SEDA PURA 6

  1.  Espiar cuesta caro


El viernes, Nilda llegó un poco más temprano que de costumbre, y comenzó a preparar el trabajo del día. A las siete y cuarto se situó junto a la puerta, y esperó que subiera Thiago. Vaciló un par de minutos, y empujó la puerta suavemente. Ésta se abrió, y lo primero que vio, al final de la gran sala, fue a Thiago sentado frente a su computadora, poniendo en orden unas carpetas. De pronto, lo vio erguirse y caminar de una forma extraña. Debió de verla, pero aparentemente no lo hizo, porque giró como si hubiese sido empujado por un viento, y comenzó a subir las escaleras. Uno, dos, once escalones de madera bien sustentados por gruesa vigas de hierro.

Nilda se escondió acurrucada detrás de un escritorio, y desde allí observó lo que hacía su novio. Vio la puerta abrirse y, detrás de ella, escuchó el sonido metálico del seguro de la puerta, cerrarse automáticamente. Volvió a mirar hacia arriba, al cuarto piso, y vio a Thiago entrar. Percibió la apagada melodía de una canción evangélica y la risa de una mujer, en un tono siniestro, que le dio escalofríos.

“¿Seguro que eso fue una risa?”

No podía salir, así que se quedó allí por media hora. Apagadamente le llegaban rumores del cuarto piso, parecía como una pelea de perros, algo raro, no humano.

Pasado un rato, vio a Thiago regresar a su escritorio, con el mismo tieso estilo de caminar, y sentarse. Enseguida oyó el seguro de la puerta que se destrababa, y corrió a esconderse tras otro escritorio. Momentos después, los pasos calmados de doña Cida se acercaron por las escaleras, y la puerta cedió al leve empuje de la mano de la asistente administrativa. Traía una bandeja de cartón con tres cafés.

“Para ella, Thiago y la hombro ancho”.

En el momento en que Cida le entregaba el café a Thiago, Nilda salió de su escondite, movió la puerta, para que pareciera que acababa de entrar, y se acercó resueltamente al escritorio de su novio. Todo el mundo conocía su relación, de modo que no creía necesario esconder nada.

Thiago levantó la mirada del café, miró a Cida, que colocaba un café en su escritorio y comenzaba a subir las escaleras, y le sonrió a Nilda.

_De quien estábamos hablando.

Se levantó y le dio un beso rápido en la mejilla, mirándola a los ojos con amistad. Al acercarse, Nilda notó un olor extraño como a hormigas trituradas y alguna planta que alguna vez había olido, cuyo nombre no recordaba

“¿ajos podridos?”

En el cuello, entrando ya en la impecable camisa azul claro, Thiago tenía un rasguño del cual casi brotaba sangre.

_¿Qué es eso que tienes en el cuello?

Él se tocó el lugar indicado.

_¿Tengo un rasguño? Últimamente me aparecen rasguños por todo el cuerpo. Mi hermano me dijo que me cuidara del gato de la vecina.

Nilda se quedó mirándolo en silencio.

“Cuánto descaro”.

_Creía que habías peleado con tu jefa.

_¿Con Doña Luana? Ni se me ocurre. Es muy estricta, pero ni en chiste llegaría a la violencia. Sabes que es casi pastora evangélica.

_Ah, ¿Y cómo está ella hoy?

_No sé, todavía no he subido, tengo que organizar las cosas que debo presentarle, ella es muy delicada con los detalles. Y estoy atrasado, el tiempo se va volando en la mañana, apenas entro, ya llega doña Cida y yo estoy siempre atrasado con el trabajo.

Nilda lo miró a los ojos. Por la expresión de su cara, parecía que Thiago creía en lo que estaba diciendo.

_¿Así que no recuerdas haber subido a la oficina de la hombro… de doña Luana hoy?

Él la miró extrañado.

_No estarás celosa de una señora mayor como ella, ¿verdad?

La voz de Thiago le sonó cansada, como que el joven acabara de despertar de anestesia o algo así, y hacía un esfuerzo para hablar.

_¿Te sientes cansado?

_Si. Me pasa a veces en la semana. Y es raro, porque dormí bien anoche. ¿No te dicen nada si te quedas aquí? digo, tu jefe de departamento.

Ella captó la indirecta y se despidió.

Mientras bajaba las escaleras para el segundo piso, su perplejidad iba en aumento. Thiago no recordaba nada de lo que hizo en la oficina de su jefa, o era un embustero experto. Antes no había intentado engañarla, pero algo de bueno para él debía tener la hombro ancho que lo dejaba cansado, y con ganas de estar solo.

“Sin mi”.

Y ese olor desagradable. No era un olor a sexo, ni siquiera un olor a mujer, ni a perfume. Era un olor animal, de un animal desconocido.

Cuando Nida salió del salón del tercer piso, desde lo alto de la escalera, Luana Petrovich la observaba en silencio.

Cuando volvió a su puesto de trabajo, su jefe la estaba esperando, visiblemente contrariado.

_Tengo más de media hora aquí, esperándote. Un cliente necesita esta pieza de urgencia, para medio día debe estar pronta para entregar. Y acabo de recibir una llamada de la gerente, de que estás allá, distrayendo a su secretario, que tiene su trabajo que hacer. No eres nueva aquí, sabes cómo funcionan las cosas en esta empresa. No tengo que estar recibiendo regaños de la Gerente por ti. La siguiente vez, te suspendo. Si no es que te despide doña Luana. Estaba muy disgustada.

El sermón se extendió por unos minutos más, tiempo suficiente para que la depresión que ella estaba experimentando, aumentara.

Lentamente, caminó hasta su puesto de trabajo frente a la gran mesa de corte, recuperó el gabarito y se puso a trabajar.










































































SEDA PURA. Capítulo 5

  La pasarela de las novias

La pasarela de las novias pasa por encima de la avenida Tiradentes, y va desde la salida de la estación Luz, que abre exactamente en un edificio dedicado a una importadora china de vestidos de novia, que sin embargo tiene un nombre no asiático: Center Noivas. En todos los alrededores, a la derecha, hay tiendas dedicadas al matrimonio, un ritual muy respetado en Brasil, que da trabajo a multitud de personas, y proporciona una felicidad ya programada en las mujeres desde niñas, cuando se les siembra la meta de vestir un deslumbrante vestido, rodeada de un grupo de fantasía, que incluye damas de honor, familiares cercanos y amigas. Igual que en todo el mundo. No es que esta pasarela sea muy concurrida, la mayoría de los clientes de las tiendas especializadas viene de carro.

De pie sobre la pasarela de las novias, en su parte más alta, Nilda contemplaba la magnificencia del centro de São Paulo, con las enormes construcciones, que hablan de jerarcas y magnates que desearon una ciudad grande y hermosa, trabajaron para ello y obtuvieron resultados. La avenida Tiradentes es anchísima y siempre está repleta de carros de modelos recientes, que circulan en ambas direcciones. Grandes edificios a ambos lados, antiguos unos, otros más modernos, ostentan hermosos detalles arquitectónicos que, si descritos, parecieran ser de cualquier gran ciudad del mundo, pero, en São Paulo, muestran la personalidad propia de la gran ciudad brasilera: Los colores pastel, en tonos pocas veces usados en otras ciudades, la belleza de cada edificio, como si fuera el producto de un concurso, en el cual distintos arquitectos quisieran mostrar sus mejores creaciones. Es difícil concebir que una selva de hormigón pudiera tener tal armonía, dentro de la diversidad de sus componentes. ¿Fue planificado? ¿Fue el resultado “casual” del trabajo de las generaciones? Discernir y especificar eso es una labor que corresponde a los especialistas en historia y arquitectura, de los investigadores que se sumergen en el fascinante mundo del desenvolvimiento de los hechos en el tiempo y lo correlacionan con los momentos sociales y culturales.

Pero Nilda no pensaba en eso. Estaba confundida todavía por las cosas que había descubierto, y por la decepción en relación a su novio. Muy en el fondo, una remota esperanza de que algo extraordinario estaba ocurriendo y de que Thiago no lo sabía, se peleaba con la idea que le entraba con el aire que respiraba:

“No debo hacerme ilusiones, los hechos son evidentes.”

Una vaharada de brisa fétida, procedente del suelo sin pavimento de bajo la pasarela, la hizo olvidar por un momento sus sombríos pensamientos. A pesar de que estaba en el corazón de una de las ciudades más grandes de este lado del mundo, plena de leyendas y realidades y sobre todo, plena de potencialidades felices, el asqueroso soplo le sugirió otra realidad física inexplicable. Esta fetidez era una de las brechas ruines de la realidad, parte del lado oscuro de São Paulo.

¿Qué misteriosos jerarcas y líderes, ocultos en un oscuro poder tras el poder, permiten que una ciudad tan peculiarmente encantadora, esté embarrada de caca, precisamente en el centro del centro? Esa pregunta quedará sin respuesta creíble, por lo menos mientras viva la presente generación.

Nilda había estado oteando el paisaje. Amaba São Paulo: los edificios muy altos y en colores verde claro, lila pastel, el degradé de grises, las distintas formas, las diferentes orientaciones que le daban personalidad al centro de la ciudad.

Contuvo la respiración después de estornudar y miró hacia abajo. Bien cerca de la pasarela había un pequeño restaurante. Lentamente descendió las escaleras y se encaminó por la avenida Tiradentes, rumbo al este, buscando la calle São Caetano, bien conocida como la rúa das noivas, debido a la multitud de tiendas que, una al lado de la otra, se especializan en vender vestidos de novia, de damas de honor, y algunas, mostraban ternos para los novios.

Al descender de la pasarela para encaminarse a la calzada de la enorme avenida, Nilda miró, incrédula, el concurrido restaurante, pequeño, pero cuyos deliciosos aromas se entremezclaban con los que procedían de abajo de la pasarela.

“Hasta podría patentarse este olor con el nombre de este punto exacto de la ciudad. ¿Cómo pueden comer en medio del hedor a mierda?”

Había salido del trabajo, y automáticamente se había dirigido a la rúa das noivas, caminando hacia el este por la rúa da Graça. Había pasado por el lado de la Praça da Luz. No le gustaba entrar en el parque, para no soportar la mirada de cazador de algunos viejos y moradores de rúa que iban a buscar a las prostitutas más económicas de la ciudad: Tristes y desnutridas mujeres, hombres vestidos de mujer, personas que con sus miradas decían que habían perdido toda esperanza en la vida, si es que algún día la tuvieron, que, con miradas humildes y temerosas, ofrecían en silencio su antigua mercadería en los senderos de la plaza, sentadas en los escasos y sucios bancos, y cruzando la amplia avenida, algunas, y otras, paradas calladamente en los rincones y las pasarelas internas de la estación Luz.

Las pocas veces que Nilda había atravesado la plaza de la Luz, ninguno de estos personajes la había incomodado. Era evidente que los clientes habituales del absurdo mercado de las emociones tristes, sabían que aquella hermosa mujer, bien vestida y erguida, no estaba a su alcance.

Nilda había pensado, algunas veces, en la posibilidad de comprar un vestido de novia en la rúa São Caetano, uno básico, que después, junto con su tía, decorarían hasta personalizarlo, dándole valor y belleza. Había caminado por allí, observando vidrieras e imaginando el smocking que podría lucir Thiago en el día tan esperado en que ella se vestiría de blanco y mostraría a todo el mundo que ambos formarían una familia y lucharían juntos para que todo diera cierto.

Pero eran otros días. Un hondo suspiro salió de su pecho, al recordar el olvido del último mes, y el hecho de que había descubierto que su novio se había encerrado solo con su jefa en el piso tres. Probablemente no era la primera vez. Luana Petrowski era casada, era evangélica, se la pasaba predicando la pureza, la sinceridad, la responsabilidad. Y sobre todo: Era fea. Su cuerpo era como una panela de jabón, cuadrado, con las piernas flacas como salchichas, y sólo las ropas lujosas y la multitud de joyas falsas amenizaban un poco su apariencia. Tenía los ojos demasiado pequeños y casi redondos, que el maquillaje apenas conseguía disimular un poco. Y su voz parecía el chirrido de la máquina cortadora. Nilda estaba segura que aquellos cabellos plateados y ligeramente ensortijados, eran una peluca.

“Si por lo menos me hubiera traicionado con una mujer más bonita que yo”.

Esa tarde no miró los vestidos, aunque su cara se dirigía a las vidrieras. Iba ensimismada, despidiéndose de su relación de dos años con Thiago, de sus sueños de formar con él, algún día, una familia. No concordaba con las personas que decían que había que “luchar” por conservar el amor. Eran boberías.

“El que quiere estar quiere estar, y el que no, no puede obligarse”



SEDA PURA capítulo 4


 La pesadilla



Las heridas abdominales eran un tormento para Nilda, obstaculizaban su movilidad y la hacían sentirse inútil, preocupada por haber faltado al trabajo sin una justificación, y por haber desaparecido de su casa. ¿Será que su tía la había buscado? ¿Será que en Seda Pura creían que había abandonado el trabajo? ¿Y Thiago?

Recordar a Thiago le produjo una desazón casi dolorosa, una aprensión que no acertaba a comprender. ¿Estaría bien? ¿Será que también él había sido atacado por la fiera, o lo que fuera, que casi la mató?

Se dio vuelta en la cama de hospital. Según la enfermera, iba evolucionando bien y los días en coma, con la inmovilidad, habían contribuido a que las heridas comenzaran a cicatrizar. Las noticias le llegaban confusas. Algo, una especie de gripe, podría llegar a la ciudad procedente de China, y los rumores corrían por los pasillos del hospital. Se anticipaba que sería mortal y altamente contagiosa. Nilda pensó que si la bestia venenosa no la había matado, tal vez lo hiciera la gripe, el virus xyz, o como lo llamaran. A menos que, cuando llegaran los primeros pacientes, ella ya no se encontrara allí hospitalizada.

En la tarde la visitó su tía, a quien había avisado a través de un teléfono prestado. Estaba asustada por la prolongada y desacostumbrada desaparición de su sobrina. La había buscado por todas partes, incluso había ido a ese hospital, y nadie con ese nombre había sido ingresado. Al terminar la hora de la visita, Nilda se quedó sola, con más preocupación que antes. ¿Qué clase de novio era Thiago, que ni siquiera había llamado a su casa, cuando vio que ella faltaba al trabajo? Una sensación de miedo y decepción le subió a la garganta.

Suspiró y cerró los ojos. Enseguida volvió la imagen de la cara deforme, con piel escamosa y ojos de pupila vertical, que parecía hablar diciéndole algo que no podía entender.

“¿Será la cosa que me atacó?”

Apartó la idea de su mente, se repitió que en São Paulo no habían monstruos, y se prometió no ver más en su vida ninguna película de terror, porque de allí es que debía venir esa imagen de pesadilla.

“Tal vez” -racionalizó- “algún criminoso me atacó para robarme. Eso explica por qué no tenía documentos. Se llevaría la cartera con todo. Y se debía haber llevado un disgusto, porque me pagan por transferencia”.

Le volvió el recuerdo del rostro de la bestia, y la voz de ésta se fue aclarando hasta casi parecer humana, terminando en una carcajada como un siseo, como si se tratara de una serpiente tratando de hablar portugués. Un escalofrío de miedo recorrió todo su cuerpo y gritó con todas sus fuerzas, perdió el aliento y se desmayó.

Cuando se despertó ya era de noche, y lo primero que recordó fue el sueño que tuvo: Se vio a sí misma acercándose a la puerta de la oficina del segundo piso, como de costumbre, a las siete de la mañana. Ya Thiago había perdido el hábito de pasar a saludarla cuando llegaba, un poco después. Un mes y cinco días exactamente. Ya lo extrañaba, así que, para no parecer intensa, decidió hacerse la encontradiza con él, para verlo y facilitarse la comprensión de lo que acontecía, si es que estaba llegando muy tarde y ya no tenía tiempo, o simplemente se había encontrado otra novia. Los días en que la invitaba a almorzar también estaban lejos.

“Evidentemente, algo acontece”.

Dejó el gabarito que había seleccionado para cortar un blazer y lentamente fue caminando hacia la salida del salón. Seguramente, Thiago estaría llegando. Oyó sus pasos en las escaleras y, cuando llegó a la puerta, él ya había pasado sin volverse a mirar, y subía rápidamente para el tercer piso. Estuvo unos minutos vacilando y por fin se decidió. Sabía que en la primera hora, en cuanto llegaban los trabajadores, la puerta del tercer piso estaba sin seguro, y podría entrar por un momento a saludarlo, porque aún era temprano para él comenzar su jornada. Vio el reloj. Eran las 7 y 25 horas. Subió los peldaños y empujó la puerta. Estaba cerrada con llave.

“Qué raro”.

Volvió a su puesto y no pudo dejar de pensar en ese detalle. A esa hora, sólo estaban Thiago y la jefa.

“¿Por qué será que se encierran?”

La sospecha despertó en ella y no la abandonó en todo el día. Estuvo pendiente y cuando llegó la asistente contable, a las 7 y 50, observó en dirección a la puerta para acechar si aún estaba asegurada la entrada del salón del tercer piso. Pero la señora Cida empujó suavemente la puerta y entró. Todo estaba normal.

“Es media hora en la mañana, la que pasa Thiago encerrado con la hombro ancho. En media hora pueden hacerse muchas cosas”.

Un suspiro que salió de su propio pecho hizo comprender a Nilda que no se trataba de un sueño, sino de un recuerdo. ¿Qué día fue eso? ¿Fue el último día que fue a Seda Pura? Lo que fuera, aconteció después. Siendo que era miércoles, debía haber sido entre el viernes y el sábado por la mañana, que probablemente ella había ido a trabajar, aunque no lo recordaba. ¿O acaso en su mente estaban revueltos los días? La confusión le dio dolor de cabeza, o tal vez fue el dolor de cabeza lo que la confundió. Respiró profundo y cuando expulsó el aire, un largo quejido involuntario se escuchó en el estrecho cuarto donde la habían hospitalizado al salir de terapia intensiva, entre dos personas que siempre dormían, tal vez por los medicamentos.

“Debí preguntarle a mi tía”.



SEDA PURA


 Capítulo 3


EL TIEMPO DE LUANA PETROVICH


    Al fondo del piso de las oficinas había una pequeña escalera de caracol, metálica, que llevaba a la oficina de la gerente general, con una puerta cuya mitad superior era de vidrio transparente, desde la cual esta imponente mujer, cuyo aspecto atlético era resumido por los trabajadores, a escondidas, como “la hombro ancho”, vigilaba las actividades de sus subordinados, y recibía a los supervisores y jefes de departamento.

Thiago se sentó en su escritorio, al pie de la escalera, encendió la computadora y miró hacia el cuarto piso. De pronto, como atraído por un imán, se levantó y caminó erguido. Subió hasta la media planta. Frente a él estaba la puerta del reino de Luana Petrovich, la mandamás. Había luz y sonaba suavemente una canción evangélica. Ella estaba allí.

Como siempre que el secretario se plantaba frente a esta puerta, a esta hora de la mañana, todo el resto del mundo desapareció y se abrió un paréntesis en su vida, que quedaría sepultado cuando diera la espalda de nuevo y comenzara a bajar las escaleras.

La excitación nerviosa lo embargó sólo al pensar que estarían los dos solos en el cuarto piso, por los deseos contenidos que estimulaban su masculinidad de un modo que nunca experimentó con Nilda. Todos los vellos de su cuerpo se erizaban y tendría que esconderse, o sentarse, para que no fuera visible el abultamiento en la entrepierna. Eso no era necesario, porque nadie más había llegado aún.

Era capaz de hacer cualquier cosa en el mundo para que no se conociera el secreto que compartían. Ella era evangélica, asistente de la pastora de su iglesia, casada y con un par de hijos adolescentes. La foto familiar de ella, con los amplios hombros descubiertos, una camisa sin mangas con el escote semiabierto cubierto por muchos collares, el marido con cara de tonto casi atrás de ella, con una sonrisa en su cara de afortunado, y a los lados, una garota y un rapaz, feos como el papá, mas cuidadosamente acicalados como la mamá.

Thiago sabía que el tiempo de soledad en la oficina antes de que comenzara a llegar el resto del personal (la hora oficial de entrada era las ocho de la mañana), era todo lo que podía permitirse disfrutar de esa mujer extraordinaria, capaz de hacerle olvidar todo lo que no fuera ella.

Luana Petrovitch era de mediana estatura, pero lucía alta por los tacones y las plataformas de sus zapatos que, aunque desaconsejados por los expertos estilistas, a ella le daban mayor elegancia al elevar su estatura. Estaba vestida de negro de la cabeza a los pies, con una pantalona que casi cubría los zapatos, y una túnica bordada en hilo dorado, que llegaba justo a la altura de la entrepierna. Sus brazos estaban desnudos y cubiertos, casi hasta el codo, de pulseras con cristales rojos, verdes y amarillos, engastados en metal enchapado en oro. El cuello de la blusa era alto, con una abertura que llegaba hasta el alto de busto, y mostraba un retazo vertical de piel blanquecina. Él sabía que debajo de la pantalona y la túnica, ella no tenía nada más.

Ella sacudió la cabeza y sus elaborados rizos platinados bailaron sobre los hombros, en tanto una sonrisa distendió sus labios delgados. Sus ojos eran pequeños, mas la magia del maquillaje le daba un encanto especial a su mirada, de ojos verdosos que a veces podían ser un poco castaños, o de un azul translúcido cuando estaba enojada.

Todo era perfecto en ella. La ropa, el maquillaje, el peinado, la dicción perfecta de su portugués. Y el magnetismo personal que se adueñaba de Thiago y lo convertía en un esclavo de todo lo que ella quisiera, cuando ella quisiera.

Como ahora.

Como un autómata, entró a la oficina, no sentía el piso. Toda su atención, todas sus fuerzas, toda su alma estaban enfocados en ella y en la idea fija de complacerla, en el placer anticipado de servir a aquella mujer que se había apoderado de su voluntad.

Ella balanceó un poco las caderas y accionó el mecanismo electrónico para cerrar la puerta del tercer piso y así, segura de no ser interrumpida, se sentó en la poltrona de los visitantes.

Para Thiago, todo en ella era elegante, incluso la posición desinhibida e invitadora que ella adoptó, mientras lo llamaba con un gesto de la mano, sin decir una palabra. Alucinado y sin poder ver nada más, él se dio cuenta, entonces, de cuán transparente era la pantalona.



Al igual que cada miércoles y viernes, una vez en su escrivaninha, cuando escuchó la entrada de la señora Cida, la segunda en llegar al trabajo, Thiago se extrañó de lo rápido que pasaba el tiempo. Es por eso que, cada día, se apresuraba a llegar. Allí, el tiempo volaba. Y cuando la asistente administrativa llegaba, él estaba tan cansado, que necesitaba varios minutos y tomarse un café bien cargado y dulce para comenzar la jornada. La señora Cida se lo traía, de máquina y bien cargado, como cada día.























SEDA PURA

Capítulo 2


En el centro de la metrópolis


São Paulo es un ramillete de ciudades, cada una con su propia personalidad. Las cinco direcciones: norte, centro, sur, este y oeste, son rumbos que llevan a mundos aparte, tan diferenciados, que a pesar de estar en la misma ciudad, a veces acontece que, mientras en uno llueve, en el otro brilla el sol.

Esta ciudad tiene tres estaciones principales de tren subterráneo, llamado metrô, y superficial, operado por la empresa CPTM, que entrelazan los cuatro puntos cardinales. Estas estaciones centrales son: Brás, Luz y Sé. La estación Sé está en el corazón formal de la urbe. En todas las ciudades que constituyen la capital del estado de Sao Paulo, hay 89 estaciones de tren, pero ninguna tan grande ni tan concurrida como estas tres.

La estación Luz está al lado de un hermoso parque poblado de árboles majestuosos, que permiten respirar oxígeno a los numerosos seres humanos que lo contornean, y a veces, lo atraviesan. Es la Praça da Luz.

La vida dentro de la estación Luz es muy intensa, gente pasa desde todos lados para todos lados, plenando los pasillos como si de torrentosos ríos se tratara. Aquí el movimiento comienza desde mucho antes del amanecer y termina casi a medianoche, varios turnos de eficientes trabajadores de toda clase, que hacen funcionar este espectacular mecanismo. Tal vez, sólo tal vez, algunos de estos laboriosos brasileros saben o sospechan los espeluznantes sucesos que, de cuando en cuando, ocurren en esta estación y sus alrededores.

Cerca de la estación Luz pasa la amplísima avenida Tiradentes, y al lado del Parque da Luz, atravesando esa avenida, queda la sede central de la polícia federal. Dentro de la plaza se encuentran un acuario, una escuela intantil municipal (el EMEI João Teodoro), y destaca la vieja e imponente masa parda de la pinacoteca del estado de Sao Paulo.

Como todos los días, de lunes a viernes, desde hacía seis meses, Thiago Abreu desdendió del tren en la estación Luz, y buscó la salida que lo llevaba casi al frente de la pinacoteca, atravesó la ancha avenida por un amplio rayado y en la acera de enfrente de la estación dobló hacia la izquierda. Como casi siempre, las puertas del parque de la Luz se encontraban cerradas, tal vez se debiera a que eran apenas las siete de la mañana. Respiró profundo para tener aire, porque a la mitad del trayecto hasta la calle siguiente, contenía la respiración. El olor a mierda en diferentes estados de descomposición, la basura, la desidia, que siempre le parecieron intencionales, como si alguien estuviera procurando que los seres humanos se mantengan alejados de la plaza. No hay mejor repelente para las criaturas humanas, que el olor de sus propios excrementos. De tanto en tanto, algunos moradores de rúa se veían tumbados sobre el adoquinado pavimento, perplejos, rendidos, exausta su mente racional, muertos sus sentimientos y emociones, que son las características que los convertirían en verdaderos seres humanos. La suciedad, alguna botella vacía, un reguero de basura, eran sus compañeros, en medio del olor aexcremento que suele rodear la plaza da Luz como si cada día, sin falta, alguien lo hubiera regado meticulosamente.

Thiago se apresuró para cruzar la calle y se detuvo en el lanchonete de la esquina para tomarse un café, pero mudó de opinión y caminó unos pasos más, hasta el cubículo que se abría al lado del café, donde vendían unos jugos naturales que le gustaban. No estaba la muchacha que siempre atendía, sino una mujer de pequeña estatura que podría ser tal vez la abuela de la joven. Obsequiosa, la mujer le sirvió un generoso vaso de jugo de maracuyá, y en el momento de pagar, por un instante, Thiago pudo ver los ojos de la mujer. Contuvo la sorpresa que detuvo su corazón cuando vio que todo el iris de la atendente era de un color azul oscuro, y completamente vertical, una raya delgada que atravesaba la escleríótica de arriba abajo. Respiró profundo, se tomó el jugo y le sonrió a la mujer de la manera más cordial que encontró en su repertorio de sonrisas de secretario, ella lo miró por otro instante, y él pudo comprobar que la pupila seguía siendo vertical.

“¿Cómo conseguirá el efecto de ojos de serpiente?”

Sabía que no debía preguntar eso. Después del susto inicial, una intensa curiosidad se había adueñado de su mente. Y junto con la curiosidad, un dejà vú, algo como el recuerdo de una pesadilla, que de inmediato se escondió en lo profundo de su subconsciente.

Thiago Abreu era un nordestino de veintidós años, alto, estilizado, cuidadoso de su vestuario, no sólo por exigirlo la burocracia de la empresa, sino porque estar bonito es uno de los deberes cotidianos de todo brasilero que se respete. En este país la belleza no es una obligación sólo para las mujeres.

La estilosa barba, planificadamente descuidada, los semi alborotados, sedosos y negros cabellos de Thiago, su ropa bien ajustada al cuerpo y de reciente data de compra, son comunes en la misma Sao Paulo en que los rastas lucen orgullosos sus drelos, donde el cabello afro, en melenas enormes y bien cuidadas, convive con los lisos y perfectamente cortados cabellos de los orientales: chinos, coreanos y japoneses, así como con los rubios naturales y los oxigenados.

Con la mirada dulce de sus grandes ojos oscuros, bajo las pobladas cejas que él mantiene en forma con una pinza, Thiago nota la mirada de los demás, que es su mejor espejo en la calle. Se viste para las otras personas, porque está convencido de que las ropas son un lenguaje que informa al prójimo de cuánto lo apreciamos, tanto, que nos presentamos ante ellos con el mejor aspecto que podamos lograr.

Cada día, Thiago llegaba puntualmente a su trabajo como asistente en la oficina de personal, dirigida por la mujer más elegante, sofisticada, estilosa, bella y atractiva del mundo: Su jefa directa. Y ese día no podía ser la excepción.

Trabajaba duro, haciendo su mejor esfuerzo para que la jefa estuviera contenta con sus servicios, no sólo para cuidar el empleo, sino porque una semisonrisa de aprobación en los pintados labios de esta mujer, era como una gota de elíxir de la felicidad que cayera del cielo, sólo para él.

La novia de Thiago era una garota que conoció en Sao Paulo, y que le recomendó buscar empleo en Seda Pura, donde ella tenía años trabajando, donde entró como ayudante general, y ya había aprendido a cortar y coser las delicadas y costosas piezas que allí se elaboraban.

Era una mujer de su misma estatura, de caderas amplias y cintura delgada, con una hermosa melena encaracolada, que ella cultivaba escrupulosamente, siempre limpia y bien peinada. Ella no usaba mucho maquillaje, no lo necesitaba para lucir bien; su tez bronceada, sus labios carnosos y sus grandes ojos verdosos, ornados con pestañas largas y rizadas, juntaban en ella el ADN de ancestros de todas partes del mundo.

Era Nilda.

Habitualmente, cuando Thiago llegaba al trabajo, en horario de oficina, ya hacía rato que ella estaba allí, porque el horario de las costureras empezaba antes y terminaba después que el horario de las oficinas y como Nilda vivía bien cerca de Crakelandia, no precisaba caminar demasiado para llegar al trabajo, y menos aún tomar ônibus ni metrõ. Así que sus encuentros y salidas juntos eran estrictamente planificados.

Hacía ya cuatro días que Nilda, aunque venía puntualmente al trabajo, no lo llamaba, ni le respondía sus llamadas telefónicas ni sus mensajes de texto, y Thiago ya comenzaba a precuparse, a pesar de que su jefa intentaba tranquilizarlo, diciéndole que ella ya se comunicaría, y que le explicaría todo de una manera tan convincente, que él comprendería. Seguramente estaba disgustada conél. Suavemente, mirándolo de reojo, le sugirió:

_Tal vez sea el momento de recordar que es tu novia, y por lo menos ir a almorzar con ella _había dicho su jefa, con una sonrisa que parecía divertida por el intenso rubor que cubría la cara de Thiago siempre que ella estaba presente.

Se apresuró, para recuperar los minutos que había utilizado tomándose el jugo, y miró distraídamente la fachada silenciosa del hotel Luz Plaza. Unos metros más adelante se levantan las paredes amarillas de una creche, como llaman aquí a las guarderías infantiles. Es el CEI Casa Dom Gastão, una guardería no-gubernamental. Como casi todo en Brasil, esta creche es enorme, y es ocupada, desde el amanecer hasta el anochecer, por 160 niños, que sus padres dejan allí en seguranza, sin tener ni idea de lo cerca que están de uno de los lugares más misteriosos de la capital paulista.

Thiago pasó rápidamente, esta vez sin leer los letreros de los edificios, como a veces hacía para tornar menos aburrido el trayecto, y volvió a doblar a la izquierda.

Entre la creche y un viejo restaurante económico, pasa la calle Ribeiro de Lima, que se adentra en Buen Retiro, un barrio de fábricas, donde éstas exponen sus creaciones en vidrieras de modesto tamaño, contratan personal especializado y hacen sus negocios. Al final de Buen Retiro, alejándose de la plaza de la Luz, a poco más de un kilómetro, está Crakelandia, el paraíso de los traficantes de drogas, que ha resistido campaña tras campaña de los cuerpos policiales para erradicarlo, como si un poder mayor que el gobierno estuviera detrás del fatídico tráfico de estupefacientes.

Thiago siguió caminando paralelo a la gigantesca guardería, con la mirada fija en el final de la calle, donde ésta cruza la rúa Correio de Melo y cambia su nombre por rúa Da Graça. Siguió por la rúa da Graça, tan rápido, que pronto estuvo casi enfrente del museo de la migración judaica, ubicado en un ángulo agudo entre la calle Graça, por donde venía, y la rúa Lubavitch. Le gustaba la combinación de tonos azules que coronaban el edificio. Se detuvo con una sonrisa y sacó su teléfono para comprobar la hora. Había tardado veinte minutos desde la estación de metrô y el estacionamiento del edificio de la empresa donde trabajaba.

Entre una sucursal de la Caixa, que mostraba un único rótulo de letras blancas sobre fondo azul, con una equis que contenía un trazo ascendente rojo, y un pequeño abasto de chinos, estaba el estacionamiento, lo suficientemente grande para acomodar los camiones que traían insumos y los que se llevaban la mercancía, además de media docena de carros de algunos ejecutivos de la empresa y algunos trabajadores. Más allá, después de un barandal pintado de amarillo con rayas negras, estaba el edificio amarillo claro, de tres pisos, que contiene en su planta baja, grandes vidrieras, en las cuales exibe el muestrario de la ropa que se fabrica en las oficinas, como se llaman en São Paulo los talleres de confección. Allí está el departamento de mercadeo. En el segundo andar se encuentra el taller de corte y confección de muestras y piezas piloto, y en el tercer piso están los escritorios, la zona de burocracia de la misma fábrica, cuyo nombre: Seda Pura, informa el tipo de vestimenta que se realiza allí. Se trata de ropas elegantes, blazers, conjuntos de pantalonas de dama, de niñas, camisas y corbatas de caballeros, vestidos casuales de alto padrón y uno que otro smoking, cuyo corte se realiza en este edificio y cuya confección se envía a las oficinas y sastrerías especializadas, que los convierten en hermosas mercancías que pocos privilegiados pueden comprar.

Thiago caminó automáticamente por el área destinada a los peatones y empujó la pequeña puerta de vidrio transparente, sin seguro a esa hora, adentrándose en el pasillo, para subir las escaleras recubiertas con cerámica de gres de un color mostaza. En ese momento se repitió el dejà vú, un recuerdo de pesadilla que pugnaba por salir, una advertencia, que inmediatamente fue sofocada por la prisa de llegar temprano, mucho antes que los demás trabajadores.

Cuando llegó al segundo piso, miró a través de la puerta que tenía su parte superior, de vidrio transparente. Allí estaban las mesas de diseño y corte, y una docena de piloteras realizaban las piezas de muestra que, en los talleres, son escrupulosamente copiados en la confección de las piezas.

Al fondo del gigantesco salón, cuya atmósfera está controlada por un sistema de aire acondicionado central, que sólo se enciende en verano, y extractores de aire que no paran durante el tiempo en que se realiza el trabajo de planta, están las grandes mesas de corte, que durante ciertos días, son ocupados por un equipo de cortadores y ayudantes free lance, que convierten los rollos de seda pura y seda sintética de la mejor calidad, en paquetes listos para la confección.

También se elaboran ropas de otros tejidos: Algodón fino, lino puro, lana inglesa importada, para los ternos que son encargados desde los diferentes puntos de la federación brasilera, y que llevan el sello exclusivo de la marca: Una corona con una media luna, seguido por un elaborado letrero: Seda Pura, sostenida por un gusano blanquecino, hermosamente dibujado, transparente, para que no se robe la atención que la empresa quiere para su nombre. En una ciudad con cuatro estaciones; las estilistas, los sastres, las costureras, no paran nunca. Tanto para hacer las colecciones, como para realizar modificaciones y diseños, solicitados especialmente por algunas empresas exclusivas de dentro del país, y por el departamento consentido de la fábrica: Exportación.

Allí estaba su novia, trabajando en una pieza de ropa. Pese a que ella no volteó a mirar hacia la puerta, él creyó que ella sabía que él estaba allí, mirando. Entonces, Thiago dio unos golpecitos en la puerta, para que ella supiera que él estuvo por ahí, mirándola.

Suspiró y continuó subiendo.

Thiago se preguntó cómo es que a su novia podía gustarle trabajar de costurera, con jornadas agotadoras y salario escaso.

“Hace días que no la veo”.

Continuó subiendo hasta el tercer piso y se detuvo un instante en la puerta de entrada, que se abrió inmediatamente al ser empujada levemente con la mano. Una mano de miedo tocó ligeramente su corazón, y suspiró.

Cuando cruzó la puerta, aunque allí estaban los escritorios de costumbre, vacíos a estas horas, los archivos y todas esas cosas que son útiles en las oficinas, Thiago entró en otro mundo, donde recordaba hechos que sólo aparecían en su conciencia ordinaria como chispazos que se escondían de inmediato en la oscura profundidad de su subconsciente. Todo su inexplicable miedo desapareció.


SEDA PURA. Capítulo 1.

(Cuento de terror)

}

Lo primero que percibió Nilda al despertarse fue la textura del tejido de poliéster y algodón, tenso sobre el colchón, y notó que la superficie bajo la tela era dura, lo cual le extrañó, porque su sábana era de tejido sintético y abajo, siempre le gustaba colocar un protector de colchón guateado, muy suave. Respiró profundo y percibió que estaba cubierta por una sábana del mismo material. Conocía la textura de cada tejido, formaba parte de su desempeño profesional. Luego percibió el rumor de voces masculinas cerca de ella, en las que eventualmente participaba la voz de una mujer.

Será que dejé el televisor encendido?

Con un suspiro, se despertó el resto de su cuerpo y sintió un dolor generalizado que rápidamente se localizó en la zona de su abdomen, y en las muñecas, donde algo le ardía. Con el dolor intenso, que se acentuaba cuando respiraba, como telón de fondo, continuó escuchando las voces, y tomó conciencia de que no estaba en su casa.

Dónde estoy?”

Con la mano derecha palpó su abdomen, y se dio cuenta de que tenía gruesos vendajes. La respuesta le vino como un rayo.

Nossa! Estoy en un hospital! Qué me pasó?”

Hizo un esfuerzo para recordar el accidente, o lo que fuera que había ocurrido, para terminar allí, pero un bloque de olvido había sellado su mente a partir del mediodía, cuando había almorzado sola, por decimoquinta vez, la marmita que llevó de su casa, para economizar su salario, porque su novio últimamente no tenía tiempo para almorzar con ella, y almorzar en restaurantes, en el centro, era demasiado caro para su capacidad adquisitiva.

Suspiró y prestó atención a las voces, tal vez ellas le informaran algo. Una nueva se había integrado, más firme que las anteriores.

_No -había dicho la voz femenina. Todavía no ha despertado.

_Meu deus do céu! Ainda! Espero que no se nos vaya.

_Respondió favorablemente a la operación, suturamos todas las lesiones internas, y le suministramos antídoto por vía endovenosa. Era un veneno muy poderoso, pero se la arrebatamos a la muerte.

Había un cierto orgullo en el tono de voz del médico (tenía que ser un médico) La voz femenina dijo claramente:

_Es un caso extraño. Nunca antes trajeron un paciente así a este hospital.

_Si no hubiera sido por el morador de rúa que hizo su teatro, habría muerto desangrada y envenenada ahí donde estaba.

_Si. Y de septicemia. En ese lugar, pareciera que los limpiadores de la ciudad se habían olvidado limpiar en mucho tiempo.

_Limpian. Es que ahí es donde los moradores de rúa hacen del número dos.

_Y cómo está el hombre que la ayudó a ser encontrada?

_Le dimos de alta. No tuvo fracturas, aunque sí traumatismos en gran parte del cuerpo.

_Fue un valiente.

_Fue.

Nilda había ido comprendiendo. Había sido encontrada, gravemente herida, en un estercolero de la ciudad, después de que un indigente había hecho no sé qué teatro para que le prestaran atención. Respiró profundo y eso hizo que el dolor abdominal fuera mayor, decenas de agujas parecieron clavarse en todo su abdomen, y su quejido llamó la atención de los que conversaban. En ese momento, abrió los ojos.

En efecto, estaba en un limpio y ordenado cuarto de hospital que olía a alcohol, y el pitido de una máquina se incorporó, en su conciencia, a los sonidos. Entonces notó que las conversaciones habían estado desarrollándose en susurros, y sin embargo llegaron a ella nítidamente, probablemente por el hondo silencio reinante en el recinto hospitalario, sólo matizado por alguna voz apagada, proveniente de las salas vecinas. No había luz en el cuarto, sino una muy leve que no sabía de dónde venía.

Poco a poco sus ojos se adaptaron a la semipenumbra y pudo constatar que un sinnúmero de luces brillantes estaban encendidas a unos pocos metros de allí, y ella se encontraba en un pequeño cubículo, formado por cortinas de un tono de la gama de turquesa, que servían de filtro a la luz blanca, creando un ambiente irreal. Movió los ojos y descubrió que, en la única pared de concreto, había empotrados unos aparatos, dos pantallas, varios cables y tubos que descendían como gusanos. Un leve zumbido y un pitido intermitente, que ya había visto en las telenovelas, se incorporaron poco a poco en su conciencia, como telón de fondo para las voces de las personas que conversaban detrás de las cortinas azules.

_Se despertó -dijo la voz de mujer.

Todos callaron de repente, y la cortina se descorrió. Las personas, hasta ese momento invisibles, aparecieron a pocos pasos de ella y se acercaron a la cama. Eran tres hombres y la mujer, todos médicos, a juzgar por sus batas. Dos de los hombres, y la mujer, tenían el pantalón y la camisola que se usaba en los quirófanos, de un azul a juego con las cortinas, y en medio del único bolsillo, a la izquierda del pecho, pudo distinguir la identificación del hospital, pero su vista estaba un poco borrosa. A caballo sobre el cuello los dos hombres, y sobre el hombro, la mujer, llevaban el estetoscopio. Los otros tres médicos vestían la clásica bata blanca.

Detrás de sus miradas, además de la curiosidad profesional, Nilda vio el alivio que les producía el saber que sus esfuerzos no habían sido vanos, y la curiosidad por saber más. El que había llegado de último, con una bata blanca perfectamente planchada, y el estetoscopio sobresaliendo en uno de los bolsillos, con voz firme le preguntó:

_Todo bien?

_Todo -respondió ella automáticamente.

Uno de los doctores dio una risita nerviosa.

_Valiente mujer. Todo bien!

_Qué hospital es este?

_Hospital de Clínicas de Sao Paulo -corearon dos de los hombres.

Todos eran jóvenes, y como en una coreografía, le dirigían la misma mirada cuidadosa y expectante. El de la voz más firme era más bajo, tenía una barba bien cuidada, usaba anteojos y tenía un rostro juvenil con expresión de ternura, que desmentía la firmeza de su voz. Los otros eran altos, como es normal en Brasil. Nilda pensó que eran tan guapos, que parecían haber sido reclutados, no con un concurso profesional, sino en un casting, como en la TV.

Un colirio”

La doctora tenía el cabello rubio, recogido pulcramente en la nuca con un gancho. Era tan alta como los otros tres médicos, y tan delgada como una modelo de pasarela.

El hospital universitario de Sao Paulo es un semillero de médicos, que hacen en él su residencia, de allí la fresca juventud de los profesionales que la joven vio al despertar.

El más bajo se adelantó para comenzar las preguntas.

_Todo bien? -repitió.

Esta vez, ella guardó silencio. Ya más despierta, estaba muy consciente de que nada estaba bien. Tenía dolorosas heridas en el abdomen, estaba pinchada en su brazo izquierdo y unida, por un fino tubo de plástico, a alguna cosa que no podía ver, por donde fluía un líquido transparente. Y se encontraba en este cuarto de hospital sin tener ni la menor idea de qué le había ocurrido.

Não. Tudo está errado” -pensó.

El médico tomó una carpeta de la mesita que había en un rincón y comenzó a hacerle preguntas, que ella respondió automáticamente. Fue sólo entonces que supieron su nombre, su CPF, su residencia, para llenar la historia clínica.

Nilda Gonçalves, era costurera en la empresa Seda Pura, que está en El Recreo, y vivía en el mismo barrio. Bastante cerca de donde fue encontrada.

_Qué fue lo que me pasó? No sé. No recuerdo nada. No he llamado a casa, mi tía debe estar preocupada. Yo nunca falto sin avisar. Dormí aquí anoche?

Los médicos se miraron las caras, y la mujer se adelantó hacia ella.

_Tiene derecho a saberlo. Usted estuvo cuatro días en coma, fue encontrada moribunda y sin ningún documento por unos moradores de rúa y traída aquí. Hicimos todo para que usted volviera a la vida. Gracias a dios, lo conseguimos.

Nilda respiró profundo otra vez, con la consiguiente intensificación del dolor en la zona abdominal. En ese momento, dos de los doctores y la doctora dieron media vuelta y se fueron.

_Por qué había tanta gente? Tan grave estoy?

_Es un cambio de guardia.

Los dos médicos que tenían bata blanca intercambiaron miradas y palabras en un tono tan bajo que ella no pudo escuchar, entonces el de la voz cantante hizo un examen general, leyó los instrumentos, y cambió la cura del abdomen, sin permitir que ella viera las heridas.

Tontos, porque las siento, y cómo”.

Cuando terminó el examen, Nilda notó que el otro médico ya no estaba.

_Y cuál fue el teatro que hizo el morador de rúa? -preguntó más tarde a una enfermera.

_Se le metió enfrente a un carro que pasaba. El motorista frenó a tiempo, y desvió la dirección, mas no pudo evitar batir en él. Cuando fue a socorrerlo, para traerlo al hospital, señaló con el brazo y le dijo: _Ela está morrendo. Corran! Cuando el conductor la vio, llamó a emergencias y a la policía, como corresponde. Y ahora usted despertó. De esta no muere.

_Tiene certeza?

_A menos que esa fiera la vuelva a atacar.

Nilda quedó en silencio, tratando de recordar. Creían que había sido atacada por una fiera.

Qué fiera?”

Más tarde, cuando no había ningún testigo a la vista, cuidadosamente, Nilda levantó las gasas y adhesivos que cubrían todo el abdomen, desde debajo del busto hasta el pubis. Lo que vio la hizo estremecerse de terror.

Tres heridas horizontales: Una a la altura del diafragma, otra rozando el ombligo y la tercera en la parte más baja, casi en el hueso púbico. La atravesaban completamente, y ella pensó que las vísceras debían haber quedado al descubierto y rotas, lo que explicaba lo de las suturas internas que mencionaron los médicos. Una larga y perfecta sutura cerraba las heridas.

Casi un zurcido invisible”.

_Qué o quién me hizo esto? -murmuró.

Como una respuesta que había estado sumergida en lo profundo de su subconsciente, vio algo que le hizo pensar que la São Paulo que amaba era quizás más peligrosa que las profundidades de la selva amazónica:

Una cara sin forma humana, con la piel rugosa, ocre, y dos pequeños ojos amarillentos con pupila vertical, apareció fugaz en su memoria. Un sonido gutural, entre la voz y el rugido, le dijo algo que no consiguió entender.



CÓMO SINTONIZAR UN "CANAL" DE SUPREMA FRECUENCIA VIBRATORIA

 Sabemos que los seres humanos somos multi dimensionales. Humano es quien tiene conexión con el Infinito a través de su expresión individual, que es el alma inmortal. Por tanto podemos funcionar en diferentes dimensiones, y frecuencias. Este carácter multidimensional es lo que le da poder a nuestra creatividad, que, mucho más que hacer un cuadro, componer una pieza musical, escribir una novela o actuar una obra, nos ha permitido crear el mundo, tanto en el plano visible como en el invisible.


EL PODER CÓSMICO
La fuerza cósmica que fluye a través de nosotros nos da acceso a todas las posibilidades, de modo que cada idea o pensamiento se convierte en una realidad posible.
Los depredadores no tienen acceso a este poder por sí mismos, por lo cual se han aliado con otros parásitos para mantener a la humanidad adormecida, utilizar nuestro poder creador y convertirnos en canales para succionar la energía del Espíritu, a la que no tienen derecho.

LA LLAVE
La clave para acceder a las frecuencias superiores no necesitamos buscarla en raros talismanes, ni hacer ningún ritual o invocación. La llave es el ADN humano, el disco duro donde está grabada toda la información que nuestra especie ha venido reuniendo por eones, procedente de todas partes, de fuentes que el pensamiento racional predominante en la actualidad no puede comprender.

LAS FRECUENCIAS
Es natural para nosotros sintonizar frecuencias que no son perceptibles por las especies parásitas, y para eso no hay que hacer ningún esfuerzo físico ni mental. Aquello que Castaneda denominó Intento, es parte del poder cósmico que está a nuestra disposición, y los únicos requisitos son: saberlo, y crear un método para utilizarlo.

EL MÉTODO
Lo primero es definir a dónde vamos a enviar la información. Olvidemos los registros akáshicos, que son un archivo, y centrémonos en el ahora, y en el objetivo: compartir información con la humanidad. A este nivel, aunque quisiéramos informar a los depredadores, ellos no podrán percibir nada.
El segundo paso, es organizar la experiencia. A mi me funciona escribir, cada quien según sus aptitudes y posibilidades, lo importante es tener claro qué se va a transmitir. Son unidades de información.
Esto funciona aunque se esté caminando, conduciendo cualquier vehículo, sentada en un tren, autobús, o acostados. Lo físico no importa.
Lo fundamental es detener el diálogo interno, para tener uso pleno de la mente superior, y eso se logra fácilmente haciendo suaves y profundas respiraciones, sin esforzarse.
En este estado natural, decidir enviar la información, o la pregunta.

EL FEEDBACK
La información que se envíe siempre será incompleta, pero en la frecuencia superior se complementará con otras versiones, de otras personas, de un modo análogo a como se arma un rompecabezas.
Entonces, recibiremos de vuelta la información completa, más de lo que dimos. Incluidas las respuestas a las preguntas que tengamos, y la aclaración de las dudas.
El resultado será esa sensación de certeza que viene con la intuición. Veremos todo claro.

LA EXPERIENCIA
Muchas personas han experimentado esto. Podemos hacerlo deliberadamente, y entonces se abrirán ante nosotros las "puertas" de la sabiduría.