6. EL GRAN KRACHUT
Razem nació de padre Krachut y madre cherodini. Era alto y bien formado. Desde niño su férreo carácter, su recio orgullo y su fuerza descomunal lo distinguieron entre sus compañeros. Aprendió muy temprano los secretos de la guerra y llegó a ser Krachut siendo más joven que todos sus allegados. En su mente y en su corazón no existía mayor interés que llegar a ser Krachut algún día. Se sometió a una vida de austeridades con la seguridad de que habría de necesitar las fortalezas espirituales y físicas que de su disciplina se derivaban. Así que no acompañaba a sus amigos cuando procuraban experimentar sus reacciones de macho con las enormes hembras de otras especies que ataban y domesticaban para tal fin: Con las moksas, simios cuadrúmanos preferidos por los jóvenes por su similitud con las hembras humanas y por su falta de agresividad.
El ayuntamiento entre especies se daba en momentos en que la evolución permitía el cruce entre una y otra; Cuando el cruce era entre humanos y cuadrúpedas no primates, las hembras parían moksas y cuando el ayuntamiento se daba entre humanos y moksas el resultado eran monos con capacidad de adoptar la posición casi erguida que mantienen aún en estos tiempos. Era fácil acoplarse con estas mutantes que eran accesibles y se acostumbraban a los machos humanos hasta el punto de protagonizar peleas feroces entre ellas para disputárselos. Los moksos no eran celosos y su abúlica respuesta ante la intromisión humana era observar cómo sus hembras los abandonaban por otros machos más evolucionados. Era distinto el caso cuando se trataba de las monas. Los monos eran tan celosos que podían matar por las hembras, las cuales observaban la pelea desde lejos, saltando y golpeándose los muslos, emocionadas.
El reto de los muchachos era vencer a los monos para quitarles las hembras. En esas peleas se entrenaban para los encuentros con la nación bárbara Adlur, terribles Kraches, guerreros de alta talla, fieros y fuertes para el combate, pero flojos para el trabajo productivo. Los adlur eran el único enemigo de este pueblo, pacífico y laborioso, que vivía sin hacer perjuicio a nadie. La otra nación guerrera, las Sunnias, vivían más al Sur y sólo realizaban incursiones tan lejos cuando su reina ordenaba capturar machos poderosos y fuertes para que la tribu renovara sus fuerzas. En ese caso patrullas de guerreras altas, fuertes y sin senos, con todo su gran cuerpo cubierto de vellos blanquecinos y cortos, ataviadas sólo con un taparrabos y cubierto su cuerpo con aceite de tikrís para evitar los ataques de hongos y algas carnívoras, se desplazaban tan al norte que podían llegar al reino de Nitchax-Pú.
En una de esas incursiones fueron raptados dos hermanos del padre de Razem; Marami y Rudeh, altos y poderosos como él, y nunca más se les volvió a ver. Ambos hombres vivían en un poblado situado más al Sur, a orillas del río de Nitchax-Pú. Después de la incursión de las sunnias el poblado quedó completamente asolado. Sólo habían sobrevivido las mujeres, las niñas y algunos niños y jóvenes que se habían escondido en la selva y en los agujeros de los campos que los adolescentes descubren y conocen tan bien.
Ese era un recuerdo que Razem tenía de cuando estaba tan pequeño que todavía andaba desnudo, cubierto solo por el aceite de tikrís, que le daba a su piel un matiz amarillento. Tener un pariente raptado por las sunnias era terrible porque había riesgo de que regresaran. El destino de los hombres raptados era desconocido. Nunca nadie se había atrevido a seguirlas porque sabían que si eran descubiertos y capturados tampoco volverían nunca, por haber sido asesinados en el camino al ser descubiertos, o raptados también para convertirlos en sementales.
_En todo caso –dijo alguna vez Razem a sus compañeros que lo invitaban a las incursiones sexuales- prefiero que me rapten las sunnias, por lo menos así desposaré a una mujer, una guerrera invencible y no a un animal que tiene su propio macho.
Veía los cruces entre especies con repugnancia. Le parecía un absurdo que se conminara a las muchachas a permanecer vírgenes para ser esposas, mientras los muchachos se relacionaban con seres inferiores, malolientes y sucios, a veces con terribles lesiones producidas por las algas carnívoras o con colonias de hongos creciendo sobre sus lomos. Más de una vez presenció las infamantes orgías, en las que un grupo de muchachos alcanzaba una colonia de moksas para tomarlo como objeto de sus experimentos sexuales, o a un poblado de monos, con los que se enfrentaban a muerte para obtener como premio una fiesta con las monas.
Las monas que se apareaban con hombres no parían hombres sino grandes simios blancos y velludos con aspecto humano, pero que nunca podían aprender a hablar. Las hembras de los Sketti, como llamaban a estos humanoides, eran infértiles.
_¿Por qué los muchachos se aparean con moksas, con dantas, con bichas así, padre, si las mujeres son tan hermosas?
_Hijo –le dijo Turik, su padre. Yo nunca lo hice.
_¿No se te ocurre que esos animales también pueden pensar que nosotros debemos andar en cuatro patas y tal vez se aparean con nosotros para que podamos tener sus hermosas colas, y sus bramidos para comunicarnos?
_En ese caso, Razem, está muy bien que nuestras mujeres no se apareen con esos machos. De todas maneras ellas nos prefieren a nosotros.
_Demostrando así que nos aventajan en inteligencia.
Algunos hombres nunca llegaron a acostumbrarse a una relación de matrimonio con mujer y murieron solteros, ayuntándose con bestias hasta el día de su muerte. Los pobres jamás conocieron la voluptuosidad del amor humano ni la ternura. Más de una vez tuvo Razem que caerse a golpes con sus compañeros hasta que por su poder muscular consiguió que lo respetaran, aunque entre corrillos murmuraran sus dudas acerca de la virilidad del muchacho.
El soñaba con una bella cherodini que los dioses tenían que haberle reservado. A él que era distinto, más fuerte, que pensaba, que se sabía hermoso y sano. Cuando llegó a ser Krachut las muchachas del pueblo lo miraban y hasta lo visitaban por las noches en su choza. Su padre sonreía al verlo lidiar con ellas para, sin faltar a la cortesía, apartarse de las tentaciones. En el fondo el krachut también sentía que su hijo estaba predestinado para un alto rango. Ninguna de las jóvenes supo conmover la hierática espera del joven krachut.
Los krachutes eran escogidos por medio de duras pruebas de fuerza, destreza e inteligencia, en las cuales debían vencer enemigos, afrontar sin temor grandes peligros y salir airosos en situaciones de difícil decisión. Razem pasó las pruebas siendo apenas un adolescente. El Gran Krachut ostentaba la máxima jerarquía. Las pruebas para elegir a este jerarca eran tan extremas, que muy pocos sobrevivían.
Cuando llegó la época de la competencia para ser el padre del Hijo de los Dioses sólo fueron admitidos los que no se habían ayuntado con animales. Era creencia de cherodes y cherodinis que en todo acto sexual ambos participantes adquirían elementos del otro, como cuando se combinan dos sustancias; pero en esta combinación, nunca volvían a su vibración original ni los animales ni los humanos. Por esa razón los participantes en orgías con cuadrúpedas, moksas, monas y skettias eran descartados en la escogencia del consorte de La Intocable.
Hijos del pueblo destacados, Krachutes y gente de la ciudadela sacerdotal completaron el necesario número de trece elegidos para participar en las pruebas.
La Intocable, Yarix-Ma, la más evolucionada cherodini, criada especialmente para ser la madre del Mesías, escogida por los dioses para producir de su carne la nueva raza predicha desde hacía mucho tiempo, sería casada con quien venciera en todas las pruebas.
Algunos aspirantes quisieron engañar a los cherodes encargados de hacer la elección de los trece. Pero éstos, conocedores de la mente y el corazón humanos, oían el pensamiento de los jóvenes y los repetían en voz alta, dejándolos decepcionados y avergonzados. A los aspirantes ni siquiera les fue mostrada Yarix-Ma, aislada y reconcentrada en su disciplina sacerdotal.
Cuando supo que su hijo estaba entre los seleccionados Turik lo miró a los ojos y, con todo el cariño del padre, palmeándole los hombros, le dijo:
_Aquí está tu oportunidad, Razem. Siempre has esperado la más hermosa cherodini, la más pura y te has conservado virgen para merecerla. Deseas ser Gran Krachut algún día y la vida te presenta ambas posibilidades cuando ni siquiera tienes edad para ser Krachut.
_No tengo edad, padre, pero soy Krachut. Y seré el vencedor de estas pruebas. ¿Tienes alguna duda?
El orgullo de su hijo lastimó el corazón de Turik, quien se sintió un poco responsable por esa autoestima tan hipertrófica. Pero el padre nunca mentía y, con un suspiro de resignación, tuvo que reconocer que confiaba en él. Frunciendo la frente, mirándolo a los ojos con solemnidad, le respondió:
_No, Razem. No tengo la menor duda de que serás el vencedor. Lo supe desde que naciste, aunque tu madre no sobrevivió.
Guardó silencio unos instantes, y continuó:
_De lo que debes tener cuidado es de tu propio orgullo.
A quien menos deseaba ver triunfar Cherodín Pú era a Razem. Hijo de una cherodini, fue criado en el pueblo porque su padre decidió comenzar a entrenarlo antes del tiempo acostumbrado, lo cual sólo era posible dentro de los hijos del pueblo. Este interés en entrenarlo desde temprano se debió a las dotes excepcionales que mostraba, tanto en inteligencia como en poder muscular. Más alto que todos, de piel más lisa por el uso diario del aceite de tikrís, que le daba un aspecto ligeramente bronceado a su tez blanca grisácea. El aceite de tikrís tenía la propiedad de impedir que las colonias de hongos y de algas carnívoras arraigaran en la piel de las personas; pero su uso diario producía melanina, bronceando artificialmente la piel. Sobre esto había diferencias entre algunas cherodinis que creían que, para mantener el tono blanco grisáceo de su tez era preferible no usarlo tanto, y estaban pendientes a diario de la presencia de las esporas de las algas carnívoras que al principio eran visibles como puntos oscuros, que ellas desprendían de su piel cuando se bañaban en el río frotándose con esponjas vegetales en medio de un alboroto de alevines que se acercaban a devorar las esporas. Razem era más práctico. Para prevenir que estos gérmenes se acercaran a su piel y para que jamás los hongos desarrollaran allí sus filamentos con cabeza blanca que los enfermos raspaban con paletas de piedra hechas especialmente para eso, había decidido que jamás tendría un alga carnívora creciendo en su cuerpo. El punto negro, la espora, arraigaba rápidamente alimentada por la humedad del ambiente y la oscura sangre del atlante y a los pocos días desarrollaba una fronda gris rojiza cuyo extirpamiento era en extremo doloroso y dejaba cicatrices que ningún medicamento podía eliminar. Diariamente se bañaba en el río frotando su cuerpo con una esponja vegetal. Seguidamente se secaba bien y se aplicaba en todo el cuerpo el aceite de tikrís. Como consecuencia de este tratamiento el vello del cuerpo del joven era cada día más ralo, incluso en la cabeza, que era por naturaleza más hirsuta; su cabello crecía menos abundante y más grueso, oscurecido ligeramente por la melanina que producía el aceite medicinal. Esa tenue morenez era vista en el pueblo como un signo de higiene.
Cherodín Pú veía esa extrema higiene como un signo del orgullo de quien desea ser perfecto y tiene tal vez aspiraciones que superan la realidad. Ese orgullo y arrogancia no le hacían ninguna gracia al anciano ni al Gran Krachut, quien aspiraba verse sustituido, ¡Si es que podían! Por un hombre de mayor edad y más formal. Aunque a este respecto tenía una absurda corazonada que involucraba al muchacho, le parecía ridícula la posibilidad de enfrentarse a muerte con un mozo como este, quien, pese a sus dotes obviamente excepcionales, sería vencido merced a su extrema juventud e inexperiencia. Cherodín Pú, quien sintió el magnetismo personal del joven krachut, sabiéndolo capaz de vencer, suspiró al pensar cómo le caerían tantos honores a un carácter tan bizarro e individualista.
Los aspirantes fueron sometidos a pruebas que ninguna persona normal podría pasar. El esfuerzo más allá de la resistencia humana, el salto sobre el abismo, que sólo ganándolo se salvaba la vida, la rapidez al desprender aguijones a los grandes escorpiones cuyo veneno mataba instantáneamente; la intuición al escoger la comida que no estaba envenenada, fueron eliminando uno a uno a los aspirantes. La prueba final para el único sobreviviente fue el combate a muerte con el Gran Krachut.
Pero Razem pensaba que si los dioses habían decidido que él fuese consorte de Yarix-Ma, La Intocable, y padre del Hijo de los Dioses, sería invencible.
El recio Gran Krachut había visto a la cherodini Intocable muchas veces a escondidas y sabía que tenía la piel de los brazos casi sin vellos y con un tenue matiz bronceado que indicaba el diario uso del aceite de tikrís, que además daba a su cabellera un leve matiz oscuro. No vio que sus ojos eran castaños debido a que tenía que verla de lejos; pero quedó hechizado por su etérea castidad y el aura azul claro que la rodeaba, como a los Grandes Cherodes y a los Semidioses. La contemplación subrepticia de La Intocable le dio más coraje para enfrentarse a su oponente.
Cuando el Gran Krachut tuvo frente a sí a Razem sintió que estaba frente al elegido de los Dioses. Recordó entonces a La Intocable para darse ánimo. El sólo pensar en aquella mujer y la idea de dejársela a otro movió sus fuerzas más recónditas. En el decisivo instante en que comenzaba el combate a muerte, Razem le sonrió.
_Mis Respetos, Gran Krachut. Siento tener que vencerte. Pero para eso he nacido. La Intocable Yarix-Ma me espera.
La lucha fue sin armas. La más grande exhibición de artes marciales de la época que la ciudadela y el pueblo, congregados alrededor de la plataforma, habían visto jamás. La agilidad y destreza del Gran Krachut, la fuerza y dominio propios de Razem, su aguda intuición del momento y el punto en que debía atacar, pusieron a su adversario en su poder. Los músculos, la vista, cada dedo de Razem parecían guiados por un espíritu superior.
Con evidente dolor asestó el golpe final en la frente y no fue alegría lo que sintió al verlo caer. Cuando vio al máximo Krachut muerto a sus pies, gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas y adoptó la posición del Gran Respeto.
Fue sometido a una cura de purificación después de haber matado, hecho que sólo se permitía en las guerras por la supervivencia de la comunidad, y en grandes rituales como este. Sufrió la cuarentena consciente y optimista, sabiéndose merecedor de los mayores honores. No le importó el ayuno ni los días sumergido en agua, ni el tiempo tomando infusiones de hierbas amargas, encerrado en una celda. Al salir fue investido en medio del júbilo del pueblo que, pese a haber nacido en la ciudadela, lo consideraba parte suya por haber sido criado entre los zagales.
Los cherodes desconfiaban de él por su orgullo, pero si los dioses habían decidido que venciera, esa era la ley a respetar y la respetaban. Su nombre llevó desde entonces el sufijo Pú, que significaba De los Dioses, y fue casado con Yarix-Ma en un fastuoso ritual. Toda la clase sacerdotal, en medio de profusión de humos aromáticos, presenció la Santa Fecundación.
Durante el tiempo de espera Razem se sentía en el cielo. Se felicitó por haberse conservado virgen y poder optar por la cherodini más especial de toda la ciudadela para ser el canal por el cual se manifestaría el poder de los dioses, que produciría un hombre del futuro. No le hizo caso a la advertencia expresa, antes de las competencias, de que la esposa, una vez fecundada, dejaría de ser su mujer para siempre. Volvería a ser Intocable. Esto le resbaló, pensando que haría valer sus derechos de esposo, que, según las tradiciones, exigían el consentimiento de ambos esposos como único requisito para disolver el matrimonio.
Cuando ese mediodía, desnudo, fue llevado al altar, donde la novia esperaba en su más prístina y enjoyada desnudez, Razem sintió que se le aflojaban los tobillos.
Un líquido caliente pareció recorrerlo desde los pies hasta la cabeza poniéndolo al borde del desmayo. Aún así, sintiéndose irreal, subió al altar circunspecto y marcial; pese a que por dentro se sentía desfallecer de emoción. Al sentarse para comenzar el Maithuna, sintió que se elevaba por los aires y desde lo alto donde su espíritu fue ascendido observó cómo un haz de luces de varios colores envolvía su cuerpo y lo animaba para continuar el ritual sexual. Testigo de su propio himeneo, el joven fue presa de las sensaciones más dulces, efluvios que le produjeron un inefable éxtasis a su alma temporalmente liberta.
Alrededor, extáticos y en posición del Gran Respeto, todo el pueblo y toda la ciudadela estaban presentes, de pie, en silencio. Sus ojos miopes no podían ver más que la silueta de los cuerpos y las luces, en la seguridad de que allí estaban los dioses que encarnarían un cuerpo humano para estar entre ellos.
Al terminar el ritual, separado ya de la cherodini y bajado del ara, volvió a recuperar su cuerpo, caído inconsciente sobre el tapiz bordado en oro que había sido dispuesto para el efecto.
Cuando regresó a su conciencia de vigilia los recuerdos físicos del Maithuna lo envolvieron y el deseo de experimentar personal y conscientemente aquella felicidad quedó prendido en él. Se trazó el objetivo de desposarse normalmente con la joven cherodini después del nacimiento de su hijo. En sus hombros, en su cuello, en su cuerpo todo, el Gran Krachut sintió la suavidad del cuerpo desnudo de la mujer más admirada y respetada por todos los hombres de aquella nación, y a la que secretamente todos abrigaban el imposible deseo de tener.
Le fue fácil asumir su puesto de máximo jefe militar de su país y comenzó a ejercer de una manera brillante. El haber sido consorte de La Intocable destinada a los dioses y el carácter gallardo y poderoso que le llevó a vencer las mayores pruebas le garantizaron la obediencia y devoción de todos sus subordinados, en todas las jerarquías.
El devenir de la vida había demostrado que las personas que tienen una vida especial consiguen un destino especial, a despecho del qué dirán. Lo único que no pudo conseguir nunca más el Gran Krachut Razem-Pú, hasta el momento de su muerte, cuando se hundió el viejo mundo, fue aparearse de nuevo con Yarix-Ma.
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