. Era un olor animal, de un animal desconocido.
Cuando Nida salió del salón del tercer piso, desde lo alto de la escalera, Luana Petrovich la observaba en silencio.
Cuando volvió a su puesto de trabajo, su jefe la estaba esperando, visiblemente contrariado.
_Tengo más de media hora aquí, esperándote. Un cliente necesita esta pieza de urgencia, para medio día debe estar pronta para entregar. Y acabo de recibir una llamada de la gerente, de que estás allá, distrayendo a su secretario, que tiene su trabajo que hacer. No eres nueva aquí, sabes cómo funcionan las cosas en esta empresa. No tengo que estar recibiendo regaños de la Gerente por ti. La siguiente vez, te suspendo. Si no es que te despide doña Luana. Estaba muy disgustada.
El sermón se extendió por unos minutos más, tiempo suficiente para que la depresión que ella estaba experimentando, aumentara.
Lentamente, caminó hasta su puesto de trabajo frente a la gran mesa de corte, recuperó el gabarito y se puso a trabajar.
Nenhum comentário:
Postar um comentário