PETROGLIFOS
Mi hijo puede ver lo que otros no ven. Escudriña y se mete en los sitios más inesperados, sobre todo donde el sentido común indica que es mejor no meterse. Fue gracias a esa característica que una tarde de Diciembre, a eso de las tres, cuando paseábamos por el parque Cachamay, en Puerto Ordaz, encontró lo que encontró.
Como sabe quien conozca Guayana, a esa hora la temperatura no baja de los 40 grados a la sombra. Desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde es mediodía. El cielo es de un azul pálido que brilla sobre una vegetación saludable que acapara el paisaje rodeando la hermosa ciudad y es el más brillante del mundo. Los árboles del parque Cachamay estaban bien cuidados, mostrando todos los tonos del verde, el marrón del suelo pintado de rojizo por el óxido de hierro, el mismo que pinta de gris el agua que baja a borbotones por la cascada, originando un panorama intenso y vaporoso, sobre el cual resplandecen millares de gotas de agua suspendidas sobre el cauce, donde efímeras burbujas se forman y revientan con un murmullo suave en medio del fragor de la corriente del río más vigoroso del país, cuya energía alimenta un sistema de represas capaces de iluminar toda Venezuela.
Entramos al parque, caminamos casi hasta la orilla del río por una vereda bordeada de grama y seguimos hacia la derecha. Casi enseguida mi hijo se apartó de mí en busca de aventuras. Brincando entre las piedras, arriesgando la vida, se acercó a un gran árbol en la orilla del río y se introdujo en una pequeña oquedad en el borde del pequeño barranco suspendido sobre la cascada más grande, a unos diez metros de la superficie siempre móvil del agua.
La oquedad estaba disimulada entre las raíces velludas de un arbusto que tendía sus ramas un poco sobre el agua, otro poco sobre un nido de rocas, otro tanto sobre un suelo engramado buenísimo para sentarse, pero al cual los guardaparques prohibían acercarse por que había riesgo de caer en el río. Apenas hacía unos minutos que estaba fuera de mi vista cuando escuché su grito:
_¡Mamá, mire lo que encontré!
Lo busqué con la vista hasta que el movimiento de su mano izquierda me ayudó a verlo. Estaba casi a ras del suelo, sujetándose con el brazo derecho al tronco del árbol y con las piernas a un manojo de raíces. Comprendí el riesgo que corría y, sin gritarle para no asustarlo, corrí a su encuentro.
Los negros ojos relumbraban de asombro cuando me dijo:
_Métase conmigo, cabemos los dos. Hay algo que tiene que ver.
_Sal de ahí; es peligroso.
_No hasta que vea lo que hay aquí.
Conociendo lo testarudo que es mi hijo supe que algo importante para él había allí y no saldría hasta que yo también lo viera. Así que entré con él en el agujero.
No tenía más de dos metros de profundidad y era fácil entrar porque el entramado de las raíces permitía usarlas como una escalera natural. Una vez colocados los pies en el suelo, miré hacia fuera. Al frente, a través de la cortina vegetal, el río corría con toda la pasión de su alto voltaje, agitando poderosamente la masa líquida. Di media vuelta y me encontré de frente con una roca plana que tenía una serie de inscripciones.
_Ah, Petroglifos –dije.
_Más que petroglifos, mamá. Mire, son letras.
A él le parecían letras. Para mí eran dibujos. Simples dibujos de figuras humanoides. Había uno erguido, uno inclinado, otro en cuatro patas y un tercero parecía arrastrarse hacia un agujero.
_Tal vez sean jeroglíficos. Pero lo obvio es que representan algo como figuras humanas.
_Mamá, no entiende… Son indicaciones; léalas como si fueran comiquitas.
Guardé silencio. Bajo el calor de las tres de la tarde, la fina llovizna que subía del río era un alivio. Respiré profundo y miré de nuevo los petroglifos.
_Visto como una comiquita, parece alguien que se va agachando hasta arrastrarse. La evolución es lo contrario, el ser humano, que andaba en cuatro patas, seguramente fue irguiéndose…
_Mamá –me interrumpió- Déjese de pensar como en los libros, y vea lo que tiene en el frente.
_Veo un muñequito que se agacha, se arrastra y se mete en un agujero.
Mi hijo sonrió.
_Eso es. Esto es la entrada de una cueva o de un túnel.
_Ahora eres tú el que está pensando como en los cuentos.
Señaló con el dedo:
_Mamá, ahí está el hueco.
Era verdad. Allí estaba un hueco más o menos de medio metro de altura y casi un metro de ancho. Él podría caber allí, pero yo no estaba segura de caber.
_Parece la cueva de una fiera.
Mi hijo suspiró.
_Por fin lo ve. Estoy seguro de que hay algo interesante ahí, porque si no, no avisarían la manera de entrar.
Por un momento di la espalda al agujero y miré sin ver la superficie rizada del río mientras pensaba. Era verdad. Mi hijo había descubierto la entrada a algo. Escuché un roce y, cuando di la vuelta, apenas pude ver los zapatos deportivos, sucios de barro, fuera del agujero. Claro que me dio miedo por él. Pero su voz tenía risa cuando me dijo:
_Venga conmigo, hay un pasillo.
Lo seguí. No podía dejar solo a mi hijo, corriendo el riesgo de adentrarse en un lugar desconocido.
Una nubecilla de polvo se levantó entre nosotros, produciéndome un leve acceso de tos. Él me miró con un destello triunfal en sus grandes ojos negros.
_Aquí hay ruinas arqueológicas. ¡Lo sé!
Lo miré un poco escéptica.
_Cualquier cosa es posible.
golpeó la pared con ambas manos, sin temer la presencia de algún alacrán u otro bicho ponzoñoso de los que abundan en las riberas del Caroní. Por fin su mano penetró a través de una cortina de raíces peludas, que sacudió formando un remolinillo de polvo. Esta vez contuve la respiración para prevenir a tos.
_No tenga miedo. Estoy espantando los bichos.
Se asomó y volvió a sacar la cabeza.
_No se ve nada.
Lo imité.
_Verdad, no se ve nada. Entrar no tiene gracia, porque nada vamos a poder saber. Necesitamos una linterna.
Salimos cuidadosamente para evitar ser descubiertos. Si el guardaparque nos viera, seguramente nos impediría entrar nuevamente a la cueva.
Una hora después volvimos con sendas linternas de cazadores que sujetamos a la frente por medio de correas.
Los haces de luz nos mostraron un túnel que se alejaba del río, rumbo al noreste, descendiendo de nivel. Caminamos hasta que nuestros pies chapotearon en agua. Era un riachuelo que se desplazaba a lo largo del pasadizo, perdiéndose entre las grietas en dirección opuesta al camino que seguíamos. No habíamos avanzado más de cincuenta pasos cuando conseguimos una bifurcación, obstruida por un muro derrumbado. El pasadizo se agrandó tomando características de una amplia sala y bajo nuestros pies apareció una gran loza de piedra bien tallada, resquebrajada, cubierta de tierra rojiza, arena y grava. Mi hijo me tomó por un brazo.
_Mire esos letreros.
Los vi. Eran petroglifos.
_Ahí hay una historia. Vamos a leerla.
A partir de esa tarde fuimos muchas veces a la cueva oculta del parque Cachamay. No sé como, pero mi hijo pudo leer los jeroglíficos. No sé si por esa sabiduría innata que tienen los niños; o porque las cosas más importantes y profundas son las más sencillas y sus mentes sin prejuicios pueden descifrarlas, en tanto que los adultos nos confundimos creyendo que es difícil, por el prejuicio materialista de negar lo que no pueden probar en el momento. Por esos prejuicios terminamos perdiendo el camino y convirtiendo la lógica científica en una superchería basada en algo que se desconoce, o se conoce fragmentariamente.
Mi hijo insistió en que escribiéramos lo que allí vimos.
_Si no nos creen, por lo menos pensarán que estamos haciendo una novela. Así es la gente. Cree las mentiras más estúpidas, y las verdades les parecen cuento.
Por un momento se quedó pensativo y golpeó con el pie el polvoriento piso de la gruta, levantando una nubecilla de polvo. Suspirando, concluyó:
_ ¡Quien entiende a los adultos!
A partir de la segunda tarde llevé una grabadora de periodista. De la lectura de los jeroglíficos surgió el siguiente relato:
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“Hace mucho tiempo esto fue un pueblo donde había templos y casas, caminos y jardines; los dioses se dejaban ver y ayudaban o destruían, según como conviniera a sus hijos”
“Los fragmentos de roca, esta plataforma, pertenecen a lo que fue un gran templo, en el que se desarrolló la historia que se cuenta para quien pueda entenderla, no importa cuánto tiempo pase. Estos signos podrán ser descifrados por quien tenga el alma transparente y pura”.
La historia que se contó en los jeroglíficos, incomprensible para mí, el niño la leía con emoción creciente y comienza como sigue:
“Esta historia pasó de boca a oído, de padres a hijos, desde tiempos que se han perdido en la memoria de nuestros antepasados.
Había otro cielo, y otra tierra parecía, siendo la misma”.
Esta es la historia:
(Continúa la próxima semana)
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