Capítulo 7. Hijo de los dioses

7. LA INTOCABLE


Yarix-Ma nació y creció en la ciudadela. Hija de rituales, no era muy distinta a sus congéneres. Le molestaba el exceso de humedad y el calor de la atmósfera circundante, pero guardaba silencio. Entendía que era su hábitat. Se hizo asidua usuaria del aceite de tikrís, que le oscureció y engrosó el cabello y dejó el resto de su cuerpo casi totalmente lampiño, teñido levemente de melanina dorada.

Se sentía fuera de lugar. Sus ojos pedían luz, la semipenumbra le daba sueño. Pero en su soledad se relajaba y escuchaba acordes armoniosos procedentes de la atmósfera. Tenía ensueños en los cuales aparecían paisajes exóticos, con un prístino cielo azul y una gran luminaria resplandeciente que irradiaba un tibio resplandor. Una brisa suave, fresca y seca, profusión de flores silvestres, pequeñas y multicolores, se divisaban en el horizonte perfumando una distancia que sus ojos, más abiertos que los de su pueblo, jamás habían podido ver. La densa atmósfera, la permanente capa de nubes grises, la penumbra, no permitían que el mundo se percibiera en el esplendor que ella presentía.

Todo ese paisaje, nunca visto en la era atlante, era producto de una fantasía que nunca se atrevió a comentar con nadie.

Cuando llegó a la pubertad le fue impuesto un régimen especial. Los dioses se comunicaron con toda la jerarquía sacerdotal y la designaron como la intermediaria por quien vendría el Hijo de los Dioses, mutante que sería la raíz de una nueva raza, el vicario de los dioses que regían todo el desarrollo del mundo. Su hijo debía ser renovador de paradigmas, derribador de tradiciones, iniciador de una nueva religión, hasta ahora desconocida, que próximamente lo regiría todo y adorador de un dios que el mismo Nitchax-Pú reverenciaría.

Los mejores Krachutes fueron sometidos a prueba para encontrar su consorte. El escogido ostentaría el mayor rango militar y sería el padre biológico del venidero Xpuj. Las pruebas fueron mortales. Sólo los mejores pudieron presentarlas y el único que sobrevivió fue Razem: un joven de piel ligeramente bronceada y oscuros ojos grises; alto, esbelto, arrogante y de pocas palabras. Fue el Gran Krachut más joven de que se tuviera memoria.

Yarix-Ma no se entusiasmó con ese matrimonio que produciría un solo hijo antes de disolverse, después de lo cual ella volvería a ser Intocable; porque aún le restaba otra misión, más delicada. Asumió su papel de Madre Divina y cumplió con todos los requisitos. Fue fecundada por el orgulloso y feliz Razem-Pú, en medio del más fastuoso de todos los rituales conocidos hasta entonces y su embarazo fue cuidado con dedicación por una corte de cherodinis.

Una vez nacido el niño, fue entregado a las viejas cherodinis apenas terminó la lactancia. Las niñeras del templo lo cuidarían y le enseñarían todo cuanto los humanos pudieran enseñar a quien está destinado a reinar sobre todos ellos.

Más grandecito, su educación pasó a manos de Cherodín Pú, quien desde entonces tuvo mayor respetabilidad.

Cuando ya su hijo estuvo grande ella lo percibió, más que como un hijo, como a un gran hermano que tenía un destino diferente al que todos imaginaban. En uno de los ensueños tenidos cuando lo amamantaba lo vio caer herido por trece flechas en el corazón, en el foso de los Ragkis, en donde eran arrojados los cadáveres de los fallecidos en paz o en guerra, en el poblado. Mientras los saurios lo devoraban, trece mujeres aguerridas y feroces observaban su hazaña y la celebraban con trece carcajadas. La visión terminaba con un estruendo. La Tierra que se abría, devorando a las trece terribles hembras de pecho plano, que impregnaban con su sangre oscura el suelo, filtrándose por las grietas hasta el subsuelo de esta nación.

Cuando Yarix-Ma hablaba era Nitchax-Pú quien vertía consejos certeros y sabios. El Gran Krachut no tenía permitido consultarla porque la jerarquía religiosa conocía su pasión por La Intocable.

Se dedicó a la meditación y a los ensueños. La Divinidad le hablaba como amigo. Sólo ella y Cherodix conocían la profundidad de este vínculo.

Una tarde, obscura como todas las tardes atlantes, el Gran Krachut, asediado por su naturaleza fuertemente viril, se acercó a la joven.

Esperó que se retiraran las cherodinis que hacían la guardia simbólica a la puerta de sus aposentos y entró a la habitación. Sus ojos resplandecían con la llama de la pasión que lo embargaba. Disimulando el temblor que estaba en su interior pero que, como militar, no debía exteriorizar, se plantó frente a ella, cruzados los brazos sobre el pecho y mirándola a los ojos.

_Soy tu esposo.

Alrededor de la vivienda de La Intocable; inmóviles e impasibles, el suelo empedrado, el jardín de flores pequeñas y multicolores y las grandes cápsulas de flores de tikrís, conformaban un paisaje de remota belleza. Más allá se levantaban, blanquecinos, los muros calizos del templo. Al otro lado, rumoroso, el río de Nitchax-Pú contemplaba en silencio. Un muro bajo separaba los aposentos de La Intocable. Muros que nadie, hasta ahora, se había atrevido a cruzar.

Razem la miró con la pasión desbordándose por sus ojos grises y le sonrió. La joven bajó la mirada hasta sus adornados mocasines y respiró profundamente.

_Las leyes dicen que para disolver nuestro matrimonio debes expresarlo tú, en un ritual. Eso no se ha hecho. Así que eres mi esposa. Eres intocable pero sólo para los demás hombres. Eres madre de mi hijo, y una mujer muy, muy bella. ¿Acaso la voluntad de Cherodix puede más que la de los dioses que nos unieron? ¿Dónde está tu devoción por las fuerzas divinas? Si juntos trajimos al Hijo de los Dioses, juntos podemos dar origen a una raza superior, que ya está anunciada y que ha de dominar el mundo. Eres mi esposa, Yarix-Ma, y has de ser mi mujer.

La respuesta de la cherodini fue el silencio.

_Las leyes me autorizan a acercarme a ti. Soy capaz de enfrentar el poder de los mismos dioses para hacer respetar mi derecho. Ellos me eligieron para ser tu esposo. Ellos me guiaron y me apoyaron para vencer en pruebas que nadie antes había pasado.

Paso a paso Razem fue acercándose a la cherodini, y cuando sus manos se tendían para tocar sus hombros desnudos, ella cruzó los brazos en posición del Gran Respeto. En su imaginación, visualizó a Nitchax-Pú.

Cherodix meditaba en la orilla del río. Ella con los brazos a lo largo del cuerpo y las palmas abiertas hacia lo alto, y él sereno y circunspecto, sentado sobre los talones con las manos abiertas apoyadas en la tierra.

De pronto se miraron y, presintiendo que el Gran Krachut estaba en inminente peligro, salieron corriendo rumbo al templo, con la mayor velocidad que les permitían sus ancianos cuerpos.

Sin acuerdo previo sus pasos los llevaron directamente al recinto donde meditaba La Intocable. Su intuición, desarrollada por hábitos ancestrales, los guiaba con precisión matemática y ellos confiaban en ella con la fe que da la experiencia.

El Hijo de los Dioses pasó corriendo velozmente frente a ellos y se dirigió también a los aposentos de su madre, La Intocable Yarix-Ma. También él había recibido el mensaje de peligro para su padre, cuando caminaba con su amigo Chikmah por el bosque de enormes árboles de hojas blancas.

Sabía que su concurso sería necesario para salvar a su padre de un peligro al que lo habían conducido tanto su lujuria como su imprudencia. Se detuvo al llegar a la puerta del aposento y en ese momento Razem tocaba, apasionado y ya sin freno, ambos hombros de la joven para atraerla al abrazo.

Fue lo único que pudo hacer.

Apenas sus manos hicieron contacto con la piel de la muchacha, una explosión y una cegadora luz azul eléctrica iluminaron el recinto, cegando a todos menos a Yarix-Ma y a su hijo, quienes parpadearon para reacostumbrarse a la penumbra después de aquel chispazo. Ella sintió apenas el calor de aquellas manos pegajosas sobre sus hombros. Vio a Razem abrir desorbitadamente los ojos antes de caer fulminado en el piso de piedra pulida. La figura del gran Nitchax-Pú apareció un momento ante ellos. Razem se sintió elevado repentinamente y contempló su cuerpo caído en una grotesca posición. Frente a él apareció la cara terrible del Dios, quien le reconvino:

_Desde el momento en que te desposaste, sabías que esa mujer es intocable, antes y después de ser la madre del Xpuj.

Madre e hijo contemplaron la escena. Razem, desdoblado, vio al dios desaparecer y a su hijo acercarse a su cuerpo para reanimarlo. Temeroso por la descarga eléctrica sufrida, no se atrevía a volver. El muchacho lo buscó en el recinto con su mirada clarividente y, al encontrarlo, le dijo directamente:

_Ven a tu cuerpo si no quieres morir. ¿O el Gran Krachut tiene miedo?

Con invencible orgullo, Razem-Pú, pensando que sólo un dios pudo vencerlo, se acercó a animar su cuerpo. De su pecho brotó un suspiro largo y tortuoso. Seguía siendo, pensaba, el Gran Krachut muchas veces probado, a quien todos seguirían respetando, a quien las mujeres amaban, y a quien sólo un dios había podido vencer.

En la puerta, testigos del acontecimiento, Cherodix estaban silenciosos, impresionados por la demostración de Nitchax-Pú.

El gran Dios había aparecido para refrendar la voluntad de su devota hija.

Por el fondo el pasillo se acercaban corriendo algunas personas que habían oído el trueno. El Hijo de los Dioses, inclinado sobre el cuerpo de su padre, le puso una mano en la nuca y la otra en el plexo solar. Silabeando algunas palabras que sólo el entendía, reanimó el cuerpo del caído. Razem abrió por fin los ojos y suspiró de nuevo. Entonces, fiel al compromiso de que ningún hombre debía permanecer en ese recinto, el Xpuj salió, seguido por el Gran Krachut.

La intocable miró a Cherodix, les sonrió levemente y se sentó de nuevo en silencio, como si nada.


Capítulo 6 Hijo de los dioses


6. EL GRAN KRACHUT



Razem nació de padre Krachut y madre cherodini. Era alto y bien formado. Desde niño su férreo carácter, su recio orgullo y su fuerza descomunal lo distinguieron entre sus compañeros. Aprendió muy temprano los secretos de la guerra y llegó a ser Krachut siendo más joven que todos sus allegados. En su mente y en su corazón no existía mayor interés que llegar a ser Krachut algún día. Se sometió a una vida de austeridades con la seguridad de que habría de necesitar las fortalezas espirituales y físicas que de su disciplina se derivaban. Así que no acompañaba a sus amigos cuando procuraban experimentar sus reacciones de macho con las enormes hembras de otras especies que ataban y domesticaban para tal fin: Con las moksas, simios cuadrúmanos preferidos por los jóvenes por su similitud con las hembras humanas y por su falta de agresividad.

El ayuntamiento entre especies se daba en momentos en que la evolución permitía el cruce entre una y otra; Cuando el cruce era entre humanos y cuadrúpedas no primates, las hembras parían moksas y cuando el ayuntamiento se daba entre humanos y moksas el resultado eran monos con capacidad de adoptar la posición casi erguida que mantienen aún en estos tiempos. Era fácil acoplarse con estas mutantes que eran accesibles y se acostumbraban a los machos humanos hasta el punto de protagonizar peleas feroces entre ellas para disputárselos. Los moksos no eran celosos y su abúlica respuesta ante la intromisión humana era observar cómo sus hembras los abandonaban por otros machos más evolucionados. Era distinto el caso cuando se trataba de las monas. Los monos eran tan celosos que podían matar por las hembras, las cuales observaban la pelea desde lejos, saltando y golpeándose los muslos, emocionadas.

El reto de los muchachos era vencer a los monos para quitarles las hembras. En esas peleas se entrenaban para los encuentros con la nación bárbara Adlur, terribles Kraches, guerreros de alta talla, fieros y fuertes para el combate, pero flojos para el trabajo productivo. Los adlur eran el único enemigo de este pueblo, pacífico y laborioso, que vivía sin hacer perjuicio a nadie. La otra nación guerrera, las Sunnias, vivían más al Sur y sólo realizaban incursiones tan lejos cuando su reina ordenaba capturar machos poderosos y fuertes para que la tribu renovara sus fuerzas. En ese caso patrullas de guerreras altas, fuertes y sin senos, con todo su gran cuerpo cubierto de vellos blanquecinos y cortos, ataviadas sólo con un taparrabos y cubierto su cuerpo con aceite de tikrís para evitar los ataques de hongos y algas carnívoras, se desplazaban tan al norte que podían llegar al reino de Nitchax-Pú.

En una de esas incursiones fueron raptados dos hermanos del padre de Razem; Marami y Rudeh, altos y poderosos como él, y nunca más se les volvió a ver. Ambos hombres vivían en un poblado situado más al Sur, a orillas del río de Nitchax-Pú. Después de la incursión de las sunnias el poblado quedó completamente asolado. Sólo habían sobrevivido las mujeres, las niñas y algunos niños y jóvenes que se habían escondido en la selva y en los agujeros de los campos que los adolescentes descubren y conocen tan bien.

Ese era un recuerdo que Razem tenía de cuando estaba tan pequeño que todavía andaba desnudo, cubierto solo por el aceite de tikrís, que le daba a su piel un matiz amarillento. Tener un pariente raptado por las sunnias era terrible porque había riesgo de que regresaran. El destino de los hombres raptados era desconocido. Nunca nadie se había atrevido a seguirlas porque sabían que si eran descubiertos y capturados tampoco volverían nunca, por haber sido asesinados en el camino al ser descubiertos, o raptados también para convertirlos en sementales.

_En todo caso –dijo alguna vez Razem a sus compañeros que lo invitaban a las incursiones sexuales- prefiero que me rapten las sunnias, por lo menos así desposaré a una mujer, una guerrera invencible y no a un animal que tiene su propio macho.

Veía los cruces entre especies con repugnancia. Le parecía un absurdo que se conminara a las muchachas a permanecer vírgenes para ser esposas, mientras los muchachos se relacionaban con seres inferiores, malolientes y sucios, a veces con terribles lesiones producidas por las algas carnívoras o con colonias de hongos creciendo sobre sus lomos. Más de una vez presenció las infamantes orgías, en las que un grupo de muchachos alcanzaba una colonia de moksas para tomarlo como objeto de sus experimentos sexuales, o a un poblado de monos, con los que se enfrentaban a muerte para obtener como premio una fiesta con las monas.

Las monas que se apareaban con hombres no parían hombres sino grandes simios blancos y velludos con aspecto humano, pero que nunca podían aprender a hablar. Las hembras de los Sketti, como llamaban a estos humanoides, eran infértiles.

_¿Por qué los muchachos se aparean con moksas, con dantas, con bichas así, padre, si las mujeres son tan hermosas?

_Hijo –le dijo Turik, su padre. Yo nunca lo hice.

_¿No se te ocurre que esos animales también pueden pensar que nosotros debemos andar en cuatro patas y tal vez se aparean con nosotros para que podamos tener sus hermosas colas, y sus bramidos para comunicarnos?

_En ese caso, Razem, está muy bien que nuestras mujeres no se apareen con esos machos. De todas maneras ellas nos prefieren a nosotros.

_Demostrando así que nos aventajan en inteligencia.

Algunos hombres nunca llegaron a acostumbrarse a una relación de matrimonio con mujer y murieron solteros, ayuntándose con bestias hasta el día de su muerte. Los pobres jamás conocieron la voluptuosidad del amor humano ni la ternura. Más de una vez tuvo Razem que caerse a golpes con sus compañeros hasta que por su poder muscular consiguió que lo respetaran, aunque entre corrillos murmuraran sus dudas acerca de la virilidad del muchacho.

El soñaba con una bella cherodini que los dioses tenían que haberle reservado. A él que era distinto, más fuerte, que pensaba, que se sabía hermoso y sano. Cuando llegó a ser Krachut las muchachas del pueblo lo miraban y hasta lo visitaban por las noches en su choza. Su padre sonreía al verlo lidiar con ellas para, sin faltar a la cortesía, apartarse de las tentaciones. En el fondo el krachut también sentía que su hijo estaba predestinado para un alto rango. Ninguna de las jóvenes supo conmover la hierática espera del joven krachut.

Los krachutes eran escogidos por medio de duras pruebas de fuerza, destreza e inteligencia, en las cuales debían vencer enemigos, afrontar sin temor grandes peligros y salir airosos en situaciones de difícil decisión. Razem pasó las pruebas siendo apenas un adolescente. El Gran Krachut ostentaba la máxima jerarquía. Las pruebas para elegir a este jerarca eran tan extremas, que muy pocos sobrevivían.

Cuando llegó la época de la competencia para ser el padre del Hijo de los Dioses sólo fueron admitidos los que no se habían ayuntado con animales. Era creencia de cherodes y cherodinis que en todo acto sexual ambos participantes adquirían elementos del otro, como cuando se combinan dos sustancias; pero en esta combinación, nunca volvían a su vibración original ni los animales ni los humanos. Por esa razón los participantes en orgías con cuadrúpedas, moksas, monas y skettias eran descartados en la escogencia del consorte de La Intocable.

Hijos del pueblo destacados, Krachutes y gente de la ciudadela sacerdotal completaron el necesario número de trece elegidos para participar en las pruebas.

La Intocable, Yarix-Ma, la más evolucionada cherodini, criada especialmente para ser la madre del Mesías, escogida por los dioses para producir de su carne la nueva raza predicha desde hacía mucho tiempo, sería casada con quien venciera en todas las pruebas.

Algunos aspirantes quisieron engañar a los cherodes encargados de hacer la elección de los trece. Pero éstos, conocedores de la mente y el corazón humanos, oían el pensamiento de los jóvenes y los repetían en voz alta, dejándolos decepcionados y avergonzados. A los aspirantes ni siquiera les fue mostrada Yarix-Ma, aislada y reconcentrada en su disciplina sacerdotal.

Cuando supo que su hijo estaba entre los seleccionados Turik lo miró a los ojos y, con todo el cariño del padre, palmeándole los hombros, le dijo:

_Aquí está tu oportunidad, Razem. Siempre has esperado la más hermosa cherodini, la más pura y te has conservado virgen para merecerla. Deseas ser Gran Krachut algún día y la vida te presenta ambas posibilidades cuando ni siquiera tienes edad para ser Krachut.

_No tengo edad, padre, pero soy Krachut. Y seré el vencedor de estas pruebas. ¿Tienes alguna duda?

El orgullo de su hijo lastimó el corazón de Turik, quien se sintió un poco responsable por esa autoestima tan hipertrófica. Pero el padre nunca mentía y, con un suspiro de resignación, tuvo que reconocer que confiaba en él. Frunciendo la frente, mirándolo a los ojos con solemnidad, le respondió:



_No, Razem. No tengo la menor duda de que serás el vencedor. Lo supe desde que naciste, aunque tu madre no sobrevivió.

Guardó silencio unos instantes, y continuó:

_De lo que debes tener cuidado es de tu propio orgullo.

A quien menos deseaba ver triunfar Cherodín Pú era a Razem. Hijo de una cherodini, fue criado en el pueblo porque su padre decidió comenzar a entrenarlo antes del tiempo acostumbrado, lo cual sólo era posible dentro de los hijos del pueblo. Este interés en entrenarlo desde temprano se debió a las dotes excepcionales que mostraba, tanto en inteligencia como en poder muscular. Más alto que todos, de piel más lisa por el uso diario del aceite de tikrís, que le daba un aspecto ligeramente bronceado a su tez blanca grisácea. El aceite de tikrís tenía la propiedad de impedir que las colonias de hongos y de algas carnívoras arraigaran en la piel de las personas; pero su uso diario producía melanina, bronceando artificialmente la piel. Sobre esto había diferencias entre algunas cherodinis que creían que, para mantener el tono blanco grisáceo de su tez era preferible no usarlo tanto, y estaban pendientes a diario de la presencia de las esporas de las algas carnívoras que al principio eran visibles como puntos oscuros, que ellas desprendían de su piel cuando se bañaban en el río frotándose con esponjas vegetales en medio de un alboroto de alevines que se acercaban a devorar las esporas. Razem era más práctico. Para prevenir que estos gérmenes se acercaran a su piel y para que jamás los hongos desarrollaran allí sus filamentos con cabeza blanca que los enfermos raspaban con paletas de piedra hechas especialmente para eso, había decidido que jamás tendría un alga carnívora creciendo en su cuerpo. El punto negro, la espora, arraigaba rápidamente alimentada por la humedad del ambiente y la oscura sangre del atlante y a los pocos días desarrollaba una fronda gris rojiza cuyo extirpamiento era en extremo doloroso y dejaba cicatrices que ningún medicamento podía eliminar. Diariamente se bañaba en el río frotando su cuerpo con una esponja vegetal. Seguidamente se secaba bien y se aplicaba en todo el cuerpo el aceite de tikrís. Como consecuencia de este tratamiento el vello del cuerpo del joven era cada día más ralo, incluso en la cabeza, que era por naturaleza más hirsuta; su cabello crecía menos abundante y más grueso, oscurecido ligeramente por la melanina que producía el aceite medicinal. Esa tenue morenez era vista en el pueblo como un signo de higiene.

Cherodín Pú veía esa extrema higiene como un signo del orgullo de quien desea ser perfecto y tiene tal vez aspiraciones que superan la realidad. Ese orgullo y arrogancia no le hacían ninguna gracia al anciano ni al Gran Krachut, quien aspiraba verse sustituido, ¡Si es que podían! Por un hombre de mayor edad y más formal. Aunque a este respecto tenía una absurda corazonada que involucraba al muchacho, le parecía ridícula la posibilidad de enfrentarse a muerte con un mozo como este, quien, pese a sus dotes obviamente excepcionales, sería vencido merced a su extrema juventud e inexperiencia. Cherodín Pú, quien sintió el magnetismo personal del joven krachut, sabiéndolo capaz de vencer, suspiró al pensar cómo le caerían tantos honores a un carácter tan bizarro e individualista.

Los aspirantes fueron sometidos a pruebas que ninguna persona normal podría pasar. El esfuerzo más allá de la resistencia humana, el salto sobre el abismo, que sólo ganándolo se salvaba la vida, la rapidez al desprender aguijones a los grandes escorpiones cuyo veneno mataba instantáneamente; la intuición al escoger la comida que no estaba envenenada, fueron eliminando uno a uno a los aspirantes. La prueba final para el único sobreviviente fue el combate a muerte con el Gran Krachut.

Pero Razem pensaba que si los dioses habían decidido que él fuese consorte de Yarix-Ma, La Intocable, y padre del Hijo de los Dioses, sería invencible.

El recio Gran Krachut había visto a la cherodini Intocable muchas veces a escondidas y sabía que tenía la piel de los brazos casi sin vellos y con un tenue matiz bronceado que indicaba el diario uso del aceite de tikrís, que además daba a su cabellera un leve matiz oscuro. No vio que sus ojos eran castaños debido a que tenía que verla de lejos; pero quedó hechizado por su etérea castidad y el aura azul claro que la rodeaba, como a los Grandes Cherodes y a los Semidioses. La contemplación subrepticia de La Intocable le dio más coraje para enfrentarse a su oponente.

Cuando el Gran Krachut tuvo frente a sí a Razem sintió que estaba frente al elegido de los Dioses. Recordó entonces a La Intocable para darse ánimo. El sólo pensar en aquella mujer y la idea de dejársela a otro movió sus fuerzas más recónditas. En el decisivo instante en que comenzaba el combate a muerte, Razem le sonrió.

_Mis Respetos, Gran Krachut. Siento tener que vencerte. Pero para eso he nacido. La Intocable Yarix-Ma me espera.

La lucha fue sin armas. La más grande exhibición de artes marciales de la época que la ciudadela y el pueblo, congregados alrededor de la plataforma, habían visto jamás. La agilidad y destreza del Gran Krachut, la fuerza y dominio propios de Razem, su aguda intuición del momento y el punto en que debía atacar, pusieron a su adversario en su poder. Los músculos, la vista, cada dedo de Razem parecían guiados por un espíritu superior.

Con evidente dolor asestó el golpe final en la frente y no fue alegría lo que sintió al verlo caer. Cuando vio al máximo Krachut muerto a sus pies, gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas y adoptó la posición del Gran Respeto.

Fue sometido a una cura de purificación después de haber matado, hecho que sólo se permitía en las guerras por la supervivencia de la comunidad, y en grandes rituales como este. Sufrió la cuarentena consciente y optimista, sabiéndose merecedor de los mayores honores. No le importó el ayuno ni los días sumergido en agua, ni el tiempo tomando infusiones de hierbas amargas, encerrado en una celda. Al salir fue investido en medio del júbilo del pueblo que, pese a haber nacido en la ciudadela, lo consideraba parte suya por haber sido criado entre los zagales.

Los cherodes desconfiaban de él por su orgullo, pero si los dioses habían decidido que venciera, esa era la ley a respetar y la respetaban. Su nombre llevó desde entonces el sufijo , que significaba De los Dioses, y fue casado con Yarix-Ma en un fastuoso ritual. Toda la clase sacerdotal, en medio de profusión de humos aromáticos, presenció la Santa Fecundación.

Durante el tiempo de espera Razem se sentía en el cielo. Se felicitó por haberse conservado virgen y poder optar por la cherodini más especial de toda la ciudadela para ser el canal por el cual se manifestaría el poder de los dioses, que produciría un hombre del futuro. No le hizo caso a la advertencia expresa, antes de las competencias, de que la esposa, una vez fecundada, dejaría de ser su mujer para siempre. Volvería a ser Intocable. Esto le resbaló, pensando que haría valer sus derechos de esposo, que, según las tradiciones, exigían el consentimiento de ambos esposos como único requisito para disolver el matrimonio.

Cuando ese mediodía, desnudo, fue llevado al altar, donde la novia esperaba en su más prístina y enjoyada desnudez, Razem sintió que se le aflojaban los tobillos.

Un líquido caliente pareció recorrerlo desde los pies hasta la cabeza poniéndolo al borde del desmayo. Aún así, sintiéndose irreal, subió al altar circunspecto y marcial; pese a que por dentro se sentía desfallecer de emoción. Al sentarse para comenzar el Maithuna, sintió que se elevaba por los aires y desde lo alto donde su espíritu fue ascendido observó cómo un haz de luces de varios colores envolvía su cuerpo y lo animaba para continuar el ritual sexual. Testigo de su propio himeneo, el joven fue presa de las sensaciones más dulces, efluvios que le produjeron un inefable éxtasis a su alma temporalmente liberta.

Alrededor, extáticos y en posición del Gran Respeto, todo el pueblo y toda la ciudadela estaban presentes, de pie, en silencio. Sus ojos miopes no podían ver más que la silueta de los cuerpos y las luces, en la seguridad de que allí estaban los dioses que encarnarían un cuerpo humano para estar entre ellos.

Al terminar el ritual, separado ya de la cherodini y bajado del ara, volvió a recuperar su cuerpo, caído inconsciente sobre el tapiz bordado en oro que había sido dispuesto para el efecto.

Cuando regresó a su conciencia de vigilia los recuerdos físicos del Maithuna lo envolvieron y el deseo de experimentar personal y conscientemente aquella felicidad quedó prendido en él. Se trazó el objetivo de desposarse normalmente con la joven cherodini después del nacimiento de su hijo. En sus hombros, en su cuello, en su cuerpo todo, el Gran Krachut sintió la suavidad del cuerpo desnudo de la mujer más admirada y respetada por todos los hombres de aquella nación, y a la que secretamente todos abrigaban el imposible deseo de tener.

Le fue fácil asumir su puesto de máximo jefe militar de su país y comenzó a ejercer de una manera brillante. El haber sido consorte de La Intocable destinada a los dioses y el carácter gallardo y poderoso que le llevó a vencer las mayores pruebas le garantizaron la obediencia y devoción de todos sus subordinados, en todas las jerarquías.

El devenir de la vida había demostrado que las personas que tienen una vida especial consiguen un destino especial, a despecho del qué dirán. Lo único que no pudo conseguir nunca más el Gran Krachut Razem-Pú, hasta el momento de su muerte, cuando se hundió el viejo mundo, fue aparearse de nuevo con Yarix-Ma.












Hijo de los dioses 4 y 5


4. LA GRAN AMISTAD






Después de la más larga y oscura de las noches atlantes los corazones de estos seres acostumbrados a percibir, a intuir, a saber cuanto sucede en dos mundos distintos, sintieron la tragedia cernirse sobre ellos. Pasó mucho tiempo antes que decidieran hacer algo para adaptarse a la nueva situación.

Se reunieron en un largo concilio del cual salieron revolucionarias determinaciones. Se suspendieron muchos rituales a excepción de los de la fertilidad, las curaciones y otros indispensables. Se dedicaron a criar al Hijo de los Dioses, quien creció con la certeza de ser un predestinado. No había apetito o capricho que no fuera satisfecho por la corte de viejas cherodinis que lo cuidaron, asearon, alimentaron y criaron hasta que fue un adolescente.

Cherodín Pú era de otra opinión. Sabía que su autoridad se había trasladado al joven. No podía, su conciencia no se lo permitía, usar sus poderes contra los disidentes porque eran la mayoría de la gente y eso significaría un genocidio.

_El Niño –decía el anciano- es descendiente directo de los Dioses, su mensajero viviente hecho humano en medio de la humanidad, pero no debemos permitir que se le forme un carácter indisciplinado, que eche por tierra su delicada misión.

De nada sirvió. La autoridad de Cherodín Pú ya no se respetaba. Cherodín Ma pasó a dirigir los asuntos de la ciudadela. El cuerpo sacerdotal se convirtió en consejero de asuntos terrenales y educadores del pueblo. La disciplina en general fue decayendo y, cuando el Hijo de los Dioses fue un zagal, las comunicaciones directas con Nitchax-Pú habían comenzado ya a olvidarse. El pueblo mismo desafiaba la autoridad de una casta sacerdotal que se venía a menos.

El joven semidiós tenía una intensa vida interior. Veía a su alrededor el mundo en movimiento y la naturaleza cada día le maravillaba más. Sus ojos dorados, sus cejas armoniosamente arqueadas, y un leve bronceado en su piel acentuado por el uso del aceite de tikrís, dominaba sobre el matiz grisáceo de su piel, producto de una sangre negra, saturada de hierro. El cabello de Raúk-Pú no era gris claro como el del resto de la raza, sino que tenía un leve tono castaño; y su cuerpo no estaba totalmente cubierto de largos vellos transparentes como los demás, sino que era lampiño; sólo sus extremidades, el pecho y la parte inferior de la espalda tenían una leve vellosidad ligeramente castaña.

Se sentía muy solo. Le aburrían los juegos de los niños de su misma edad. Le fastidiaba que se le concediera todo cuanto deseara. Lo reventaba la pleitesía que hasta los niños aprendieron a rendirle.

Lo que quería era jugar, jugar en paz sin que lo llamaran “Xpuj” que quería decir gran señor; Quería correr tras los enormes pájaros de alas desnudas que desovaban en las márgenes del río, encontrar por su cuenta piedras de oro para machacarlas con trozos de hierro y hacer figuras. Le molestaba que cuando lo veían buscarlas, lo abrumaran trayéndole cochanos, despojándolo del placentero ejercicio de buscarlos.

Sabía que todos eran descendientes del gran Nitchax-Pú, también él, pero ¿acaso por eso iba a perder el derecho a divertirse como cualquier muchacho? e fastidiaba la obediencia, la adulancia, lo fácil. El semidiós que comenzaba a crecer pedía obras para desarrollar su fuerza y habilidad y en cambio lo estaban convirtiendo en un parásito. Pero nadie, salvo Cherodix, parecía comprenderlo. Ni siquiera su padre Razem, a quien el orgullo cegaba cada día más.

Todavía Raúk-Pú era impúber cuando hizo amistad con un joven de su edad que encontró en la orilla del río.

Se internó en la espesa vegetación de hojas anchas y verdosas. La leve claridad del mediodía hacía visible toda la extensión de la vegetación, las rocas y la difusa sombra que proyectaban sobre el suelo los helechos. Le parecía un sueño. Se la pasaba imaginando que un día la luz resplandecería y los cocuyos verdosos y violáceos que brillaban a través de su ventana se trasladarían al cielo y se estarían allí quietos, en grandes cantidades, iluminando para que los muchachos recluidos pudieran salir a correr aventuras en noches que la multitudinaria presencia de luces, donadas por Nitchax-Pú, haría menos impenetrables. En medio de las estrellas, la Luna, de la cual los cherodes hablaban desde hacía mucho tiempo, reinaría, haciendo huir para siempre la oscuridad.

Una tarde, bajo la sombra de un árbol de grandes inflorescencias blancas que el espeso viento movía lentamente, el Hijo de los Dioses se sentó en un trozo de cristal. Sintió de inmediato una gran energía que penetraba en él y se levantó para inspeccionar el asiento. Estaba en el juego de alejarse y acercarse, sentarse y levantarse, cuando sintió una fuerte corriente en la espalda. En su imaginación, unos ojos almendrados, grandes, color miel, se definieron perfectamente. En aquellos ojos, exóticos en aquellos tiempos, parecía que la resina del ámbar estuviese cruzada por delgados filamentos de oro. La piel grisácea del muchacho tenía reflejos metálicos.

El Hijo de los Dioses se sintió identificado con aquel muchacho, diferente como él. El observado usaba el taparrabos bastamente tejido de los hijos del pueblo y tenía los mismos rasgos raciales de sus congéneres atlantes, pero un elemento lo distinguía de todos: Era libre.

El Hijo de los Dioses se quedó inmóvil por un momento, sin voltear hacia el lugar de donde provenía aquella mirada tan fuerte. Como en una pantalla, en su mente vio al niño con todos los detalles.

Chikmah, que era el nombre del muchacho, contempló las vestiduras del que tenía frente a sí. La falda corta sobre el guayuco, partida a ambos lados, cuyos bordes estaban trabajados en oro, la camiseta bordada con las sisas muy abiertas, el cinturón construido por el más hábil artesano, cuyas áureas placas tenían grabada, a punta de cincel, los jeroglíficos que identificaban a Nitchax-Pú y al Hijo de los Dioses. Observó la pedrería que recamaba el cinturón en fino trabajo de orfebrería, y la admiración se posesionó de él.

Raúk-Pú se divertía leyendo el pensamiento del muchachito que ya había llegado a la conclusión de que estaba frente al mismísimo Hijo de los Dioses, descendiente directo de la Divinidad que hasta hacía poco se presentaba ante cherodes y cherodinis, pero que lo había enviado para que, cuando fuera grande, fuera un dios.

El semidiós comenzó a machacar una hoja con una piedra para disimular su observación, y que el observado no se asustara. Supo todo lo referente a éste, todo cuanto tenía en su memoria aún infantil.

Chikmah tenía miedo porque, como hijo del pueblo considerado impuro, tenía prohibido acercarse al Hijo de los Dioses. Quiso alejarse antes de ser visto, pero cuado daba la vuelta para escapar a la carrera, la voz serena del otro niño lo clavó en el sitio.

_No te vayas. Acércate.

El hecho de saberse visto sin que el semidiós siquiera hubiera volteado, la armoniosa transparencia, la innegable autoridad de aquella voz, y un vuelco que sintió en el corazón le dijeron que, sí, ¡Era el Hijo de los Dioses! ¡Y lo había llamado!

_Perdón, Xpuj, no sabía…

_Perdón nada, ven acá. Me aburro y quiero hablar contigo –la voz se hizo más amistosa- que me cuentes de todas esas piedras bonitas que tienes guardadas en un hueco detrás de tu casa, y me enseñes a hacer esos dibujos tan buenos que sabes hacer con arena de colores. Puedes ver y tocar, si quieres, mi cinturón.

El muchacho se sintió perdido. Al saber que el Hijo de los Dioses conocía su secreto lo invadió el miedo que antes lo rondaba. Las piernas le temblaron. Raúk-Pú dio media vuelta y se le acercó con pasos lentos para no asustarlo más. Cuando la mano del semidiós tocó su frente, su miedo y su malestar desaparecieron y unas ganas de reír, de estar contento, invadieron su corazón de niño intrépido.

El semidiós sonrió y, tomándolo por un brazo, lo hizo sentar en el trozo de roca cristalina, para después acuclillarse frente a él.

_Eres Chikmah, el orfebre. Tu padre es un Krach, y tu madre está siempre sola contigo. No, no tengas miedo. Eres menos aburrido que los que me tratan como a un dios.

Ese fue el principio de una larga amistad destinada a durar hasta más allá de la muerte. A partir de entonces, se reunieron todas las tardes a las orillas del río. Chikmah le enseñó al Hijo de los Dioses el arte de la orfebrería. En cambio éste, enseñó al joven atlante a desarrollar las potencialidades que yacían dormidas en su psiquis. Le explicó secretos que nadie más conocía. Fueron creciendo juntos a despecho de la casta cherodínica, cuyos dirigentes, si bien no gustaban de esa amistad con un hijo del pueblo, no osaban contradecir al Xpuj.


5. LOS HIJOS DE LA TIERRA

Había pasado el tiempo y los dos amigos habían alcanzado la estatura de un hombre, aunque sus voces eran infantiles todavía.

Raúk-Pú hablaba con su amigo sobre los secretos de la Tierra

Chikmah contó al joven semidiós que cuando pasaba por el paraje en donde se encontraban solía escuchar palabras, murmullos y gritos que no entendía, especie de sonidos guturales acompañados de palabras desconocidas y canciones.

_Son los hijos de la tierra, Chikmah, que te saludan.

_¿Me gustaría conocerlos. Apenas los he oído… Pero quiero verlos.

_Nuestro padre Nitchax-Pú se ha alejado y ahora los mundos se están diferenciando. Pero la gente libre puede ver y vivir en todos los mundos que están juntos en este mismo lugar, todas las dimensiones. Sólo es necesario querer. Los verás. –Lo miró a los ojos dorados- dame la mano y quédate quieto. ¿Qué sientes?

_Siento que me salen chorros de aire por los pies.

_Eso quiere decir que todo está bien, y pronto los verás.

¿Tan fácil?

_Si. Recuperas un sentido que la humanidad ha comenzado a perder. Hubo una época, cuando todos los miembros de esta raza podían comunicarse con todas las dimensiones, pero estaban casi dormidos para la realidad material. En poco tiempo han olvidado lo que son y apenas quedan restos que ni siquiera comprenden bien. Sólo los estudiosos de las ciencias antiguas, los cherodes y las cherodinis, tienen el Poder.

_Tú lo tienes…

_Porque estoy consciente. La Naturaleza da sus secretos pero tenemos que querer, y cuando no se tiene la voluntad suficiente para percibir ambos mundos, la apertura de los ojos en uno implica la ceguera en el otro. Nuestros ancestros eran ciegos para lo de este mundo, como te decía, pero ahora sus ojos pueden verlo. Y después de los hechos que tienen que pasar, vendrá otra humanidad que dominará la superficie de la Tierra y terminará olvidándose de los dioses. Pero los dioses son eternos como la Tierra misma y aunque dormirán el sueño del silencio y el olvido estarán vivos, vivos sintiendo que no los aman, que no los respetan y cada vez que la humanidad cometa un acto de irrespeto contra la Tierra, las aguas, el aire, lo estará cometiendo contra los dioses y ellos, en el cerrado recinto del silencio en el cual estarán prisioneros, sentirán en sus corazones divinos el dolor de la tierra, de las aguas, del aire, del olvido.

_Háblame más de esa humanidad que olvidará a los dioses.

_Mira nuestra piel. Es de este color natural para nosotros. Pero vendrá otra raza de piel de otro color, como el oro viejo, que dominará toda esta parte del mundo durante mucho tiempo. Entonces vendrán otros seres, de piel clara, que los harán esclavos. Morirán familias enteras; los niños serán arrebatados del pecho de sus madres para que éstas alimenten a los hijos de los invasores y los hombres y mujeres que hoy son altos, fuertes y hermosos reducirán su tamaño por el hambre, la tristeza y la esclavitud. Esta raza de bárbaros será tan malvada que repetirá los cuadros de dominación en su propia familia, donde, en vez de ser un maestro y protector como nuestros antepasados, será un opresor. La mujer, que para nosotros es sagrada y fuente de sabiduría, aún la de su propia raza, será esclava y le será negado el derecho al saber, a la libertad. Será considerada sólo un vientre para dar hijos y una piel para entretener maridos borrachos que ni siquiera llegarán a conocer el divino goce de la verdadera comunión de los esposos. Las mujeres comenzarán a tomar el poder cuando ya se acerque otra era de la evolución humana. Y vendrán razas y razas humanas que lucharán entre sí para entenderse al final. Y después de conformar una sociedad de ayuda, comprensión y respeto entre todos los Seres, entonces vendrá una raza de dioses... Mis ojos no pueden ver más allá de lo que te he dicho… por ahora.

Chikmah sintió mareo al tratar de imaginar las cosas que le contaba su amigo y se maravilló de la posibilidad de que todas las personas fuesen semidioses como Raúk-Pú. Una sonrisa se puso a jugar en sus delgados labios de atlante. El Hijo de los Dioses sonrió desde sus adentros y, dándole una palmada en el hombro, lo invitó:

_Vamos, Chikmah. Y todavía no sabes…

_¿Qué no sé?

_Que serás Cherodín Pú antes del fin del mundo.

_¡Pero… ¿Acaso el mundo va a finalizar? ¿Y tú te vas? ¿O es que acaso vas a morir? ¿No eres un Dios? Tú mismo dijiste que los dioses no mueren.

_No mueren sus almas porque son eternas. Tampoco mi alma morirá, ni la tuya. Pero yo tengo un cuerpo humano. Soy hijo de hombre y mujer, y ese cuerpo mortal no conservará la forma humana, parte de él morirá cuando sea el tiempo y después ya nada será igual sobre este mundo.

El Hijo de los Dioses se quedó mirando al vacío. Vio la imagen de Chikmah vestido con el hábito del Cherodín Pú y en su cintura, el cinturón de oro y pedrerías que el Xpuj usaba habitualmente. Frente al Hijo de los Dioses, de espaldas al foso de los ragkis, una hilera de trece mujeres sin senos le apuntaban, directamente al corazon, trece flechas envenenadas.

Sacudió la cabeza para apartar la visión. La voz de su amigo lo hizo regresar a la realidad actual.

_¿Qué dijiste? ¿Cherodín Pú yo? Los Hijos del Pueblo no podemos ser ni el más humilde de los cherodes. ¿Cómo puedo yo llegar a ser Cherodín Pú?

_¿No te gustaría?

_¿A quién no le gusta el poder? Pero no entiendo cómo puede esto ser posible.

_Tan posible como que yo soy el Hijo de los Dioses y estoy aquí contigo. Puedes tener ideas anticipadas pero debes practicar para eso. El pensamiento es como el músculo, hay que ejercitarlo para que se desarrolle y tú puedes hacerlo. Tú ves muy bien con tus ojos físicos, pero puedes mantener abierto también el ojo espiritual. La humanidad futura tendrá el pensamiento como una cosa normal, corriente, pero tú puedes lograrlo ahora. Has evolucionado, dudas… te haces preguntas, desobedeces leyes terrenales, piensas. Sólo necesitas disciplina.

Con el dominio de la mente llegarás a tener poderes que hoy sólo tienen los dioses y los Grandes Cherodes.

_Sí, pero… ¿Cómo lo aceptarían los demás? ¿El Gran Razem, tu padre? Los de la ciudadela… La Cherodín Ma… ella, lo sabes, es la que manda.

_Van a ocurrir hechos, Chikmah. Ni el Hijo de los Dioses podrá acelerar o frenar lo que viene, es asunto del Padre Mundo a quien obedecen todos los dioses de la Tierra y de dioses aún mayores. Nada será igual. Esta etapa del dominio de la mujer concluye. Más pronto de lo que crees, el mundo cambiará. Una nueva raza surgirá y el poder femenino será llamado al descanso para que emerja el poder del varón. Todo lo que está arriba tiene que bajar y todo lo que está abajo está llamado a subir. Y tú eres uno de los pioneros de ese estado de cosas. Mucho deberán sufrir los seres para purgar los errores que cometieron en esta era y, finalmente, resurgirán del abismo. Y creerán ser dueños del mundo, de un mundo en el cual creerán ser superiores. Hasta que generaciones posteriores sabrán que la Naturaleza los tiene y los domina. Es como caminar con dos pies: Tú y el Universo, ninguno sin el otro. Uno se afirma para que el otro avance, luego el que avanzaba es el que se afirma y se detiene para dar paso a su compañero. Así es la evolución y la fuerza del mundo que tiende siempre a cambiar; es lo que te dará ascendiente sobre esta sociedad en su final. Yo, el Hijo de los Dioses, te digo que ocuparás el lugar que mereces.

El joven no comprendía. Pero una secreta alegría inundó su corazón por tener la suerte de ser amigo de Raúk-Pú, el Hijo de los Dioses, y sonrió levemente. Como siempre, su amigo le leyó el pensamiento.

_Y así será, no porque eres mi amigo, Chikmah, sino porque ese es tu lugar.

Los dos corearon una carcajada de muchachos y salieron corriendo, tratando de alcanzarse uno a otro como los dos zagales que eran. Pronto se dieron cuenta de que, sin proponérselo, ya ascendían la última colina que conducía a la casa cueva donde vivía Chikmah. Probablemente por la costumbre que habían desarrollado, de acompañar al jovencito a su casa y después regresar el Xpuj, solo, a sus aposentos en la ciudadela.

Entonces sucedió.

Chikmah oyó un grito, el mismo que siempre escuchaba cuando pasaba por ese lugar. Vio a un hombre pequeñito, lujosamente ataviado con un traje amarillo ceñido al cuerpo y un gran sombrero cubierto con una corona de filigranas que le quedaba grande, unos enormes zapatos de tela y un guayuco rojo sobre la ceñida ropa. El personaje le sonrió desde la mitad del camino. El Hijo de los Dioses sonrió a los dos. Al verlo, el enano se quitó el gran sombrero dejando al descubierto su negra cabellera, hirsuta y bien peinada. Inclinándose ante Raúk-Pú sacó la corona que traía en la copa del sombrero y la puso a los pies del semidiós. Baja la vista, silencioso, cruzados los antebrazos en la posición del Gran Respeto, esperó. El joven habló con él en un idioma que Chikmah no entendía. Vio cómo el hombrecillo recogía la corona del suelo y se la ponía entre las manos.

_Póntela en la cabeza –le dijo su amigo.

Divertido, el joven se puso la pesada corona de áureas filigranas.

Fue cosa de magia. En seguida comprendió lo que continuaban hablando su amigo y el enano. Pudo darle las gracias en su idioma y preguntarle quién era.

_Soy la voz que te saluda cuando pasas. Soy el Rey Ting. Yo dirijo el ejército que en las entrañas de Madre Tierra se encarga de fabricar el oro, el rey de los metales. El es nuestro cuerpo, nuestra vida. Adopté la forma humana cuando te hiciste consciente de mi presencia, porque pediste vernos. Estamos hablando ahora gracias a la ayuda del Hijo de los Dioses, quien reina sobre nosotros.

Después de haber tenido sobre tu cabeza esta corona, el oro vendrá a ti cuando quieras para que le des las formas que quieras. Tendrás buena salud y buena suerte, serás alto y hermoso, llegarás a obtener grandes dignidades terrenales y divinas y siempre serás tu propio Rey y Cherode.

El Hijo de los Dioses hizo una seña a su amigo y éste se quitó la corona para entregársela al Rey áureo. Chikmah comenzó a percibir una nueva forma en las cosas, nuevos reflejos de luces, y la vida natural se presentó ante él con toda su magia. Entonces saltó y gritó de alegría y su amigo lo tranquilizó con una suave palmada en un brazo. Ante ellos, el Rey Ting aguardaba órdenes. El Hijo de los Dioses puso personalmente la corona en el sombrero y la colocó en la cabeza del rey elemental, quien sonrió agradecido por el gran honor de ser coronado por el joven, y su alegría se transmitió a los dos amigos. Dirigiéndose de nuevo a Chikmah el rey le dijo:

_Después de esta iniciación te obedecerán todos los elementos sólidos, los Hijos de la Tierra serán tus servidores. Bienvenido al mundo de los minerales. Que los Dioses de la Tierra siempre te acompañen y favorezcan.

El muchacho quiso agradecerle su deferencia pero el Rey desapareció frente a sus ojos. Bajó la vista y una piedra dorada brilló ante él. La recogió con reverencia y, sonriéndole a su amigo, comentó:

_Pensar que tengo en la mano el cuerpo de un rey.

Tras ese momento de solemnidad la alegría juvenil volvió a adueñarse de los dos adolescentes. Con la gran pepita de oro guardada entre los pliegues de su ropa Chikmah corrió al lado de su amigo.

Su madre lo esperaba en la puerta de su choza. Era aún joven y hermosa y llevaba los largos cabellos blancos recogidos, como correspondía a las hijas del pueblo. Los vio llegar. Al ver al Hijo de los Dioses bajó la mirada a la punta de sus pies cubiertos con mocasines de tejido impermeable. Una gran emoción inundó su corazón puro. Llorosa, le rogó.

_Perdónalo, Xpuj, él es un muchacho y no sabe que los hijos del pueblo no podemos acercarnos a ti.

_No tengas miedo. Chikmah es mi amigo de siempre.

La mujer se quedó callada, confundida porque, aunque lo estaba diciendo el Hijo de los Dioses, no entendía por qué el Xpuj era amigo de su hijo.