La mueca de la muerte no es sonrisa
Thiago estaba de pie, erguido, como se paran los soldados que están firmes ante un oficial de rango superior. Frente a él, una criatura de pesadilla se encontraba mirándolo fijamente a los ojos, mientras de la línea roja horizontal que era su boca, salía una lengua bífida, tan larga, que casi tocaba la cara del rapaz. Él estaba lívido, con las manos adelantadas, pretendiendo separarse del humanoide, pero, evidentemente, paralizado por el terror.
La criatura se volvió en el momento en que Nilda abrió la puerta, y un extraño sonido, a medio camino entre el siseo de una serpiente y una carcajada, fluyó de la boca de la humanoide. Al reír, apareció una doble hilera de dientes afilados, que recordaba las imágenes de los tiranosauros de película, haciendo aún más terrorífico su aspecto.
Miró a Nilda, y ésta sintió de nuevo el frío que, como un siniestro anticipo, la había acompañado desde que cruzara la calle Graça para enfilarse al estacionamiento de Seda Pura.
Los ojos de la criatura se fijaron en ella por unos instantes, y la garota sintió que el frío le entraba hasta lo más profundo de la médula de los huesos. Esos ojos eran pequeños, casi redondos, bolas de un blanco amarillento, que parecían hendirse verticalmente para ser cruzadas por una oscura línea vertical. Alrededor de los ojos no había pestañas, sino que los rodeaba una línea de escamas simétricas, que le recordaron las fotografías de las serpientes venenosas, que había visto en revistas y en Internet.
Luana Repitió la siniestra carcajada, y siguió mirando a Thiago, que estaba ya a punto de desmayarse, pero continuaba de pie, como colgado de algún hilo invisible que lo sostuviera desde el techo, sin voluntad, hecho un manojo de miedo.
_¿Crees que ese es todo el miedo que puedes sentir?
La hombro ancho miró a Nilda.
_Acércate.
Nilda sintió como un tirón en el plexo solar, como si la mitad de la vida se le escapara por ahí, y experimentó un fuerte impulso de obedecer a aquella criatura, pasara lo que pasara.
Entonces comprendió.
Entendió por qué Thiago subía con esa extraña rigidez las escaleras, y no recordaba nada después. Se dio cuenta que se trataba de una especie de demonio. En un solo instante recordó las leyendas de reptilianos que estarían viviendo junto con los humanos, a quienes tomaban como alimento después de sugestionarlos con su poderoso magnetismo, del mismo modo que las serpientes paralizan a las víctimas para después devorarlas.
Un penetrante olor animal impregnaba todo el ambiente de la oficina, y lo reconoció como el mismo olor que percibiera cuando se acercó a su novio el día anterior. Los detalles de hechos que antes habían sido desapercibidos, se alinearon frente a ella como en un resumen cinematográfico, y una profunda compasión sustituyó la sospecha que había tenido con respecto a la extraña conducta de Thiago. El extraño olor le daba mareos, y estuvo a punto de caer. Pero no se movió del sitio. Una fuerza tan poderosa como el magnetismo animal de la criatura, no permitió que diera un paso. En su corazón brotó un aire tibio, y una fila de recuerdos tiernos de enamorados se desplegó esta vez frente a ella. Vio a Thiago tal como era: Un hombre ingenuo, de los que todavía creen en el amor verdadero; tal vez no tan cariñoso como ella quisiera, pero sí un ejemplar masculino, no sólo apuesto, sino también transparente y dulce por dentro.
“Es increíble como un peligro mortal nos abre los ojos”.
Tuvo fuerzas para respirar, y dio un paso atrás.
Un chispazo de odio brotó de los ojos reptilianos de la humanoide, ahora con los hombros más anchos que nunca, y más alta, superando la estatura de Thiago. A un lado estaban los zapatos de plataforma, que no podían contener las fuertes patas de tres dedos que se asentaban fuertemente en la alfombra que cubría la oficina de la alta ejecutiva. Toda la piel era de un verde amarillento, arcilloso, y en lo alto de la cabeza, proporcionalmente pequeña, la peluca de cabello platinado, bajo el brillo de la luz eléctrica, lanzaba destellos como puñaladas. Por debajo de la larga túnica negra, que ya no cubría las deformes piernas de la humanoide, descendía hasta la alfombra una cola de reptil, verdosa, con agudas puntas que la convertían en una peligrosa arma contra cualquier ser humano.
“Sí era peluca. Lo sabía”.
El pensamiento era extemporáneo, pero en ese momento no estaba razonando. La criatura se volvió hacia el rapaz y después de emitir otra de sus risas siseantes, le habló:
_Mira, Thiago, voy a matarla frente a ti, y después te devoraré.
Thiago pareció despertar del sopor de miedo que lo envolvía, y miró a Nilda. El dolor de aquella mirada no se apartaría jamás de los recuerdos de la joven.
El reptiloide saltó repentinamente y arrastró a Nilda hacia el interior de la oficina, la puerta se cerró tras ella, y la garota cayó al piso alfombrado. De un manotazo, la hombro ancho le rasgó la ropa. La costosa falda de lino, confeccionada por ella misma, cayó a un lado hecha jirones, y cuatro heridas horizontales aparecieron en el abdomen de la muchacha.
La criatura la miró, y después a Thiago.
_Ella no me tiene suficiente miedo. Quedará para después.
Se abalanzó sobre el joven, y hundió sus fauces en el abdomen juvenil. Un crujido de cuero y tela se destacó sobre el silencio de la habitación. Nilda estaba inconsciente en el piso.
El humanoide escupió los pedazos de ropa y cinturón, y se dedicó a sorber la sangre que brotaba como un manantial del vientre de Thiago.
De la boca entreabierta del pasante, cn el último estertor de la muerte, casi apagado por los ruidos feroces de la depredadora que se alimentaba con sus vísceras, brotó su última palabra.
_Nilda.
Mientras la criatura devoraba a su novio, la garota recuperó la conciencia y vio la escena, suspiró y un agudo dolor se extendió en todo su cuerpo. No sabía si estaba experimentando su propio dolor, o si el dolor de la muerte de él se estaba sumando al propio sufrimiento. Supo que sería lo último que compartirían. Atrás quedaban los sueños juntos, los momentos dulces y tranquilos, la seguridad de estar con un ser que le era realmente querido.
Cerró los ojos y de desmayó de nuevo.
Cuando Luana se incorporó, satisfecha de vísceras y sangre, y se volvió hacia donde había dejado tendida a Nilda, no la vio. Salió, arrastrando la cola. No podía estar lejos. La puerta del tercer piso seguía cerrada, y un soplo de brisa del exterior parecía haberse filtrado por alguna parte.
Frustrada y sorprendida, un rugido descomunal salió de la garganta inhumana y se esparció por todo el cuarto y el tercer piso.
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