(Cuento de terror)
Lo primero que percibió Nilda al despertarse fue la textura del tejido de poliéster y algodón, tenso sobre el colchón, y notó que la superficie bajo la tela era dura, lo cual le extrañó, porque su sábana era de tejido sintético y abajo, siempre le gustaba colocar un protector de colchón guateado, muy suave. Respiró profundo y percibió que estaba cubierta por una sábana del mismo material. Conocía la textura de cada tejido, formaba parte de su desempeño profesional. Luego percibió el rumor de voces masculinas cerca de ella, en las que eventualmente participaba la voz de una mujer.
“Será que dejé el televisor encendido?
Con un suspiro, se despertó el resto de su cuerpo y sintió un dolor generalizado que rápidamente se localizó en la zona de su abdomen, y en las muñecas, donde algo le ardía. Con el dolor intenso, que se acentuaba cuando respiraba, como telón de fondo, continuó escuchando las voces, y tomó conciencia de que no estaba en su casa.
“Dónde estoy?”
Con la mano derecha palpó su abdomen, y se dio cuenta de que tenía gruesos vendajes. La respuesta le vino como un rayo.
“Nossa! Estoy en un hospital! Qué me pasó?”
Hizo un esfuerzo para recordar el accidente, o lo que fuera que había ocurrido, para terminar allí, pero un bloque de olvido había sellado su mente a partir del mediodía, cuando había almorzado sola, por decimoquinta vez, la marmita que llevó de su casa, para economizar su salario, porque su novio últimamente no tenía tiempo para almorzar con ella, y almorzar en restaurantes, en el centro, era demasiado caro para su capacidad adquisitiva.
Suspiró y prestó atención a las voces, tal vez ellas le informaran algo. Una nueva se había integrado, más firme que las anteriores.
_No -había dicho la voz femenina. Todavía no ha despertado.
_Meu deus do céu! Ainda! Espero que no se nos vaya.
_Respondió favorablemente a la operación, suturamos todas las lesiones internas, y le suministramos antídoto por vía endovenosa. Era un veneno muy poderoso, pero se la arrebatamos a la muerte.
Había un cierto orgullo en el tono de voz del médico (tenía que ser un médico) La voz femenina dijo claramente:
_Es un caso extraño. Nunca antes trajeron un paciente así a este hospital.
_Si no hubiera sido por el morador de rúa que hizo su teatro, habría muerto desangrada y envenenada ahí donde estaba.
_Si. Y de septicemia. En ese lugar, pareciera que los limpiadores de la ciudad se habían olvidado limpiar en mucho tiempo.
_Limpian. Es que ahí es donde los moradores de rúa hacen del número dos.
_Y cómo está el hombre que la ayudó a ser encontrada?
_Le dimos de alta. No tuvo fracturas, aunque sí traumatismos en gran parte del cuerpo.
_Fue un valiente.
_Fue.
Nilda había ido comprendiendo. Había sido encontrada, gravemente herida, en un estercolero de la ciudad, después de que un indigente había hecho no sé qué teatro para que le prestaran atención. Respiró profundo y eso hizo que el dolor abdominal fuera mayor, decenas de agujas parecieron clavarse en todo su abdomen, y su quejido llamó la atención de los que conversaban. En ese momento, abrió los ojos.
En efecto, estaba en un limpio y ordenado cuarto de hospital que olía a alcohol, y el pitido de una máquina se incorporó, en su conciencia, a los sonidos. Entonces notó que las conversaciones habían estado desarrollándose en susurros, y sin embargo llegaron a ella nítidamente, probablemente por el hondo silencio reinante en el recinto hospitalario, sólo matizado por alguna voz apagada, proveniente de las salas vecinas. No había luz en el cuarto, sino una muy leve que no sabía de dónde venía.
Poco a poco sus ojos se adaptaron a la semipenumbra y pudo constatar que un sinnúmero de luces brillantes estaban encendidas a unos pocos metros de allí, y ella se encontraba en un pequeño cubículo, formado por cortinas de un tono de la gama de turquesa, que servían de filtro a la luz blanca, creando un ambiente irreal. Movió los ojos y descubrió que, en la única pared de concreto, había empotrados unos aparatos, dos pantallas, varios cables y tubos que descendían como gusanos. Un leve zumbido y un pitido intermitente, que ya había visto en las telenovelas, se incorporaron poco a poco en su conciencia, como telón de fondo para las voces de las personas que conversaban detrás de las cortinas azules.
_Se despertó -dijo la voz de mujer.
Todos callaron de repente, y la cortina se descorrió. Las personas, hasta ese momento invisibles, aparecieron a pocos pasos de ella y se acercaron a la cama. Eran tres hombres y la mujer, todos médicos, a juzgar por sus batas. Dos de los hombres, y la mujer, tenían el pantalón y la camisola que se usaba en los quirófanos, de un azul a juego con las cortinas, y en medio del único bolsillo, a la izquierda del pecho, pudo distinguir la identificación del hospital, pero su vista estaba un poco borrosa. A caballo sobre el cuello los dos hombres, y sobre el hombro, la mujer, llevaban el estetoscopio. Los otros tres médicos vestían la clásica bata blanca.
Detrás de sus miradas, además de la curiosidad profesional, Nilda vio el alivio que les producía el saber que sus esfuerzos no habían sido vanos, y la curiosidad por saber más. El que había llegado de último, con una bata blanca perfectamente planchada, y el estetoscopio sobresaliendo en uno de los bolsillos, con voz firme le preguntó:
_Todo bien?
_Todo -respondió ella automáticamente.
Uno de los doctores dio una risita nerviosa.
_Valiente mujer. Todo bien!
_Qué hospital es este?
_Hospital de Clínicas de Sao Paulo -corearon dos de los hombres.
Todos eran jóvenes, y como en una coreografía, le dirigían la misma mirada cuidadosa y expectante. El de la voz más firme era más bajo, tenía una barba bien cuidada, usaba anteojos y tenía un rostro juvenil con expresión de ternura, que desmentía la firmeza de su voz. Los otros eran altos, como es normal en Brasil. Nilda pensó que eran tan guapos, que parecían haber sido reclutados, no con un concurso profesional, sino en un casting, como en la TV.
“Un colirio”
La doctora tenía el cabello rubio, recogido pulcramente en la nuca con un gancho. Era tan alta como los otros tres médicos, y tan delgada como una modelo de pasarela.
El hospital universitario de Sao Paulo es un semillero de médicos, que hacen en él su residencia, de allí la fresca juventud de los profesionales que la joven vio al despertar.
El más bajo se adelantó para comenzar las preguntas.
_Todo bien? -repitió.
Esta vez, ella guardó silencio. Ya más despierta, estaba muy consciente de que nada estaba bien. Tenía dolorosas heridas en el abdomen, estaba pinchada en su brazo izquierdo y unida, por un fino tubo de plástico, a alguna cosa que no podía ver, por donde fluía un líquido transparente. Y se encontraba en este cuarto de hospital sin tener ni la menor idea de qué le había ocurrido.
“Não. Tudo está errado” -pensó.
El médico tomó una carpeta de la mesita que había en un rincón y comenzó a hacerle preguntas, que ella respondió automáticamente. Fue sólo entonces que supieron su nombre, su CPF, su residencia, para llenar la historia clínica.
Nilda Gonçalves, era costurera en la empresa Seda Pura, que está en El Recreo, y vivía en el mismo barrio. Bastante cerca de donde fue encontrada.
_Qué fue lo que me pasó? No sé. No recuerdo nada. No he llamado a casa, mi tía debe estar preocupada. Yo nunca falto sin avisar. Dormí aquí anoche?
Los médicos se miraron las caras, y la mujer se adelantó hacia ella.
_Tiene derecho a saberlo. Usted estuvo cuatro días en coma, fue encontrada moribunda y sin ningún documento por unos moradores de rúa y traída aquí. Hicimos todo para que usted volviera a la vida. Gracias a dios, lo conseguimos.
Nilda respiró profundo otra vez, con la consiguiente intensificación del dolor en la zona abdominal. En ese momento, dos de los doctores y la doctora dieron media vuelta y se fueron.
_Por qué había tanta gente? Tan grave estoy?
_Es un cambio de guardia.
Los dos médicos que tenían bata blanca intercambiaron miradas y palabras en un tono tan bajo que ella no pudo escuchar, entonces el de la voz cantante hizo un examen general, leyó los instrumentos, y cambió la cura del abdomen, sin permitir que ella viera las heridas.
“Tontos, porque las siento, y cómo”.
Cuando terminó el examen, Nilda notó que el otro médico ya no estaba.
_Y cuál fue el teatro que hizo el morador de rúa? -preguntó más tarde a una enfermera.
_Se le metió enfrente a un carro que pasaba. El motorista frenó a tiempo, y desvió la dirección, mas no pudo evitar batir en él. Cuando fue a socorrerlo, para traerlo al hospital, señaló con el brazo y le dijo: _Ela está morrendo. Corran! Cuando el conductor la vio, llamó a emergencias y a la policía, como corresponde. Y ahora usted despertó. De esta no muere.
_Tiene certeza?
_A menos que esa fiera la vuelva a atacar.
Nilda quedó en silencio, tratando de recordar. Creían que había sido atacada por una fiera.
“Qué fiera?”
Más tarde, cuando no había ningún testigo a la vista, cuidadosamente, Nilda levantó las gasas y adhesivos que cubrían todo el abdomen, desde debajo del busto hasta el pubis. Lo que vio la hizo estremecerse de terror.
Tres heridas horizontales: Una a la altura del diafragma, otra rozando el ombligo y la tercera en la parte más baja, casi en el hueso púbico. La atravesaban completamente, y ella pensó que las vísceras debían haber quedado al descubierto y rotas, lo que explicaba lo de las suturas internas que mencionaron los médicos. Una larga y perfecta sutura cerraba las heridas.
“Casi un zurcido invisible”.
_Qué o quién me hizo esto? -murmuró.
Como una respuesta que había estado sumergida en lo profundo de su subconsciente, vio algo que le hizo pensar que la São Paulo que amaba era quizás más peligrosa que las profundidades de la selva amazónica:
Una cara sin forma humana, con la piel rugosa, ocre, y dos pequeños ojos amarillentos con pupila vertical, apareció fugaz en su memoria. Un sonido gutural, entre la voz y el rugido, le dijo algo que no consiguió entender.
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