Hijo de los dioses 4 y 5


4. LA GRAN AMISTAD






Después de la más larga y oscura de las noches atlantes los corazones de estos seres acostumbrados a percibir, a intuir, a saber cuanto sucede en dos mundos distintos, sintieron la tragedia cernirse sobre ellos. Pasó mucho tiempo antes que decidieran hacer algo para adaptarse a la nueva situación.

Se reunieron en un largo concilio del cual salieron revolucionarias determinaciones. Se suspendieron muchos rituales a excepción de los de la fertilidad, las curaciones y otros indispensables. Se dedicaron a criar al Hijo de los Dioses, quien creció con la certeza de ser un predestinado. No había apetito o capricho que no fuera satisfecho por la corte de viejas cherodinis que lo cuidaron, asearon, alimentaron y criaron hasta que fue un adolescente.

Cherodín Pú era de otra opinión. Sabía que su autoridad se había trasladado al joven. No podía, su conciencia no se lo permitía, usar sus poderes contra los disidentes porque eran la mayoría de la gente y eso significaría un genocidio.

_El Niño –decía el anciano- es descendiente directo de los Dioses, su mensajero viviente hecho humano en medio de la humanidad, pero no debemos permitir que se le forme un carácter indisciplinado, que eche por tierra su delicada misión.

De nada sirvió. La autoridad de Cherodín Pú ya no se respetaba. Cherodín Ma pasó a dirigir los asuntos de la ciudadela. El cuerpo sacerdotal se convirtió en consejero de asuntos terrenales y educadores del pueblo. La disciplina en general fue decayendo y, cuando el Hijo de los Dioses fue un zagal, las comunicaciones directas con Nitchax-Pú habían comenzado ya a olvidarse. El pueblo mismo desafiaba la autoridad de una casta sacerdotal que se venía a menos.

El joven semidiós tenía una intensa vida interior. Veía a su alrededor el mundo en movimiento y la naturaleza cada día le maravillaba más. Sus ojos dorados, sus cejas armoniosamente arqueadas, y un leve bronceado en su piel acentuado por el uso del aceite de tikrís, dominaba sobre el matiz grisáceo de su piel, producto de una sangre negra, saturada de hierro. El cabello de Raúk-Pú no era gris claro como el del resto de la raza, sino que tenía un leve tono castaño; y su cuerpo no estaba totalmente cubierto de largos vellos transparentes como los demás, sino que era lampiño; sólo sus extremidades, el pecho y la parte inferior de la espalda tenían una leve vellosidad ligeramente castaña.

Se sentía muy solo. Le aburrían los juegos de los niños de su misma edad. Le fastidiaba que se le concediera todo cuanto deseara. Lo reventaba la pleitesía que hasta los niños aprendieron a rendirle.

Lo que quería era jugar, jugar en paz sin que lo llamaran “Xpuj” que quería decir gran señor; Quería correr tras los enormes pájaros de alas desnudas que desovaban en las márgenes del río, encontrar por su cuenta piedras de oro para machacarlas con trozos de hierro y hacer figuras. Le molestaba que cuando lo veían buscarlas, lo abrumaran trayéndole cochanos, despojándolo del placentero ejercicio de buscarlos.

Sabía que todos eran descendientes del gran Nitchax-Pú, también él, pero ¿acaso por eso iba a perder el derecho a divertirse como cualquier muchacho? e fastidiaba la obediencia, la adulancia, lo fácil. El semidiós que comenzaba a crecer pedía obras para desarrollar su fuerza y habilidad y en cambio lo estaban convirtiendo en un parásito. Pero nadie, salvo Cherodix, parecía comprenderlo. Ni siquiera su padre Razem, a quien el orgullo cegaba cada día más.

Todavía Raúk-Pú era impúber cuando hizo amistad con un joven de su edad que encontró en la orilla del río.

Se internó en la espesa vegetación de hojas anchas y verdosas. La leve claridad del mediodía hacía visible toda la extensión de la vegetación, las rocas y la difusa sombra que proyectaban sobre el suelo los helechos. Le parecía un sueño. Se la pasaba imaginando que un día la luz resplandecería y los cocuyos verdosos y violáceos que brillaban a través de su ventana se trasladarían al cielo y se estarían allí quietos, en grandes cantidades, iluminando para que los muchachos recluidos pudieran salir a correr aventuras en noches que la multitudinaria presencia de luces, donadas por Nitchax-Pú, haría menos impenetrables. En medio de las estrellas, la Luna, de la cual los cherodes hablaban desde hacía mucho tiempo, reinaría, haciendo huir para siempre la oscuridad.

Una tarde, bajo la sombra de un árbol de grandes inflorescencias blancas que el espeso viento movía lentamente, el Hijo de los Dioses se sentó en un trozo de cristal. Sintió de inmediato una gran energía que penetraba en él y se levantó para inspeccionar el asiento. Estaba en el juego de alejarse y acercarse, sentarse y levantarse, cuando sintió una fuerte corriente en la espalda. En su imaginación, unos ojos almendrados, grandes, color miel, se definieron perfectamente. En aquellos ojos, exóticos en aquellos tiempos, parecía que la resina del ámbar estuviese cruzada por delgados filamentos de oro. La piel grisácea del muchacho tenía reflejos metálicos.

El Hijo de los Dioses se sintió identificado con aquel muchacho, diferente como él. El observado usaba el taparrabos bastamente tejido de los hijos del pueblo y tenía los mismos rasgos raciales de sus congéneres atlantes, pero un elemento lo distinguía de todos: Era libre.

El Hijo de los Dioses se quedó inmóvil por un momento, sin voltear hacia el lugar de donde provenía aquella mirada tan fuerte. Como en una pantalla, en su mente vio al niño con todos los detalles.

Chikmah, que era el nombre del muchacho, contempló las vestiduras del que tenía frente a sí. La falda corta sobre el guayuco, partida a ambos lados, cuyos bordes estaban trabajados en oro, la camiseta bordada con las sisas muy abiertas, el cinturón construido por el más hábil artesano, cuyas áureas placas tenían grabada, a punta de cincel, los jeroglíficos que identificaban a Nitchax-Pú y al Hijo de los Dioses. Observó la pedrería que recamaba el cinturón en fino trabajo de orfebrería, y la admiración se posesionó de él.

Raúk-Pú se divertía leyendo el pensamiento del muchachito que ya había llegado a la conclusión de que estaba frente al mismísimo Hijo de los Dioses, descendiente directo de la Divinidad que hasta hacía poco se presentaba ante cherodes y cherodinis, pero que lo había enviado para que, cuando fuera grande, fuera un dios.

El semidiós comenzó a machacar una hoja con una piedra para disimular su observación, y que el observado no se asustara. Supo todo lo referente a éste, todo cuanto tenía en su memoria aún infantil.

Chikmah tenía miedo porque, como hijo del pueblo considerado impuro, tenía prohibido acercarse al Hijo de los Dioses. Quiso alejarse antes de ser visto, pero cuado daba la vuelta para escapar a la carrera, la voz serena del otro niño lo clavó en el sitio.

_No te vayas. Acércate.

El hecho de saberse visto sin que el semidiós siquiera hubiera volteado, la armoniosa transparencia, la innegable autoridad de aquella voz, y un vuelco que sintió en el corazón le dijeron que, sí, ¡Era el Hijo de los Dioses! ¡Y lo había llamado!

_Perdón, Xpuj, no sabía…

_Perdón nada, ven acá. Me aburro y quiero hablar contigo –la voz se hizo más amistosa- que me cuentes de todas esas piedras bonitas que tienes guardadas en un hueco detrás de tu casa, y me enseñes a hacer esos dibujos tan buenos que sabes hacer con arena de colores. Puedes ver y tocar, si quieres, mi cinturón.

El muchacho se sintió perdido. Al saber que el Hijo de los Dioses conocía su secreto lo invadió el miedo que antes lo rondaba. Las piernas le temblaron. Raúk-Pú dio media vuelta y se le acercó con pasos lentos para no asustarlo más. Cuando la mano del semidiós tocó su frente, su miedo y su malestar desaparecieron y unas ganas de reír, de estar contento, invadieron su corazón de niño intrépido.

El semidiós sonrió y, tomándolo por un brazo, lo hizo sentar en el trozo de roca cristalina, para después acuclillarse frente a él.

_Eres Chikmah, el orfebre. Tu padre es un Krach, y tu madre está siempre sola contigo. No, no tengas miedo. Eres menos aburrido que los que me tratan como a un dios.

Ese fue el principio de una larga amistad destinada a durar hasta más allá de la muerte. A partir de entonces, se reunieron todas las tardes a las orillas del río. Chikmah le enseñó al Hijo de los Dioses el arte de la orfebrería. En cambio éste, enseñó al joven atlante a desarrollar las potencialidades que yacían dormidas en su psiquis. Le explicó secretos que nadie más conocía. Fueron creciendo juntos a despecho de la casta cherodínica, cuyos dirigentes, si bien no gustaban de esa amistad con un hijo del pueblo, no osaban contradecir al Xpuj.


5. LOS HIJOS DE LA TIERRA

Había pasado el tiempo y los dos amigos habían alcanzado la estatura de un hombre, aunque sus voces eran infantiles todavía.

Raúk-Pú hablaba con su amigo sobre los secretos de la Tierra

Chikmah contó al joven semidiós que cuando pasaba por el paraje en donde se encontraban solía escuchar palabras, murmullos y gritos que no entendía, especie de sonidos guturales acompañados de palabras desconocidas y canciones.

_Son los hijos de la tierra, Chikmah, que te saludan.

_¿Me gustaría conocerlos. Apenas los he oído… Pero quiero verlos.

_Nuestro padre Nitchax-Pú se ha alejado y ahora los mundos se están diferenciando. Pero la gente libre puede ver y vivir en todos los mundos que están juntos en este mismo lugar, todas las dimensiones. Sólo es necesario querer. Los verás. –Lo miró a los ojos dorados- dame la mano y quédate quieto. ¿Qué sientes?

_Siento que me salen chorros de aire por los pies.

_Eso quiere decir que todo está bien, y pronto los verás.

¿Tan fácil?

_Si. Recuperas un sentido que la humanidad ha comenzado a perder. Hubo una época, cuando todos los miembros de esta raza podían comunicarse con todas las dimensiones, pero estaban casi dormidos para la realidad material. En poco tiempo han olvidado lo que son y apenas quedan restos que ni siquiera comprenden bien. Sólo los estudiosos de las ciencias antiguas, los cherodes y las cherodinis, tienen el Poder.

_Tú lo tienes…

_Porque estoy consciente. La Naturaleza da sus secretos pero tenemos que querer, y cuando no se tiene la voluntad suficiente para percibir ambos mundos, la apertura de los ojos en uno implica la ceguera en el otro. Nuestros ancestros eran ciegos para lo de este mundo, como te decía, pero ahora sus ojos pueden verlo. Y después de los hechos que tienen que pasar, vendrá otra humanidad que dominará la superficie de la Tierra y terminará olvidándose de los dioses. Pero los dioses son eternos como la Tierra misma y aunque dormirán el sueño del silencio y el olvido estarán vivos, vivos sintiendo que no los aman, que no los respetan y cada vez que la humanidad cometa un acto de irrespeto contra la Tierra, las aguas, el aire, lo estará cometiendo contra los dioses y ellos, en el cerrado recinto del silencio en el cual estarán prisioneros, sentirán en sus corazones divinos el dolor de la tierra, de las aguas, del aire, del olvido.

_Háblame más de esa humanidad que olvidará a los dioses.

_Mira nuestra piel. Es de este color natural para nosotros. Pero vendrá otra raza de piel de otro color, como el oro viejo, que dominará toda esta parte del mundo durante mucho tiempo. Entonces vendrán otros seres, de piel clara, que los harán esclavos. Morirán familias enteras; los niños serán arrebatados del pecho de sus madres para que éstas alimenten a los hijos de los invasores y los hombres y mujeres que hoy son altos, fuertes y hermosos reducirán su tamaño por el hambre, la tristeza y la esclavitud. Esta raza de bárbaros será tan malvada que repetirá los cuadros de dominación en su propia familia, donde, en vez de ser un maestro y protector como nuestros antepasados, será un opresor. La mujer, que para nosotros es sagrada y fuente de sabiduría, aún la de su propia raza, será esclava y le será negado el derecho al saber, a la libertad. Será considerada sólo un vientre para dar hijos y una piel para entretener maridos borrachos que ni siquiera llegarán a conocer el divino goce de la verdadera comunión de los esposos. Las mujeres comenzarán a tomar el poder cuando ya se acerque otra era de la evolución humana. Y vendrán razas y razas humanas que lucharán entre sí para entenderse al final. Y después de conformar una sociedad de ayuda, comprensión y respeto entre todos los Seres, entonces vendrá una raza de dioses... Mis ojos no pueden ver más allá de lo que te he dicho… por ahora.

Chikmah sintió mareo al tratar de imaginar las cosas que le contaba su amigo y se maravilló de la posibilidad de que todas las personas fuesen semidioses como Raúk-Pú. Una sonrisa se puso a jugar en sus delgados labios de atlante. El Hijo de los Dioses sonrió desde sus adentros y, dándole una palmada en el hombro, lo invitó:

_Vamos, Chikmah. Y todavía no sabes…

_¿Qué no sé?

_Que serás Cherodín Pú antes del fin del mundo.

_¡Pero… ¿Acaso el mundo va a finalizar? ¿Y tú te vas? ¿O es que acaso vas a morir? ¿No eres un Dios? Tú mismo dijiste que los dioses no mueren.

_No mueren sus almas porque son eternas. Tampoco mi alma morirá, ni la tuya. Pero yo tengo un cuerpo humano. Soy hijo de hombre y mujer, y ese cuerpo mortal no conservará la forma humana, parte de él morirá cuando sea el tiempo y después ya nada será igual sobre este mundo.

El Hijo de los Dioses se quedó mirando al vacío. Vio la imagen de Chikmah vestido con el hábito del Cherodín Pú y en su cintura, el cinturón de oro y pedrerías que el Xpuj usaba habitualmente. Frente al Hijo de los Dioses, de espaldas al foso de los ragkis, una hilera de trece mujeres sin senos le apuntaban, directamente al corazon, trece flechas envenenadas.

Sacudió la cabeza para apartar la visión. La voz de su amigo lo hizo regresar a la realidad actual.

_¿Qué dijiste? ¿Cherodín Pú yo? Los Hijos del Pueblo no podemos ser ni el más humilde de los cherodes. ¿Cómo puedo yo llegar a ser Cherodín Pú?

_¿No te gustaría?

_¿A quién no le gusta el poder? Pero no entiendo cómo puede esto ser posible.

_Tan posible como que yo soy el Hijo de los Dioses y estoy aquí contigo. Puedes tener ideas anticipadas pero debes practicar para eso. El pensamiento es como el músculo, hay que ejercitarlo para que se desarrolle y tú puedes hacerlo. Tú ves muy bien con tus ojos físicos, pero puedes mantener abierto también el ojo espiritual. La humanidad futura tendrá el pensamiento como una cosa normal, corriente, pero tú puedes lograrlo ahora. Has evolucionado, dudas… te haces preguntas, desobedeces leyes terrenales, piensas. Sólo necesitas disciplina.

Con el dominio de la mente llegarás a tener poderes que hoy sólo tienen los dioses y los Grandes Cherodes.

_Sí, pero… ¿Cómo lo aceptarían los demás? ¿El Gran Razem, tu padre? Los de la ciudadela… La Cherodín Ma… ella, lo sabes, es la que manda.

_Van a ocurrir hechos, Chikmah. Ni el Hijo de los Dioses podrá acelerar o frenar lo que viene, es asunto del Padre Mundo a quien obedecen todos los dioses de la Tierra y de dioses aún mayores. Nada será igual. Esta etapa del dominio de la mujer concluye. Más pronto de lo que crees, el mundo cambiará. Una nueva raza surgirá y el poder femenino será llamado al descanso para que emerja el poder del varón. Todo lo que está arriba tiene que bajar y todo lo que está abajo está llamado a subir. Y tú eres uno de los pioneros de ese estado de cosas. Mucho deberán sufrir los seres para purgar los errores que cometieron en esta era y, finalmente, resurgirán del abismo. Y creerán ser dueños del mundo, de un mundo en el cual creerán ser superiores. Hasta que generaciones posteriores sabrán que la Naturaleza los tiene y los domina. Es como caminar con dos pies: Tú y el Universo, ninguno sin el otro. Uno se afirma para que el otro avance, luego el que avanzaba es el que se afirma y se detiene para dar paso a su compañero. Así es la evolución y la fuerza del mundo que tiende siempre a cambiar; es lo que te dará ascendiente sobre esta sociedad en su final. Yo, el Hijo de los Dioses, te digo que ocuparás el lugar que mereces.

El joven no comprendía. Pero una secreta alegría inundó su corazón por tener la suerte de ser amigo de Raúk-Pú, el Hijo de los Dioses, y sonrió levemente. Como siempre, su amigo le leyó el pensamiento.

_Y así será, no porque eres mi amigo, Chikmah, sino porque ese es tu lugar.

Los dos corearon una carcajada de muchachos y salieron corriendo, tratando de alcanzarse uno a otro como los dos zagales que eran. Pronto se dieron cuenta de que, sin proponérselo, ya ascendían la última colina que conducía a la casa cueva donde vivía Chikmah. Probablemente por la costumbre que habían desarrollado, de acompañar al jovencito a su casa y después regresar el Xpuj, solo, a sus aposentos en la ciudadela.

Entonces sucedió.

Chikmah oyó un grito, el mismo que siempre escuchaba cuando pasaba por ese lugar. Vio a un hombre pequeñito, lujosamente ataviado con un traje amarillo ceñido al cuerpo y un gran sombrero cubierto con una corona de filigranas que le quedaba grande, unos enormes zapatos de tela y un guayuco rojo sobre la ceñida ropa. El personaje le sonrió desde la mitad del camino. El Hijo de los Dioses sonrió a los dos. Al verlo, el enano se quitó el gran sombrero dejando al descubierto su negra cabellera, hirsuta y bien peinada. Inclinándose ante Raúk-Pú sacó la corona que traía en la copa del sombrero y la puso a los pies del semidiós. Baja la vista, silencioso, cruzados los antebrazos en la posición del Gran Respeto, esperó. El joven habló con él en un idioma que Chikmah no entendía. Vio cómo el hombrecillo recogía la corona del suelo y se la ponía entre las manos.

_Póntela en la cabeza –le dijo su amigo.

Divertido, el joven se puso la pesada corona de áureas filigranas.

Fue cosa de magia. En seguida comprendió lo que continuaban hablando su amigo y el enano. Pudo darle las gracias en su idioma y preguntarle quién era.

_Soy la voz que te saluda cuando pasas. Soy el Rey Ting. Yo dirijo el ejército que en las entrañas de Madre Tierra se encarga de fabricar el oro, el rey de los metales. El es nuestro cuerpo, nuestra vida. Adopté la forma humana cuando te hiciste consciente de mi presencia, porque pediste vernos. Estamos hablando ahora gracias a la ayuda del Hijo de los Dioses, quien reina sobre nosotros.

Después de haber tenido sobre tu cabeza esta corona, el oro vendrá a ti cuando quieras para que le des las formas que quieras. Tendrás buena salud y buena suerte, serás alto y hermoso, llegarás a obtener grandes dignidades terrenales y divinas y siempre serás tu propio Rey y Cherode.

El Hijo de los Dioses hizo una seña a su amigo y éste se quitó la corona para entregársela al Rey áureo. Chikmah comenzó a percibir una nueva forma en las cosas, nuevos reflejos de luces, y la vida natural se presentó ante él con toda su magia. Entonces saltó y gritó de alegría y su amigo lo tranquilizó con una suave palmada en un brazo. Ante ellos, el Rey Ting aguardaba órdenes. El Hijo de los Dioses puso personalmente la corona en el sombrero y la colocó en la cabeza del rey elemental, quien sonrió agradecido por el gran honor de ser coronado por el joven, y su alegría se transmitió a los dos amigos. Dirigiéndose de nuevo a Chikmah el rey le dijo:

_Después de esta iniciación te obedecerán todos los elementos sólidos, los Hijos de la Tierra serán tus servidores. Bienvenido al mundo de los minerales. Que los Dioses de la Tierra siempre te acompañen y favorezcan.

El muchacho quiso agradecerle su deferencia pero el Rey desapareció frente a sus ojos. Bajó la vista y una piedra dorada brilló ante él. La recogió con reverencia y, sonriéndole a su amigo, comentó:

_Pensar que tengo en la mano el cuerpo de un rey.

Tras ese momento de solemnidad la alegría juvenil volvió a adueñarse de los dos adolescentes. Con la gran pepita de oro guardada entre los pliegues de su ropa Chikmah corrió al lado de su amigo.

Su madre lo esperaba en la puerta de su choza. Era aún joven y hermosa y llevaba los largos cabellos blancos recogidos, como correspondía a las hijas del pueblo. Los vio llegar. Al ver al Hijo de los Dioses bajó la mirada a la punta de sus pies cubiertos con mocasines de tejido impermeable. Una gran emoción inundó su corazón puro. Llorosa, le rogó.

_Perdónalo, Xpuj, él es un muchacho y no sabe que los hijos del pueblo no podemos acercarnos a ti.

_No tengas miedo. Chikmah es mi amigo de siempre.

La mujer se quedó callada, confundida porque, aunque lo estaba diciendo el Hijo de los Dioses, no entendía por qué el Xpuj era amigo de su hijo.









Nenhum comentário:

Postar um comentário