SEDA PURA. Capítulo 5

  La pasarela de las novias

La pasarela de las novias pasa por encima de la avenida Tiradentes, y va desde la salida de la estación Luz, que abre exactamente en un edificio dedicado a una importadora china de vestidos de novia, que sin embargo tiene un nombre no asiático: Center Noivas. En todos los alrededores, a la derecha, hay tiendas dedicadas al matrimonio, un ritual muy respetado en Brasil, que da trabajo a multitud de personas, y proporciona una felicidad ya programada en las mujeres desde niñas, cuando se les siembra la meta de vestir un deslumbrante vestido, rodeada de un grupo de fantasía, que incluye damas de honor, familiares cercanos y amigas. Igual que en todo el mundo. No es que esta pasarela sea muy concurrida, la mayoría de los clientes de las tiendas especializadas viene de carro.

De pie sobre la pasarela de las novias, en su parte más alta, Nilda contemplaba la magnificencia del centro de São Paulo, con las enormes construcciones, que hablan de jerarcas y magnates que desearon una ciudad grande y hermosa, trabajaron para ello y obtuvieron resultados. La avenida Tiradentes es anchísima y siempre está repleta de carros de modelos recientes, que circulan en ambas direcciones. Grandes edificios a ambos lados, antiguos unos, otros más modernos, ostentan hermosos detalles arquitectónicos que, si descritos, parecieran ser de cualquier gran ciudad del mundo, pero, en São Paulo, muestran la personalidad propia de la gran ciudad brasilera: Los colores pastel, en tonos pocas veces usados en otras ciudades, la belleza de cada edificio, como si fuera el producto de un concurso, en el cual distintos arquitectos quisieran mostrar sus mejores creaciones. Es difícil concebir que una selva de hormigón pudiera tener tal armonía, dentro de la diversidad de sus componentes. ¿Fue planificado? ¿Fue el resultado “casual” del trabajo de las generaciones? Discernir y especificar eso es una labor que corresponde a los especialistas en historia y arquitectura, de los investigadores que se sumergen en el fascinante mundo del desenvolvimiento de los hechos en el tiempo y lo correlacionan con los momentos sociales y culturales.

Pero Nilda no pensaba en eso. Estaba confundida todavía por las cosas que había descubierto, y por la decepción en relación a su novio. Muy en el fondo, una remota esperanza de que algo extraordinario estaba ocurriendo y de que Thiago no lo sabía, se peleaba con la idea que le entraba con el aire que respiraba:

“No debo hacerme ilusiones, los hechos son evidentes.”

Una vaharada de brisa fétida, procedente del suelo sin pavimento de bajo la pasarela, la hizo olvidar por un momento sus sombríos pensamientos. A pesar de que estaba en el corazón de una de las ciudades más grandes de este lado del mundo, plena de leyendas y realidades y sobre todo, plena de potencialidades felices, el asqueroso soplo le sugirió otra realidad física inexplicable. Esta fetidez era una de las brechas ruines de la realidad, parte del lado oscuro de São Paulo.

¿Qué misteriosos jerarcas y líderes, ocultos en un oscuro poder tras el poder, permiten que una ciudad tan peculiarmente encantadora, esté embarrada de caca, precisamente en el centro del centro? Esa pregunta quedará sin respuesta creíble, por lo menos mientras viva la presente generación.

Nilda había estado oteando el paisaje. Amaba São Paulo: los edificios muy altos y en colores verde claro, lila pastel, el degradé de grises, las distintas formas, las diferentes orientaciones que le daban personalidad al centro de la ciudad.

Contuvo la respiración después de estornudar y miró hacia abajo. Bien cerca de la pasarela había un pequeño restaurante. Lentamente descendió las escaleras y se encaminó por la avenida Tiradentes, rumbo al este, buscando la calle São Caetano, bien conocida como la rúa das noivas, debido a la multitud de tiendas que, una al lado de la otra, se especializan en vender vestidos de novia, de damas de honor, y algunas, mostraban ternos para los novios.

Al descender de la pasarela para encaminarse a la calzada de la enorme avenida, Nilda miró, incrédula, el concurrido restaurante, pequeño, pero cuyos deliciosos aromas se entremezclaban con los que procedían de abajo de la pasarela.

“Hasta podría patentarse este olor con el nombre de este punto exacto de la ciudad. ¿Cómo pueden comer en medio del hedor a mierda?”

Había salido del trabajo, y automáticamente se había dirigido a la rúa das noivas, caminando hacia el este por la rúa da Graça. Había pasado por el lado de la Praça da Luz. No le gustaba entrar en el parque, para no soportar la mirada de cazador de algunos viejos y moradores de rúa que iban a buscar a las prostitutas más económicas de la ciudad: Tristes y desnutridas mujeres, hombres vestidos de mujer, personas que con sus miradas decían que habían perdido toda esperanza en la vida, si es que algún día la tuvieron, que, con miradas humildes y temerosas, ofrecían en silencio su antigua mercadería en los senderos de la plaza, sentadas en los escasos y sucios bancos, y cruzando la amplia avenida, algunas, y otras, paradas calladamente en los rincones y las pasarelas internas de la estación Luz.

Las pocas veces que Nilda había atravesado la plaza de la Luz, ninguno de estos personajes la había incomodado. Era evidente que los clientes habituales del absurdo mercado de las emociones tristes, sabían que aquella hermosa mujer, bien vestida y erguida, no estaba a su alcance.

Nilda había pensado, algunas veces, en la posibilidad de comprar un vestido de novia en la rúa São Caetano, uno básico, que después, junto con su tía, decorarían hasta personalizarlo, dándole valor y belleza. Había caminado por allí, observando vidrieras e imaginando el smocking que podría lucir Thiago en el día tan esperado en que ella se vestiría de blanco y mostraría a todo el mundo que ambos formarían una familia y lucharían juntos para que todo diera cierto.

Pero eran otros días. Un hondo suspiro salió de su pecho, al recordar el olvido del último mes, y el hecho de que había descubierto que su novio se había encerrado solo con su jefa en el piso tres. Probablemente no era la primera vez. Luana Petrowski era casada, era evangélica, se la pasaba predicando la pureza, la sinceridad, la responsabilidad. Y sobre todo: Era fea. Su cuerpo era como una panela de jabón, cuadrado, con las piernas flacas como salchichas, y sólo las ropas lujosas y la multitud de joyas falsas amenizaban un poco su apariencia. Tenía los ojos demasiado pequeños y casi redondos, que el maquillaje apenas conseguía disimular un poco. Y su voz parecía el chirrido de la máquina cortadora. Nilda estaba segura que aquellos cabellos plateados y ligeramente ensortijados, eran una peluca.

“Si por lo menos me hubiera traicionado con una mujer más bonita que yo”.

Esa tarde no miró los vestidos, aunque su cara se dirigía a las vidrieras. Iba ensimismada, despidiéndose de su relación de dos años con Thiago, de sus sueños de formar con él, algún día, una familia. No concordaba con las personas que decían que había que “luchar” por conservar el amor. Eran boberías.

“El que quiere estar quiere estar, y el que no, no puede obligarse”



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