SEDA PURA

Capítulo 2


En el centro de la metrópolis


São Paulo es un ramillete de ciudades, cada una con su propia personalidad. Las cinco direcciones: norte, centro, sur, este y oeste, son rumbos que llevan a mundos aparte, tan diferenciados, que a pesar de estar en la misma ciudad, a veces acontece que, mientras en uno llueve, en el otro brilla el sol.

Esta ciudad tiene tres estaciones principales de tren subterráneo, llamado metrô, y superficial, operado por la empresa CPTM, que entrelazan los cuatro puntos cardinales. Estas estaciones centrales son: Brás, Luz y Sé. La estación Sé está en el corazón formal de la urbe. En todas las ciudades que constituyen la capital del estado de Sao Paulo, hay 89 estaciones de tren, pero ninguna tan grande ni tan concurrida como estas tres.

La estación Luz está al lado de un hermoso parque poblado de árboles majestuosos, que permiten respirar oxígeno a los numerosos seres humanos que lo contornean, y a veces, lo atraviesan. Es la Praça da Luz.

La vida dentro de la estación Luz es muy intensa, gente pasa desde todos lados para todos lados, plenando los pasillos como si de torrentosos ríos se tratara. Aquí el movimiento comienza desde mucho antes del amanecer y termina casi a medianoche, varios turnos de eficientes trabajadores de toda clase, que hacen funcionar este espectacular mecanismo. Tal vez, sólo tal vez, algunos de estos laboriosos brasileros saben o sospechan los espeluznantes sucesos que, de cuando en cuando, ocurren en esta estación y sus alrededores.

Cerca de la estación Luz pasa la amplísima avenida Tiradentes, y al lado del Parque da Luz, atravesando esa avenida, queda la sede central de la polícia federal. Dentro de la plaza se encuentran un acuario, una escuela intantil municipal (el EMEI João Teodoro), y destaca la vieja e imponente masa parda de la pinacoteca del estado de Sao Paulo.

Como todos los días, de lunes a viernes, desde hacía seis meses, Thiago Abreu desdendió del tren en la estación Luz, y buscó la salida que lo llevaba casi al frente de la pinacoteca, atravesó la ancha avenida por un amplio rayado y en la acera de enfrente de la estación dobló hacia la izquierda. Como casi siempre, las puertas del parque de la Luz se encontraban cerradas, tal vez se debiera a que eran apenas las siete de la mañana. Respiró profundo para tener aire, porque a la mitad del trayecto hasta la calle siguiente, contenía la respiración. El olor a mierda en diferentes estados de descomposición, la basura, la desidia, que siempre le parecieron intencionales, como si alguien estuviera procurando que los seres humanos se mantengan alejados de la plaza. No hay mejor repelente para las criaturas humanas, que el olor de sus propios excrementos. De tanto en tanto, algunos moradores de rúa se veían tumbados sobre el adoquinado pavimento, perplejos, rendidos, exausta su mente racional, muertos sus sentimientos y emociones, que son las características que los convertirían en verdaderos seres humanos. La suciedad, alguna botella vacía, un reguero de basura, eran sus compañeros, en medio del olor aexcremento que suele rodear la plaza da Luz como si cada día, sin falta, alguien lo hubiera regado meticulosamente.

Thiago se apresuró para cruzar la calle y se detuvo en el lanchonete de la esquina para tomarse un café, pero mudó de opinión y caminó unos pasos más, hasta el cubículo que se abría al lado del café, donde vendían unos jugos naturales que le gustaban. No estaba la muchacha que siempre atendía, sino una mujer de pequeña estatura que podría ser tal vez la abuela de la joven. Obsequiosa, la mujer le sirvió un generoso vaso de jugo de maracuyá, y en el momento de pagar, por un instante, Thiago pudo ver los ojos de la mujer. Contuvo la sorpresa que detuvo su corazón cuando vio que todo el iris de la atendente era de un color azul oscuro, y completamente vertical, una raya delgada que atravesaba la escleríótica de arriba abajo. Respiró profundo, se tomó el jugo y le sonrió a la mujer de la manera más cordial que encontró en su repertorio de sonrisas de secretario, ella lo miró por otro instante, y él pudo comprobar que la pupila seguía siendo vertical.

“¿Cómo conseguirá el efecto de ojos de serpiente?”

Sabía que no debía preguntar eso. Después del susto inicial, una intensa curiosidad se había adueñado de su mente. Y junto con la curiosidad, un dejà vú, algo como el recuerdo de una pesadilla, que de inmediato se escondió en lo profundo de su subconsciente.

Thiago Abreu era un nordestino de veintidós años, alto, estilizado, cuidadoso de su vestuario, no sólo por exigirlo la burocracia de la empresa, sino porque estar bonito es uno de los deberes cotidianos de todo brasilero que se respete. En este país la belleza no es una obligación sólo para las mujeres.

La estilosa barba, planificadamente descuidada, los semi alborotados, sedosos y negros cabellos de Thiago, su ropa bien ajustada al cuerpo y de reciente data de compra, son comunes en la misma Sao Paulo en que los rastas lucen orgullosos sus drelos, donde el cabello afro, en melenas enormes y bien cuidadas, convive con los lisos y perfectamente cortados cabellos de los orientales: chinos, coreanos y japoneses, así como con los rubios naturales y los oxigenados.

Con la mirada dulce de sus grandes ojos oscuros, bajo las pobladas cejas que él mantiene en forma con una pinza, Thiago nota la mirada de los demás, que es su mejor espejo en la calle. Se viste para las otras personas, porque está convencido de que las ropas son un lenguaje que informa al prójimo de cuánto lo apreciamos, tanto, que nos presentamos ante ellos con el mejor aspecto que podamos lograr.

Cada día, Thiago llegaba puntualmente a su trabajo como asistente en la oficina de personal, dirigida por la mujer más elegante, sofisticada, estilosa, bella y atractiva del mundo: Su jefa directa. Y ese día no podía ser la excepción.

Trabajaba duro, haciendo su mejor esfuerzo para que la jefa estuviera contenta con sus servicios, no sólo para cuidar el empleo, sino porque una semisonrisa de aprobación en los pintados labios de esta mujer, era como una gota de elíxir de la felicidad que cayera del cielo, sólo para él.

La novia de Thiago era una garota que conoció en Sao Paulo, y que le recomendó buscar empleo en Seda Pura, donde ella tenía años trabajando, donde entró como ayudante general, y ya había aprendido a cortar y coser las delicadas y costosas piezas que allí se elaboraban.

Era una mujer de su misma estatura, de caderas amplias y cintura delgada, con una hermosa melena encaracolada, que ella cultivaba escrupulosamente, siempre limpia y bien peinada. Ella no usaba mucho maquillaje, no lo necesitaba para lucir bien; su tez bronceada, sus labios carnosos y sus grandes ojos verdosos, ornados con pestañas largas y rizadas, juntaban en ella el ADN de ancestros de todas partes del mundo.

Era Nilda.

Habitualmente, cuando Thiago llegaba al trabajo, en horario de oficina, ya hacía rato que ella estaba allí, porque el horario de las costureras empezaba antes y terminaba después que el horario de las oficinas y como Nilda vivía bien cerca de Crakelandia, no precisaba caminar demasiado para llegar al trabajo, y menos aún tomar ônibus ni metrõ. Así que sus encuentros y salidas juntos eran estrictamente planificados.

Hacía ya cuatro días que Nilda, aunque venía puntualmente al trabajo, no lo llamaba, ni le respondía sus llamadas telefónicas ni sus mensajes de texto, y Thiago ya comenzaba a precuparse, a pesar de que su jefa intentaba tranquilizarlo, diciéndole que ella ya se comunicaría, y que le explicaría todo de una manera tan convincente, que él comprendería. Seguramente estaba disgustada conél. Suavemente, mirándolo de reojo, le sugirió:

_Tal vez sea el momento de recordar que es tu novia, y por lo menos ir a almorzar con ella _había dicho su jefa, con una sonrisa que parecía divertida por el intenso rubor que cubría la cara de Thiago siempre que ella estaba presente.

Se apresuró, para recuperar los minutos que había utilizado tomándose el jugo, y miró distraídamente la fachada silenciosa del hotel Luz Plaza. Unos metros más adelante se levantan las paredes amarillas de una creche, como llaman aquí a las guarderías infantiles. Es el CEI Casa Dom Gastão, una guardería no-gubernamental. Como casi todo en Brasil, esta creche es enorme, y es ocupada, desde el amanecer hasta el anochecer, por 160 niños, que sus padres dejan allí en seguranza, sin tener ni idea de lo cerca que están de uno de los lugares más misteriosos de la capital paulista.

Thiago pasó rápidamente, esta vez sin leer los letreros de los edificios, como a veces hacía para tornar menos aburrido el trayecto, y volvió a doblar a la izquierda.

Entre la creche y un viejo restaurante económico, pasa la calle Ribeiro de Lima, que se adentra en Buen Retiro, un barrio de fábricas, donde éstas exponen sus creaciones en vidrieras de modesto tamaño, contratan personal especializado y hacen sus negocios. Al final de Buen Retiro, alejándose de la plaza de la Luz, a poco más de un kilómetro, está Crakelandia, el paraíso de los traficantes de drogas, que ha resistido campaña tras campaña de los cuerpos policiales para erradicarlo, como si un poder mayor que el gobierno estuviera detrás del fatídico tráfico de estupefacientes.

Thiago siguió caminando paralelo a la gigantesca guardería, con la mirada fija en el final de la calle, donde ésta cruza la rúa Correio de Melo y cambia su nombre por rúa Da Graça. Siguió por la rúa da Graça, tan rápido, que pronto estuvo casi enfrente del museo de la migración judaica, ubicado en un ángulo agudo entre la calle Graça, por donde venía, y la rúa Lubavitch. Le gustaba la combinación de tonos azules que coronaban el edificio. Se detuvo con una sonrisa y sacó su teléfono para comprobar la hora. Había tardado veinte minutos desde la estación de metrô y el estacionamiento del edificio de la empresa donde trabajaba.

Entre una sucursal de la Caixa, que mostraba un único rótulo de letras blancas sobre fondo azul, con una equis que contenía un trazo ascendente rojo, y un pequeño abasto de chinos, estaba el estacionamiento, lo suficientemente grande para acomodar los camiones que traían insumos y los que se llevaban la mercancía, además de media docena de carros de algunos ejecutivos de la empresa y algunos trabajadores. Más allá, después de un barandal pintado de amarillo con rayas negras, estaba el edificio amarillo claro, de tres pisos, que contiene en su planta baja, grandes vidrieras, en las cuales exibe el muestrario de la ropa que se fabrica en las oficinas, como se llaman en São Paulo los talleres de confección. Allí está el departamento de mercadeo. En el segundo andar se encuentra el taller de corte y confección de muestras y piezas piloto, y en el tercer piso están los escritorios, la zona de burocracia de la misma fábrica, cuyo nombre: Seda Pura, informa el tipo de vestimenta que se realiza allí. Se trata de ropas elegantes, blazers, conjuntos de pantalonas de dama, de niñas, camisas y corbatas de caballeros, vestidos casuales de alto padrón y uno que otro smoking, cuyo corte se realiza en este edificio y cuya confección se envía a las oficinas y sastrerías especializadas, que los convierten en hermosas mercancías que pocos privilegiados pueden comprar.

Thiago caminó automáticamente por el área destinada a los peatones y empujó la pequeña puerta de vidrio transparente, sin seguro a esa hora, adentrándose en el pasillo, para subir las escaleras recubiertas con cerámica de gres de un color mostaza. En ese momento se repitió el dejà vú, un recuerdo de pesadilla que pugnaba por salir, una advertencia, que inmediatamente fue sofocada por la prisa de llegar temprano, mucho antes que los demás trabajadores.

Cuando llegó al segundo piso, miró a través de la puerta que tenía su parte superior, de vidrio transparente. Allí estaban las mesas de diseño y corte, y una docena de piloteras realizaban las piezas de muestra que, en los talleres, son escrupulosamente copiados en la confección de las piezas.

Al fondo del gigantesco salón, cuya atmósfera está controlada por un sistema de aire acondicionado central, que sólo se enciende en verano, y extractores de aire que no paran durante el tiempo en que se realiza el trabajo de planta, están las grandes mesas de corte, que durante ciertos días, son ocupados por un equipo de cortadores y ayudantes free lance, que convierten los rollos de seda pura y seda sintética de la mejor calidad, en paquetes listos para la confección.

También se elaboran ropas de otros tejidos: Algodón fino, lino puro, lana inglesa importada, para los ternos que son encargados desde los diferentes puntos de la federación brasilera, y que llevan el sello exclusivo de la marca: Una corona con una media luna, seguido por un elaborado letrero: Seda Pura, sostenida por un gusano blanquecino, hermosamente dibujado, transparente, para que no se robe la atención que la empresa quiere para su nombre. En una ciudad con cuatro estaciones; las estilistas, los sastres, las costureras, no paran nunca. Tanto para hacer las colecciones, como para realizar modificaciones y diseños, solicitados especialmente por algunas empresas exclusivas de dentro del país, y por el departamento consentido de la fábrica: Exportación.

Allí estaba su novia, trabajando en una pieza de ropa. Pese a que ella no volteó a mirar hacia la puerta, él creyó que ella sabía que él estaba allí, mirando. Entonces, Thiago dio unos golpecitos en la puerta, para que ella supiera que él estuvo por ahí, mirándola.

Suspiró y continuó subiendo.

Thiago se preguntó cómo es que a su novia podía gustarle trabajar de costurera, con jornadas agotadoras y salario escaso.

“Hace días que no la veo”.

Continuó subiendo hasta el tercer piso y se detuvo un instante en la puerta de entrada, que se abrió inmediatamente al ser empujada levemente con la mano. Una mano de miedo tocó ligeramente su corazón, y suspiró.

Cuando cruzó la puerta, aunque allí estaban los escritorios de costumbre, vacíos a estas horas, los archivos y todas esas cosas que son útiles en las oficinas, Thiago entró en otro mundo, donde recordaba hechos que sólo aparecían en su conciencia ordinaria como chispazos que se escondían de inmediato en la oscura profundidad de su subconsciente. Todo su inexplicable miedo desapareció.


Nenhum comentário:

Postar um comentário